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¿Facultad espiritual la voluntad?
De Seminario de Antropologia
| Autor Juan Fernando Sellés Curso y Apuntes sobre la antropología filosófica |
En su estado de naturaleza la voluntad es una pura potencia, una capacidad irrestricta de querer que todavía no quiere nada en concreto. No obstante está abierta al fin último, es decir, a ser enteramente feliz. La completa felicidad para una potencia que es capaz de querer irrestrictamente sólo se la puede proporcionar un bien espiritual infinito, a saber, Dios. Negarlo es, en el fondo, ateísmo, e implica afirmar también que la voluntad humana es absurda, puesto que ¿para qué una capacidad de querer cada vez más si no hay un bien último irrestricto que la sacie? Pero si no es absurda y no carece de fin, para perseguirlo. Es claro que la voluntad no se dirige de entrada a Dios como tal, porque éste no ha sido conocido todavía como bien último felicitario. La voluntad es al inicio potencia pasiva. Es, podríamos decir aprovechando la metáfora de Tomás de Aquino, como el leño respecto del fuego. No actúa por propia iniciativa, sino que necesita del concurso de varias instancias para ponerse en marcha. Una de esas realidades es la inteligencia, en concreto, la razón práctica. En efecto, sin la presentación de objetos como bienes por parte de la inteligencia, la voluntad nada puede querer. Otras instancias de las que requiere son la sensibilidad humana, y los apetitos o tendencias sensibles, pues por ellas se adapta a bienes mediales en su búsqueda del bien final. A pesar de eso, la voluntad requiere más ayudas y más poderosas que las precedentes. Requiere el respaldo de la persona. Sin la ayuda de ésta la voluntad no traspasa el estado de naturaleza y su natural pasividad. Con todo, la persona se sirve de un instrumento nativo para activar a la voluntad: la sindéresis, un hábito innato al que ya se ha hecho referencia. En estado de naturaleza la voluntad es pasiva respecto de su fin último: la felicidad. En cuanto a su naturaleza, la cuestión clave ahora es: ¿se trata de una potencia espiritual?, ¿qué razones de peso hay para admitir su inmaterialidad? Al menos, las siguientes, que son paralelas a las de la inteligencia:
1) El objeto propio de la voluntad no es sólo el bien particular material sensible, sino también el bien en universal. La universalidad de los objetos queridos por parte de los actos de la voluntad ya fue registrada por Aristóteles cuando en su libro de Retórica advierte que odiamos (rechazar es propio de la voluntad) universalmente todo género de ladrones, y eso no es aborrecer a ningún ladrón en particular. Si la voluntad puede referirse a lo universal, no es material, porque nada de lo material es tal.
2) La voluntad está abierta a todo lo real (material, inmaterial y espiritual), y también a todo lo posible, e incluso a lo irreal. Ello es así, porque de todo lo que conocemos podemos tener voluntad, es decir, podemos quererlo. Posibilidad de quererlo todo indica carencia de soporte orgánico que limite el querer dentro de un marco o ámbito restringido.
3) También la voluntad niega, e incluso se niega, pero no por ello desaparece. En efecto, puede incluso querer no existir o querer la nada, y no por ello deja de existir o se resuelve en la nada. En cambio, si los apetitos sensibles se negasen, no apetecerían, es decir, desaparecería su tendencia. Piénsese que cierto sector del existencialismo del s. XX opinaba que el hombre es un ser para la muerte, en rigor, para la nada. Quien defendía tal posición parecía querer disolverse en la nada para evitar de ese modo lo gravoso de la existencia, pero es claro que no por desear la nada se extinguía la voluntad de quien albergaba ese deseo y tampoco desaparecía la consiguiente angustia existencial.
4) Por otra parte, las potencias sensibles, según señalamos, son susceptibles de crecimiento en su operatividad, pero hasta cierto punto. El límite lo ofrece su mismo soporte orgánico. Sin embargo, el querer de la voluntad puede crecer indefinidamente. Es claro que se puede querer cada vez más, cada vez mejor. Capacidad de crecimiento irrestricto indica, por tanto, carencia de límite. El crecer de esta potencia se denomina virtud. La virtud se puede acrisolar cada vez más. Eso muestra que la voluntad no tiene un soporte corpóreo que la limite, porque lo orgánico es limitado. Ausencia de límite implica inmaterialidad. Ese crecer otorgado libremente por la persona a su voluntad eleva a esta potencia al orden personal, al orden del espíritu, o sea, la personaliza. Por eso se puede también llamar a la voluntad potencia espiritual. Potencia espiritual significa que forma parte del espíritu, pero no sólo eso, sino que engarza o conecta directamente con el espíritu sin depender del cuerpo. Del cuerpo sólo tiene la dependencia de los bienes mediales, pues se adapta a éstos mediante el cuerpo, y debe adaptarse, pues tiene que habérselas con ellos como medios para alcanzar el último fin. La voluntad no depende del cuerpo, sino del espíritu, como de su raíz desde la que brota.
5) Además, la voluntad es en cierto modo transparente, porque se pueden referir a sí misma, y ello es señal de inmaterialidad. Se puede querer querer (o no querer). Nada de lo material se refiere a sí. También se pueden relacionar la razón y la voluntad entre sí, pues se puede pensar que la voluntad quiere, y se puede querer que la razón piense.


