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¿Machismo?, ¿feminismo?
De Seminario de Antropologia
| Autor Juan Fernando Sellés Curso y Apuntes sobre la antropología filosófica |
Sólo puede tomar partido por una de las dos alternativas quien atienda en exclusiva a la naturaleza o a la esencia humana. Pero para quién alcance el acto de ser personal, la disyuntiva está de más. En efecto, en la naturaleza, parece dominante el varón; en la esencia, en cambio, la mujer. Pero en cuanto personas: sólo Dios sabe.
Si la mujer se vuelca más sobre su naturaleza humana para protegerla es porque ésta es inferior a la del varón. Recuérdese: la realidad creada es distinta y la distinción es jerárquica. Con ello en modo alguno se pretende encubrir una especie de machismo antropológico, máxime en una época en que tal empeño se considera “políticamente incorrecto”. No es eso encumbrar lo masculino en todo caso, porque si bien la naturaleza humana en la mujer es más débil que la del varón, sin embargo, su esencia puede ser superior, si ella se empeña. En efecto, más preocupación por parte de la mujer respecto de su naturaleza indica más capacidad de activarla; lo cual redunda en la obtención de una esencia más activa. Esto se puede comprobar en el ámbito de las potencias espirituales, y también aludiendo a la sindéresis, de donde éstas nacen, pues este hábito está más vinculado a ellas en el caso de la mujer que en el del varón. Tomemos como ejemplo las virtudes de la voluntad. Cuando la mujer adquiere fortaleza, paciencia, etc., las activa más que el varón. Por el contrario, cuando adquiere los vicios opuestos, le envilecen a ella en mayor medida que al hombre. No obstante, por encima de la sindéresis, la persona humana dispone de otros hábitos innatos superiores: el de los primeros principios y la sabiduría (atenderemos a ellos en la IVª Parte del Curso). Y por encima de ellos, no se olvide, está la persona humana o acto de ser personal.
Machismo, por tanto, no. Atendamos, pues al feminismo. Es un hecho lamentable que la mujer haya sido relegada en la historia de la humanidad a un segundo plano, olvidadas sus peculiaridades, e incluso a veces, marginada y reducida a esclavitud (no menos penoso ha sido la esclavitud del varón en todas las épocas), seguramente porque en tal historia los valores de apertura, respeto, acogida, ternura, etc., han sido despreciados y sustituidos por los de dominio, prepotencia, imposición, fuerza, etc. También hay que reconocer que el relegar a la mujer a ese segundo plano ha sido fomentado en el pasado por una educación sectárea, por una infravaloración de la mujer en los campos laboral, social, político, económico, etc. De todos es sabido que los tratos injustos a la mujer han sido denunciados, entre otros muchos, por un movimiento que ha venido a llamarse feminismo . Sin embargo, no todas las proclamas que engloba el ideario de esta corriente son igualmente justas. Bien es verdad que desde su inicio a mediados del siglo XIX hasta hoy, ha albergado en su seno diversas variantes. Características comunes a todas ellas han sido las denuncias en torno a injusticias y discriminaciones sufridas por la mujer, la reivindicación de la mujer concerniente a la libre disposición de su cuerpo, la igualdad, fundamentalmente laboral y política, con el varón, la abolición de las valoraciones tradicionales sobre la mujer, etc. Muchas de esas denuncias son justas, y por ello atendibles. No obstante, históricamente todas estas reivindicaciones han ido de la mano de un ataque directo y sistemático a la familia, porque el antiguo feminismo suponía injustificadamente que la familia era la causa que “esclavizaba” a la mujer . Es históricamente explicable este error, porque una concepción equivocada acerca del núcleo personal conlleva inexorablemente un cúmulo de errores en la interpretación de las manifestaciones humanas. Afortunadamente, el nuevo feminismo ha abandonado esas viejas posiciones. Saber rectificar es gran cosa, y si se hace bien, de sabios .
El peligro actual, más que de machismo o el feminismo reside en el individualismo, tanto por parte del varón como de la mujer. Por lo demás, la “igualdad” que proclama este individualismo, si desconoce el ser personal, y en buena medida no respeta las ricas distinciones de la naturaleza humana, no tiene por qué desplazarse y ser copiada en el ámbito femenino. En efecto, el individualismo es cerrado, un intento de explicar a cada quién sólo desde sí, una autosuficiencia necia no falta de orgullo. En cambio, la persona es abierta, aceptante y donante, pero la aceptación y la donación se modulan de distinto modo en la naturaleza y esencia de la mujer y en las del varón. La persona no es, pues, un fundamento aislado . En suma, la mujer es persona no menos que el varón, un aceptar y un dar abiertos, inexplicables sin vinculación personal a personas distintas. Si sus personas son distintas, la naturaleza y esencia de la mujer tampoco es "igual" a la del varón, porque es una realidad, y las realidades son distintas. Por tanto, lo que hay que intentar es desvelar en mayor medida la peculiar distinción de naturaleza y esencia de la mujer , que indudablemente admitirá más distinciones psíquicas, y de mayor riqueza, que las físicas. En este sentido, son peculiares su específica maternidad y virginidad , en las que se manifiesta de modo especial el don de sí por amor.


