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Conocerse y tratarse

De Seminario de Antropologia

Autor Juan Fernando Sellés
Curso y Apuntes sobre la antropología filosófica


Si bien el vínculo social es la ética, ésta es huérfana sin tener en cuenta a la persona. No podemos tratar bien (ética) a cada persona si no la conocemos como tal o cuál persona. ¿Cómo conocemos a los demás? En primera instancia conocemos algo de los demás por sus manifestaciones, especialmente a través de la comunicación mutua. Sin ésta no cabe convivencia. Al abrirnos a los demás notamos más afinidad de carácter con unos que con otros. Esas características conforman los tipos sociales . Los caracteres humanos son distintos, complementarios, pero no contrarios. Por eso, cuando se habla de “incompatibilidad de caracteres” casi siempre abundan vicios y escasean virtudes. La persona salta por encima de los diversos caracteres tipológicos. Y no sólo la persona, sino también la esencia humana. En efecto, los hábitos de la inteligencia y las virtudes de la voluntad (que forman parte de la esencia humana) destipifican, es decir, dotan al hombre de unas perfecciones superiores a las tipológicas, hasta tal punto de que a veces tales cualidades se enfrentan con el propio modo de ser tipológico y lo vencen. Así, un hombre que es, como suele decirse, un “uno”, es decir, que actúa con criterios propios, seguro, fuerte de carácter, etc., por medio del trato amistoso con los demás puede llegar a ser servicial, dócil, etc. De modo que se pueden entablar relaciones de amistad con personas que tienen un modo de ser muy distinto al propio.

Conocer a los demás por sus manifestaciones no implica que el conocimiento se agote en sus manifestaciones, pues algo se puede intuir de la persona que subyace a ellas. Este conocimiento es personal y progresa en la medida en que uno se conoce más a sí mismo. La persona no es aislada sino copersona. En la medida en que uno se da cuenta de su propia realidad personal, de su personal apertura constitutiva, conoce más a los demás como personas abiertas. Pero no se trata de conocerlas en general, sino como tal o cuál apertura, como tal o cuál persona distinta. Suele decirse del hombre que “el conocimiento de la propia identidad, la conciencia de uno mismo, sólo se alcanza mediante la intersubjetividad” . Pero cabe matizar ese aserto por un doble motivo: a) gramaticalmente, porque la palabra “sujeto” indica fundamento, una especie de identidad consigo misma, pero ninguna persona humana es idéntica sino dual (no hay identidad humana sino sólo divina), y b) temáticamente en cuanto al “inter” cognoscitivo que media entre las personas, porque el conocimiento pleno del hombre no se alcanza con los demás hombres, sino sólo con la ayuda divina.

Si la persona es copersona, y si es susceptible de elevación como persona, seguramente algo tendrán que ver los demás en esa elevación . La pregunta se puede formular de este modo: ¿por qué si cada persona humana es una novedad irrepetible, a cada uno le ha tocado convivir con unas personas determinadas y no con otras en tal o cual tiempo y lugar de su biografía? Es decir, ¿por qué tales padres, tales hijos, tales hermanos, amigos, vecinos, compañeros, colegas, etc., y no otros? Evidentemente eso no ha dependido de ninguna elección humana propia o ajena. La única contestación coherente consiste en apelar a la providencia divina.

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