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Carácter distintivo del cuerpo humano
De Seminario de Antropologia
| Autor Juan Fernando Sellés Curso y Apuntes sobre la antropología filosófica |
La tesis a esclarecer se puede enunciar así: el cuerpo humano no es ni orgánica ni funcionalmente como el del resto de los animales superiores, sino justamente inverso respecto de ellos. Es sentencia clásicamente admitida que el hombre es un “animal racional”. Esta definición parece sostener que tenemos algo en común con el género animal, que sería la “animalidad”, y algo propio y distintivo nuestro, que vendría a ser exclusivamente lo “racional” que, por cierto, perdemos con frecuencia... Sin embargo, intentaremos aclarar que el hombre se distingue radicalmente no sólo de grado de los animales a todo nivel corpóreo, y no sólo por la razón (y en la pérdida de ella). En rigor, el hombre no es animal. El hombre no es su cuerpo, y su cuerpo no es animal. Por lo demás, en virtud de ese carácter propio del cuerpo humano se distinguen, al menos hasta nuestros días…, las Facultades de Medicina y Veterinaria. También por suerte, hasta la fecha, tiene más demanda la primera… El cuerpo humano está espiritualizado. Comencemos, pues, por ver la distinción esencial entre el cuerpo humano y el de los demás animales.
El cuerpo de los animales es sumamente determinado constitucionalmente, y especializado en orden a una función; el del hombre, por el contrario, es abierto y desespecializado. En lenguaje aristotélico se podría decir que el cuerpo humano es potencial, o sea, no hecho para esto o lo otro, sino abierto para hacerse con esto, con lo otro y con lo que se desee y, además, para hacerse con ello de un modo u otro, es decir, como se desee. Es moldeable por la persona que lo vivifica, como el barro en manos del alfarero, o como la plastilina en las de los niños. Con todo, vale la pena moldearlo bien, personalizarlo, porque, al igual que los precedentes materiales, con el uso el cuerpo pierde sus virtualidades.
Reparemos en el nacimiento. Siempre se nace como advierte Polo prematuramente. Los animales nacen casi viables, maduros. Atendamos al bipedismo. Los animales tienen las extremidades especializadas para un sólo menester; nuestros pies, pero nuestros pies no están especializados para ningún hábitat determinado. Al igual que los pies, tampoco las piernas están especializadas. Por eso unos las especializan, por ejemplo, en orden a practicar fúlbol y otros en orden al ciclismo, siendo ambos desarrollos no sólo heterogéneos sino incompatibles. Nosotros, además, nos sentamos para liberar esfuerzo físico de cara a desarrollar esfuerzo mental. En cambio, cuando no se trata de pensar sino de actuar, cuando se monta a caballo por ejemplo, conviene no tanto sentarse como aguantar todo el peso en las piernas y en los estribos. ¿Y el resto del cuerpo humano? Está sumamente desespecializado, e incluso desasistido, es decir, no recubierto con plumas para volar, o de piel dura o abundancia de pelo para resistir el frío, etc. Suele decirse que el hombre está desnudo. A ello hay que añadir que el hombre es el único animal que se da cuenta que lo está, y que le conviene no estarlo. Si no lo notara no tendría sentido vestirse, a menos que con ello se defendiese, por ejemplo, del frío. Pero también se visten los que viven en los trópicos, y en las zonas templadas costeras. Cubrirse no es cultural (cultural es hacerlo de un modo u otro), sino natural al hombre; y tiene que ver con el pudor, pues no hacerlo denota una pérdida de honestidad, asunto ético. El cuerpo humano es un gran don, una inmensa riqueza, aunque este regalo admite ciertos límites y necesidades. En efecto, el hombre posee carencias biológicas, pues está corporalmente necesitado, indeterminado, y, sin embargo, mediante la versatilidad de su cuerpo y, sobre todo, con su inteligencia puede cubrir sus necesidades, aunque hasta cierto punto, pues la muerte supone para el cuerpo un límite infranqueable.
El hombre puede ejercer mediante su cuerpo todas aquellas funciones de cara a las que está especificado el cuerpo animal, aunque no merced al sólo cuerpo, sino a lo que adscribe a su cuerpo mediante su inteligencia.


