| ¡Juntos en 2012 por la dignidad de la persona, siempre con esperanza! - Donaciones por transferencia o con Paypal |
¿Anhelo de verdad o “relativismo”?
De Seminario de Antropologia
| Autor Juan Fernando Sellés Curso y Apuntes sobre la antropología filosófica |
La verdad no está de moda, no interesa. La costumbre es, en expresiones castizas, dorar la píldora o montar la piedra, seguramente por respetos humanos. Consecuentemente, la gente prefiere la “política”, en el sentido amplio de quedar bien con los demás a la verdad (en rigor, adulación). Por eso les da igual que la gente parezca lista a que sea lista; también por eso para muchos todo es democracia, hasta la verdad. Hay filósofos incluso a los que molesta que alguien diga tener la verdad sobre cualquier asunto. Frente a eso, su socorrida actitud consiste en declarar que ellos, exclusiva y modestamente, "buscan la verdad". "Pero por el contrario, hay que preguntar: ¿qué es la búsqueda de una cosa que nadie puede alcanzar? ¿Ella busca realmente, o en realidad no quiere encontrar, porque no puede ofrecer lo encontrado?" . Toda crítica contra la verdad es una autocrítica. Toda actitud frente a la verdad es una pérdida de sentido, de verdad humana. Vayamos a los ejemplos. Pensar que no cabe verdad, es a su vez mantener que esa afirmación no es verdadera. Decir que todo es relativo o subjetivo, es sostener si se es coherente que esa tesis también lo es. Y para quien se empecine en seguir defendiendo que él admite que esa, su tesis, también es relativa o subjetiva cabe preguntarle si es verdad que él mantiene tal tesis, o más bien es relativo o subjetivo que él la mantiene. La respuesta sobra la verdad ama la claridad, porque es obvia. De manera que, lo quiera o no, la verdad que intenta echar por la puerta se le cuela por la ventana. El hombre no puede vivir sin la verdad, porque no puede vivir sin inteligencia, y el objeto de la inteligencia es la verdad . Conviene atender ahora a la relación del hombre con la verdad, al encuentro personal con ella, ya que esto es antropología y no teoría del conocimiento. El quid de la cuestión es éste. Si no se descubre la verdad se es ignorante, aunque algunas veces uno no sea culpable de su ignorancia. Ante el descubrimiento de la verdad caben dos actitudes: adhesión o rechazo. Servirla o servirse de ella, es decir, subordinarse a ella o subordinarla a los propios intereses. Ambas actitudes son libres, pero en la aceptación de la verdad se emplea más a fondo la libertad personal, pues uno queda comprometido enteramente. ¿Qué es más humano, doblegar la verdad a los intereses o adherirse a ella? ¿Qué tiene que ver la verdad con el hombre? Tiene que ver bastante, porque descubrir que la verdad es intemporal permite darse cuenta que en el hombre hay algo que se corresponde con lo intemporal. Así se empieza a captar que el hombre no se reduce a tiempo; que aunque haga historia, él no es intrahistórico. Más aun, descubrir la verdad es notar que ésta es independiente de opiniones, gustos y pareceres subjetivos, pues a veces la descubrimos sin querer, o descubrimos verdades que incluso nos son molestas, y es claro que ese hallazgo nos golpea y hiere por dentro. Notar esto es saber que el hombre está en función de la verdad, no al revés. Es comprobar que el hombre no es el dueño de ella y tampoco el señor de sí mismo. Es decir, que el hombre no se autofunda, que no puede decidir ser verdadero aquello que a él le apetezca, y que aunque lo desee, tal decisión no cambia una verdad en falsedad. Es saber, en fin, que la brújula de la inteligencia humana tiene imantada la flecha, no en la dirección que a uno le parezca, sino hacia la estrella polar de la verdad. Y eso no es ninguna imposición de la naturaleza, sino una guía de ingente ayuda para ser cada vez más libre y llegar a puerto seguro, a la felicidad, pues, quien no sigue la verdad pronto o tarde naufraga, y en su navegación, repleta de escollos, peligros y zozobras, es inseguro e infeliz. ¿Por qué es inseguro? Porque la voluntad sin verdad gira como una veleta. ¿Por qué es infeliz? Porque si la inteligencia sigue a la verdad crece, mejora, cada vez conoce más. Si no, decrece, no se anima a proseguir conociendo, porque se supone que da igual tomar cualquier dirección, y, consecuentemente, se aburre, y el aburrimiento no parece ser precisamente el ideal de la felicidad. Importa, pues, buscar con ahínco la verdad, y por encima de ello, encontrarse con ella, porque “no es simple asunto de la inteligencia, sino que implica también a la persona. La persona no se limita a entender, sino que está referida a la verdad de acuerdo con una búsqueda orientada al encuentro con ella” . El hombre es un buscador de la verdad. La verdad inspira a la persona entera que se adhiere a ella. Si se alcanza se goza en ella; se es feliz. Si no, uno se vuelve mustio. En el fondo, lo que está en juego es, por lo menos, la felicidad personal. Tal gozo es un enamoramiento que desborda de alegría. En el plano de la persona, además, no sucede que ésta tenga, posea, la verdad como le sucede a la inteligencia, sino que la Verdad le posee a uno, si uno la acepta. Esa Verdad se abre paso a uno siempre, a pesar de las dificultades, más rápida e intensamente incluso si median más dificultades. De manera que el que todo lo considera opinable ha pactado con la mediocridad. A esa actitud le sigue la desesperanza, por varios motivos: uno, porque ¿para qué se va a esforzar por alcanzar y defender una meta intelectual si todo es opinable, si todo vale lo mismo?; otra, porque tampoco podrá esperar encontrarse con la verdad que uno es, la que más importa. ¿Y qué le pasa entonces? Que ha matado su alegría personal, porque ésta sin descubrir la verdad personal es imposible. En efecto, la alegría es el “sentimiento” de la intimidad personal que nace de saber qué verdad se es, no de la opinión que se desea o apetece ser. En rigor, quien pierde es el que no acepta la verdad, pero la peor pérdida en ese trance es uno mismo, pues es uno el que pierde su sentido personal.


