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Aclaraciones a los problemas mente-cuerpo

De Seminario de Antropologia

Autor Juan Fernando Sellés
Curso y Apuntes sobre la antropología filosófica

El cuerpo humano no es la persona humana. Ésta puede existir sin cuerpo. Pero no por ello el cuerpo humano es irrelevante, entre otras cosas porque el pensar racional humano es imposible sin el cuerpo, ya que, como se sabe, el inicio del pensar, la abstracción, parte de los sentidos. A la par, como la voluntad sigue a lo conocido por la inteligencia, sin cuerpo, no hay querer voluntario. Por tanto, en la presente situación el cuerpo es el requisito indispensable para que la persona eleve las potencias superiores del alma o las personalice, es decir, las esencialice. Cuando la persona humana es creada, se apropia de un cuerpo humano, de una vida recibida (la célula recibida de los padres biológicos en el primer instante de la concepción). La persona no inventa su cuerpo, sino que lo acepta. Al aceptarlo le añade desde la vida personal la capacidad de personalizar (esencializar) la vida recibida formando así la vida añadida. La persona no forma o construye el cuerpo, sino que lo recibe, lo da por hecho (aunque también por hacer, en el sentido de apto para desarrollarlo). Tampoco lo piensa o lo atraviesa de luz mediante la inteligencia, porque el cuerpo es ajeno al pensar y, además, inicialmente la inteligencia es pura potencia que no piensa nada. Más aún, cuando se activa la inteligencia, ésta no conoce al cuerpo humano tal como éste es, o sea, en su concreción, vida, estado, peculiaridades... En efecto, la inteligencia conoce el estado de su cuerpo por abstracción, porque el cuerpo es externo al conocer abstractivo o intencional. Abstraer indica universalizar. Pero es claro que yo no puedo conocer mi cuerpo como mío tal como está en su estado actual si lo universalizo. Universalizar el cuerpo humano es formar el abstracto de “cuerpo humano” y este objeto pensado se refiere a todo cuerpo humano, no exclusivamente al mío. El pensar racional no puede conocer la vida corpórea de su propio cuerpo, porque objetivar el cuerpo no es conocerlo como vivo y real, sino hacer ideas de él, pero ya sabemos que las ideas son ideales, no vitales o reales. No obstante, es claro que conocemos al propio cuerpo tal como vive. Por eso es pertinente indicar que ese conocimiento no depende de la razón, sino de una instancia superior a ella que ilumina la naturaleza humana. Se trata de la sindéresis, una palabra inusual en nuestro vocabulario, pero apta para designar la realidad a la que remite, porque para su descubridor indica la crispa del alma , y para otros “atención vigilante” . Con todo, aunque la sindéresis ilumina en cierto modo mi corporeidad, no la ilumina por completo. En efecto, no conozco, por ejemplo, el modo de proceder de las funciones vegetativas (nutrición, reproducción celular, desarrollo) cuando éstas se ejercen, es decir, constantemente. Si la sindéresis conoce hasta cierto punto la corporeidad humana, no hay inconveniente en hacer equivaler la sindéresis al alma , pues el alma no sólo vivifica al cuerpo, sino que, por ser cognoscitiva, lo ilumina. Sin embargo, el que no lo conozca enteramente indica que el poder vivificador del alma respecto del cuerpo tampoco es pleno. Por eso es explicable la muerte. Si el cuerpo es asistido siempre por el alma hasta la muerte, ello indica que el cuerpo es constantemente iluminado, aunque es pertinente insistir hasta cierto punto, o sea, que el cuerpo no carece de luz, de verdad, de sentido. Hay que distinguir, pues entre cuerpo vivo y cuerpo objetivado. Al primero lo conoce la sindéresis; al segundo, el pensar abstracto de la razón. Pues bien, del mismo modo que el cuerpo propio como vivo es incognoscible por abstracción, porque el cuerpo es externo a ese modo de pensar, ese pensar es ajeno al propio cuerpo vivo, porque ni lo ilumina ni lo puede hacer. Por eso es imposible que el pensar sea corpóreo y que lo pensado, las ideas, también lo sean (a pesar de que algunos las han postulado como segregados neuronales, interconexiones cerebrales, la totalidad del cerebro, etc.). El cuerpo, máxime el cerebro, no aparece al pensar. Si apareciera no se pensarían mesas, sillas, perros o gatos, sino sinapsis, inhibiciones, axones, dendritas, etc. Y además, confundiríamos las inhibiciones, sinapsis, etc., con sillas, mesas… En este sentido se puede decir que el propio cuerpo es humilde, pues no se inmiscuye en el pensar, sino que se oculta. Permite abstraer, pensar, pero no pasa factura, es decir, no comparece en lo pensado. El cuerpo es imprescindible para abstraer (pensar), pero el objeto pensado que presenta el abstraer prescinde del cuerpo. ¿Para qué? Sencillamente para advertir que el pensar no es corpóreo. Y si no lo es, buscar el pensar en lo corpóreo es, sin más, una pérdida de tiempo. En el cerebro se pueden localizar áreas que se asocien con figuras imaginadas al imaginar, con recuerdos sensibles, con proyectos concretos de futuro, con movimientos (cara, boca, manos, etc.), pero tales áreas, ni son lo imaginado, memorizado, proyectado (que son formas sin materia), ni movimientos (que son eficiencias del resto del cuerpo), ni, con mayor motivo, pensamientos (que son formas universales sin materia). Para expresar objetos pensados usamos no sólo las neuronas, sino también la cara, la boca, las manos, pero ninguna idea es un área cerebral ni parte de ella, como tampoco es un gesto, una voz, unos signos. Sin el cerebro, soporte orgánico de los sentidos internos (sensorio común, imaginación, memoria y cogitativa), sería imposible abstraer, pero abstraer no es nada cerebral, y menos todavía lo es la idea abstracta: ¿cómo un abstracto universal va a ser una realidad material concreta?

Lo dicho acerca del cuerpo humano en este Capítulo obedece en exclusiva a describir sus características en la presente situación humana. En esta tesitura, y como se ha advertido, entre nuestro cuerpo y nuestro pensamiento existe una barrera de tal calibre que con el pensar no podemos atravesar de sentido enteramente nuestra propia corporeidad. En efecto, Por eso, nuestro cuerpo está desasistido en buena medida de sentido, y también por eso, es posible la muerte; con ella nuestro pensamiento abandona el cuerpo. Sin embargo, si se acepta la Revelación, la presente situación corpórea humana no fue así al inicio de la humanidad, ni será tampoco la definitiva al fin de los tiempos. En efecto, el primer hombre atravesaba de sentido personal su cuerpo, por eso la inmortalidad propia de sus potencias espirituales redundaba en él y éste no moría. Por otra parte, tras la resurrección de los muertos al final de los tiempos, el cuerpo humano volverá a ser atravesado de sentido por el conocimiento humano y, además, la gloria de la elevación personal redundará sobre él. No cabrá, pues, posibilidad de morir.

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