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¿Liberación sexual? El sentido del pudor

De Seminario de Antropologia

Autor Juan Fernando Sellés
Curso y Apuntes sobre la antropología filosófica

Por liberación sexual se suele entender dejar rienda suelta al apetito sexual. Se trata de una supuesta “liberación” que, paradógicamente, ni responde ni respeta la verdadera libertad personal, pues acaba sometida a la esclavitud de las pasiones sensibles (que ocupan una posición más bien modesta en la escala ontológica humana). En efecto, la libertad es del orden de la persona. Si la sexualidad es del ámbito de la manifestación, una manifestación sexual incompatible con la intimidad personal no es apropiada para la persona, sino que despersonaliza. Desde ese momento se puede hablar de deseo, de placer, de medio, etc., pero no de amor personal. La persona es considerada en esa tesitura como objeto en el sentido de instrumento (de modo similar a la instrumentación genética , la procreación artificial , etc.). En esa actitud no se atiende a la persona, sino a su naturaleza, y a ésta desvinculada de aquélla. O si se prefiere, se olvida el ser personal que cada quién es, pues una persona es el único ser irreductible a ser objeto de uso. En contrapartida, es verdadero el amor personal cuando el bien del sexo queda referido al bien de las personas en cuanto tales y teniendo en cuenta su fin, su destino. En ese caso los esposos no se entregan al placer, sino que se entregan recíprocamente uno a otro como personas, también con el placer, es decir, también entregan su sexualidad y lo que ella comporta, como riqueza que es de la persona humana. Además, se entregan como personas y entregan su sexualidad al servicio de una persona distinta, nueva: al hijo. Por eso también ser hijo es más importante que ser padre, porque los padres están al servicio del hijo, no al revés. He ahí una pequeña pauta de que también biológicamente lo más importante del hombre es la filiación. Los errores y abusos sexuales no se pagan por igual en las personas de distinto sexo (ni esas desviaciones ni cualesquiera otras). En efecto, la mujer es más femenina que el hombre masculino, porque su persona está más unida a su naturaleza y, por tanto, más unida a su sexualidad que la del hombre a la suya (atenderemos a esta razón en el Capítulo 7). En consecuencia, los abusos sexuales en la mujer quedan más en ella misma, en su cuerpo y en su personalidad que los del varón en la suya. Por ello, las consecuencias de deshumanizar a la mujer son siempre más graves que si se procede a corromper al varón. Sin embargo, los varones suelen ser los principales responsables de la deshumanización femenina, porque en lugar de virilizarla la degradan. De modo positivo: la mujer puede cuidar más su honestidad y pureza que el varón, porque dada la mayor cercanía entre su persona y su naturaleza humana, hace crecer más ésta según virtud. Por el contrario, si en vez de ennoblecerla, se dedica a envilecerla, va apareciendo una grotesca desfeminización. En cuanto al pudor , cabe preguntar si es éste un viejo prejuicio retrógrado, tal vez un simple sentimiento natural de vergüenza, o quizá es una virtud. De ordinario el pudor suele relacionarse sólo con el sexo, y así considerado viene a ser la actitud de cubrir la desnudez de los órganos genitales o no realizar con ellos actos indebidos al orden de la naturaleza humana. Con todo, el pudor no tiene que ver sólo con el sexo, sino con la entera persona humana. Si no se comprende ésta a sí misma, difícilmente entenderá el sentido del pudor. Si uno alcanza su intimidad se da cuenta de que no conviene airearla de cualquier modo y ante cualquiera, por la sencilla razón de que ni todos ni la mayor parte pueden comprenderla ni ayudar a encontrar su auténtico sentido. Es claro que quien no comprenda su intimidad sólo podrá manifestar su exterioridad; y si la manifiesta indiscriminadamente, mostrará no sólo su inmadurez, su despersonalización, sino su desesperanza, pues tal actitud expresa que uno no espera alcanzar la intimidad de la persona que se es y se está llamada a ser. Además, tampoco podrá ayudar a los demás a descubrir su propia intimidad. Como se ve, al ejercer estas acciones quien más pierde es siempre el que las ejerce. El pudor es cualidad personal que, de modo similar al sexo, tampoco se entiende sin alcanzar la intimidad de cada quién. La despersonalización o el debilitamiento del sentido del ser personal conlleva el debilitamiento del sentido del pudor. Si uno no conoce su intimidad, el don personal que uno es, ¿qué podrá ofrecer o a manifestar a los demás? Algo externo que acepten fácilmente, por ejemplo, su sexualidad. Pero ser una exhibición sexual ambulante, o entregar el sexo por el placer sin vergüenza ninguna no es, claramente, entrega personal, porque ya se ha indicado que el sexo no es persona ninguna. Ahora bien, sin entrega personal no cabe aceptación personal. Por eso, la entrega exclusivamente sexual nace de la soledad y a ella tiende. La soledad es la negación de la persona, porque la persona no es tal sin aceptación personal de una persona distinta y sin entrega personal a una persona distinta. La soledad se da porque como no hay ofrecimiento personal, tampoco hay aceptación personal. En consecuencia, se da la fría y triste soledad de dos en compañía. La comprobación práctica de que no son sinónimos felicidad y placer sexual estriba en que en el placer cabe hastío, desprecio, e incluso odio, mientras que en la felicidad no. Tal vez ello sirva para comprender un poco mejor el rápido fracaso de ciertos matrimonios prematuros, separaciones, violencias de género, etc.

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