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¿Es el hombre a nivel sensible un animal más?

De Seminario de Antropologia

Autor Juan Fernando Sellés
Curso y Apuntes sobre la antropología filosófica

La respuesta, en consecuencia con lo examinado hasta el momento, no puede ser sino negativa. Además, ni siquiera puede ser un animal más el hombre que lo quiera ser, porque querer tal extremo es para el hombre una posibilidad más entre muchas, y ello indica apertura, libertad; en rigor, persona, mientras que el animal está determinado a serlo de un modo muy específico. En virtud de lo anterior cabría describir al hombre como "el animal que no lo es aunque lo quiera".

Decíamos que las funciones vegetativas humanas presentan una apertura respecto de las animales. Apertura, que es patente en los sentidos externos, en los internos, en los apetitos sensitivos, en los sentimientos o afectos sensibles, y también en los movimientos corporales humanos. La apertura es, pues lo distintivo. Ahora bien, ¿por qué esa apertura? Porque de no tenerla en el cuerpo y en cada una de nuestras funciones y facultades sensibles eso sería incompatible con la apertura de la razón y de la voluntad a la totalidad de lo real, y también sería incompatible con la libertad personal humana, es decir, la de cada persona humana, que es como se verá una libertad irrepetible e irrestrictamente abierta. ¿Es, por tanto, el hombre un "animal abierto"? No, pues es abierto porque no es animal. Entonces, ¿qué pasa con el hombre que es más cerrado? Pues puede pasar cualquier cosa: que esté más abierto a su mundo interior, que sea nórdico… Precisamente por esa novedosa libertad, el hombre puede humanizar cada vez más su sensibilidad personalizándola. Le interesa saber a cada hombre qué son sus sentidos y cómo es su modo de conocer, pero no para explotar la sensibilidad ni tratarla con desorden, sino para elevarla al plano de lo humano y dotarle de su propia personalidad, para ponerla al servicio de lo mejor que existe en sí. Por eso la sensibilidad humana es educable. Educarla implica respetar su índole, el modo de actuar de cada sentido; envuelve, asimismo, notar qué es lo inferior de la sensibilidad y qué lo superior, para poder subordinar lo menos a lo más.

Tampoco los sentimientos sensibles humanos son iguales a los animales, pues entre los animales la repetición instintiva de los mismos caracteriza a todos los de una misma especie. De modo que vistos los sentimientos de dos ejemplares (macho y hembra) se saben los de los demás animales de la especie. En cambio, en los humanos no hay dos modos iguales de manifestar los sentimientos de las facultades sensibles. Ahora bien, ¿para qué son esos sentimientos internos en las facultades sensibles del hombre?, ¿para endulzar la vida? Sí, seguramente. Pero ¿no será que son también un correlato sensible de que existen también sentimientos internos no sensibles y que son propios del espíritu? Seguramente también. Sin embargo, si tales sentimientos espirituales se dan, no podrán ser un mero estado de ánimo, sino un estado del ser personal. ¿Es que el ser personal es susceptible de cambios, de diversos estados? Sí, por dos motivos:

a) Porque, sin dejar nunca de ser persona, uno puede opacar o entenebrecer libremente cada vez más su ser personal. La redundancia de esta actitud en el mismo ser personal son los sentimientos negativos del espíritu (tristeza, desesperanza, desconfianza, odio, angustia...).
b) Porque también puede aceptar libremente ser elevado por Dios como persona, y ello irrestrictamente. La consecuencia resultante de tal actitud personal son los sentimientos positivos del espíritu (alegría, esperanza, confianza, amor...). Tanto los sentimientos negativos como los positivos no son estados de ánimo sino estados del ser personal. Con ellos nos damos cuenta si estamos cumpliendo o no nuestro fin personal en orden a nuestro futuro metahistórico. En efecto, si uno está espiritualmente triste, por ejemplo, algo malo pasa en su corazón. Seguramente experimenta la soledad, carece de esperanza, no tiene ideales personales o posee un sentido equivocado de su persona y del fin de ésta, no sabe amar, etc. Si, por el contrario, está espiritualmente alegre (que no quiere decir estar a gusto, derramar hilaridad, etc.), señal de que personalmente va por buen camino.

Merced a sus funciones vegetativas y a sus sentidos externos podemos describir al hombre como "un animal abierto al cosmos". De acuerdo con su percepción o sensorio común, podemos describirlo como "el único animal que se da cuenta de su apertura cósmica". En función de su imaginación ¿es el hombre un "animal simbólico"? Sí, desde luego, pero por encima de eso, y en atención a esta potencia, es un "animal isomorfizante o geométrico". Además, como su memoria es superior a su imaginación, y es suceptible de conocer un tiempo siempre igual, se puede decir de él que es un "animal isocronizante o cronometrante". Sin embargo, como su cogitativa es superior a los sentidos internos precedentes, en virtud de ella se puede decir que el hombre es un "animal de aficiones". Por otra parte, en razón de su apetitividad sensible se le puede designar como "animal omniapetente". También se le puede calificar, a raíz de sus movimientos, como "animal supracósmico". Pero, si bien se mira, todas esas descripciones indican apertura. Por tanto, ¿se le puede llamar al hombre "animal abierto"? Es, más bien, un ser abierto que parece "animal", pero que, en rigor, no lo es. Por tanto, si lo de "animal" no caracteriza al ser del hombre, debemos avanzar en la investigación, a ver si eso otro que le atribuye la tradición, lo de "racional", nos dice algo más de él.

Además, si es claro que con la muerte el hombre pierde sus funciones y facultades sensibles, pero ésta no es su situación definitiva, con la resurrección del cuerpo las recuperará, pero no como en la vida presente, sino atravesadas del sentido personal, elevado de cada quién. En esa tesitura, ¿será el hombre un "animal racional", o será más bien una persona con un cuerpo que trasluce dicho sentido personal elevado?

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