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¿Cultura o “culturalismo”?
De Seminario de Antropologia
| Autor Juan Fernando Sellés Curso y Apuntes sobre la antropología filosófica |
Lo cultural es todo aquello que produce el hombre con su trabajo. Cultura es el plexo de realidades producidas por la acción transformadora del hombre. Surge de la capacidad humana de comunicar a los objetos pensados una capacidad ejecutiva. Nótese que por producidas por el hombre, las diversas manifestaciones culturales deben ser respetadas, eso sí, siempre y cuando esas manifestaciones respeten la naturaleza y esencia humanas y su crecimiento. Si la cultura la produce el hombre, el hombre no puede ser producto de la cultura. Hacer girar al hombre en función de los parámetros culturales es claramente una muestra de despersonalización. La cultura es un producto humano. El producto no es un objeto pensado, una idea. Sin embargo, la cultura es posible por el conocimiento según objeto, es decir, el que conoce ideas, porque tanto la configuración del producto, el artefacto, como la de la acción de fabricarlo se piensan previamente como un objeto, es decir, son pensados anteriormente por el acto de pensar. Sin pensar sería imposible construir, fabricar, elaborar productos.
Producir no es ninguna operación inmanente humana (como lo es el ver o el pensar), sino un proceso histórico que promueve efectos externos al hombre. Por eso no se confunden las virtudes con los productos, con los resultados. Si así fuera, el hombre sería más perfecto como hombre en la medida en que dispusiese de más bienes culturales, lo cual es evidentemente falso. No se puede confundir la ética con la cultura. Si eso sucede se cae en la ética de situación. A los efectos elaborados por la actividad productiva humana (casas, libros, etc.) los griegos los llamaban ta prágmata, y a las acciones que permiten elaborarlos póiesis. Estamos en el ámbito de la pragmática, de aquellas acciones que tienen efecto en una realidad exterior al hombre. Notas intrínsecas de la cultura son la multiplicidad inagotable de productos factibles y el carácter no definitivo de ellos. Todo lo que nos han legado nuestros antepasados que se ha recogido en la historia, es un cúmulo de posibilidades abiertas al futuro, a ser nuevamente desarrolladas por el trabajo humano, o a ser olvidadas unas para dar sólo cauce a otras. Ahora bien, sobre ninguno de esos inventos o artilugios pesa la prohibición de un ulterior desarrollo o transformación. En conclusión, la cultura es incapaz de culminación. Si el hombre esperara a culminar como hombre cediendo toda su confianza a lo cultural se frustraría, puesto que ésta no cierra y, además, por perfecta que sea, no llena los anhelos del corazón humano. La ética es superior a la cultura. Con todo, tampoco el hombre puede culminar éticamente, porque la virtud carece de término perfectivo, pues siempre se puede ser más virtuoso, es decir, crecer según virtud. Por eso la ética es para la persona, no la persona para la ética. Quien es culminar es la persona humana, y no desde sí.
El culturalismo sostiene, más o menos abiertamente, el postulado de que el fin del hombre es cultural. Empero, como se puede apreciar, este postulado es ciego en antropología, pues desconoce que el corazón humano busca una felicidad insaciable con productos culturales, por muy sofisticados, abundantes y fantásticos que sean. Otro motivo para no confundir la antropología, y también la ética, con la cultura. Por eso la antropología cultural no describe el ser del hombre, sino, a lo sumo, las manifestaciones humanas a través de los productos culturales. Las culturas han sido muy diversas a lo largo de la historia, pero el hombre es hombre a pesar de las distintas culturas, e incluso más hombre si está al margen de algunas formas culturales. Es el hombre quien forma una cultura u otra, no la cultura quien forma al hombre como hombre. Entonces, ¿la cultura no humaniza al hombre? Es más bien al revés, es el hombre quien debe humanizar la cultura y quién se deja humanizar o deshumanizar por ella; es él quien se humaniza usando de unas formas culturales y rechazando otras. La cultura condiciona, no determina. Si la cultura nos formara o deformara de modo automático y necesario no seríamos ni libres ni responsables. La cultura influye cuando uno le abre las puertas de su corazón a esa influencia, y abrirlas, obviamente, es libre y responsable, antropológico.
El hombre no es un producto. Con ello no se trata de refutar las “opiniones culturales” de nadie, sino de ampliar perspectivas sobre lo humano. Descubrir que el hombre es el origen y el fin de la cultura no es una “opinión cultural”. La base humana de la cultura es la razón, pero no cualquier uso de ella, sino su uso práctico. El hombre hace porque sabe hacer. El saber es previo y condición de posibilidad de todo hacer. Cabe pensar sin actuar, es decir, cabe pensar por pensar, por saber. También cabe el pensar derivado o extendido a la acción, ayudándola, posibilitándola. El pensar es posibilitante del hacer. Cabe también lamentablemente en demasía hacer cosas sin pensar demasiado, y también cabe hacer algo (tomar alcohol, drogas, ver TV, etc.) para inhibir el pensar, y con él la decisión. Cuando eso último sucede, las acciones casi siempre dan lugar a pésimos resultados. Otro motivo más para evitar la fusión pragmática entre acción y pensamiento. También por ello el hombre no es un producto cultural o del trabajo, como postulaba Marx, precisamente porque el pensar es previo al hacer, aunque luego lo acompañe atravesándolo de sentido y, asimismo, lo siga.
El hombre no se reduce a la cultura. Tampoco la cultura se reduce o absorbe en lo pensado, como podría postular algún idealista, porque no es lo mismo pensar que hacer, como no es lo mismo el pensamiento que el lenguaje, o la filosofía que la historiología. Además, para hacer cultura no se trata sólo de plasmar el objeto pensado, la forma, en una materia apta. Ello, a pesar de tener verdad, es secundario. Se trata de que el conocer dirija el hacer transformador, esto es, que dirija las acciones, los actos de la voluntad, que las dote de sentido, de verdad. Por eso, la verdad práctica no sólo se da antes de la acción como un boceto de la misma, sino también durante, como regla de constitución de la misma, y después, como ya constituida y, sin embargo, abierta a nuevas posibilidades, siempre finitas.
Lo cultural no sustituye a lo natural del universo sino que lo desarrolla. Por eso, y por ser un fruto humano, como dice un novelista, a veces es superior a los bienes de la naturaleza. Desarrollar lo natural del cosmos perfeccionándolo se consigue a través del trabajo y de la técnica. Perfeccionar lo esencial del hombre, como se ha dicho, se realiza por medio de los hábitos y de las virtudes. Ahora es menester unir las dos tesis de este modo: sin hábitos y virtudes la cultura es imposible, y el fin de la cultura es crecer en hábitos y virtudes. Con todo, cabe notar que la segunda parte de esa tesis no resplandece en demasía en nuestro ámbito social. Los hábitos y las virtudes son un modo de poseer superior a la cultura, porque éstos poseen nuestros actos, mientras que con la cultura se poseen productos, y obviamente un acto inmaterial es superior a una realidad física. Por eso los hábitos y las virtudes no se reducen a cultura, y son, además, el puente entre la persona y lo cultural. No sólo eso, pues si bien son origen o condición de posibilidad de lo cultural, también son su fin. En efecto, el orden entre los diversos modos de posesión está en subordinar los inferiores a los superiores: lo cultural a lo ético; la praxis productiva a la praxis ética. Y toda praxis a la persona humana, que más que poseer es ser.
Los medios culturales tomados en su conjunto son imprescindibles para acceder al fin humano, la felicidad, pero no son necesarios éstos o los otros. Es imprescindible que usemos medios, porque el hombre no es un ángel, y a pesar de que los medios son medios, sin ellos no se alcanza el fin. No obstante, no todos los medios acercan por igual al fin: unos más, otros menos, y aun otros entorpecen la consecución del fin, y ello más por culpa de quien usa mal de los medios o los toma como fin, que por culpa de los medios. Los medios, además, constituyen entre sí un entramado ordenado. Eso es claro, por ejemplo, en las profesiones. Es manifiesta la diversidad cultural a través de la historia y de las regiones geográficas. Ahora bien, ¿todas las culturas valen lo mismo?, ¿todas ayudan de la misma manera a la perfección del hombre? Claramente no. Por tanto, si bien es verdad que la cultura no cierra, que no hay una última manifestación cultural, también hay que tener en cuenta que es conveniente adoptar aquellas posibilidades culturales abiertas que sean más acordes con el mejoramiento humano y, a la par, rechazar las que lo impiden. En cualquier caso, no conviene olvidar que esos condicionamientos culturales ayudan o impiden crecer en humanidad, es decir, ayudan (no determinan) a educir perfección de la naturaleza y esencia humanas, pero no perfeccionan a la persona como persona, que está por encima de su naturaleza y esencia; también de los productos culturales, pues puede con ellos.
El fin del hombre no reside en la cultura, pero tampoco en la historia, puesto que entonces no tendría fin, culminación, ya que la historia no culmina desde sí. La culminación del hombre en la historia, si se da, sólo puede ser pos histórica. Ahora bien, si no se diera, la historia sería absurda. Pero si no es absurda, existe la providencia, y ello indica que Dios interviene en la historia, y que lo puede hacer de modo pleno. El fin del hombre no es cultural o histórico, porque la cultura y la historia dependen del ser del hombre y no al revés. Es el hombre el que abre unas posibilidades y cierra otras, el que encauza la historia por unos derroteros u otros, puesto que es libre. La cultura y la historia dependen de la libertad que cada hombre es, no al revés.


