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Cuerpo orgánico

De Seminario de Antropologia

Autor Juan Fernando Sellés
Curso y Apuntes sobre la antropología filosófica

El cuerpo humano vivo, sus funciones y facultades constituyen la naturaleza humana, la vida recibida; la herencia biológica que debemos a nuestros padres. De ellos no hemos recibido la persona que somos, a saber, el acto de ser personal, ni tampoco la esencia humana, es decir, el partido que cada cuál saca de sus facultades superiores sin base orgánica. Señalábamos en el Capítulo 1 de este Curso que la vida no es algo sobreañadido extrínsecamente al cuerpo orgánico, sino su movimiento intrínseco. Conviene añadir ahora que la vida es lo que hace que un cuerpo sea precisamente un organismo. Vivificar a un cuerpo es constituirlo como organismo. El cuerpo vivo no es tal antes de recibir la vida. Sin ella las realidades físicas no son cuerpo orgánico, sino materia inerte. Cuerpo con vida es cuerpo orgánico. Los órganos son los soportes biológicos de las potencias o facultades (de ellas se trata en el Tema 5) de que está dotado un ser vivo corpóreo (ej. los oídos son los órganos de la facultad auditiva, los ojos lo son de la visiva, etc.). Tales potencias con soporte orgánico son principios próximos que ordenan, configuran, informan, una parte del cuerpo, no el cuerpo entero, sino cada una a su órgano (ej. la facultad auditiva activa a los oídos; la de la vista, a los ojos, etc.). La vida es el principio remoto unitario que vivifica enteramente al cuerpo. Es, por tanto, el origen del que dimanan todas las facultades o potencias, que contribuyen a que el cuerpo sea un organismo. La vida (lo que los antiguos denominaban alma) es, pues, la que ordena y coordina las distintas facultades y las hace compatibles entre sí. Es curioso que el cuerpo humano reciba su vida del alma y se enfrente a ella. Algo debe de hacer ocurrido para que se haya producido un notable desajuste entre ambos; desorden agudo que, además, al fin de esta vida termina inexorablemente con la ruptura definitiva. Los cuerpos orgánicos tienen mayor o menor complejidad dependiendo del mayor o menor número de potencias o facultades que posean y del tipo de las mismas. Los órganos son para las facultades; no al revés (ej. el ojo es para la vista, no la vista para el ojo; no se trata sólo de que veamos porque tengamos ojos, sino de que los ojos son para ver). De modo semejante, hay que recordar a menudo que el cuerpo es para el alma, y no a la inversa. No se pueden comprender, pues, enteramente los órganos desde una perspectiva meramente anatómica, fisiológica, biologicista, sino que se los entiende bien sólo en atención a las facultades (ej. no se advierte enteramente el sentido del ojo desde un mero estudio fisiológico, es decir, al margen de que el ojo es el órgano de la visión, o sea, de que está configurado para ver). A la par, no cabe una entera compresión de cada órgano por separado, ni tampoco una entera comprensión psicológica de cada facultad por separado. La comprensión completa es la que compara unos órganos con otros y unas facultades con otras en atención a la armonía jerárquica del conjunto. En suma, se trata de ver que el fin del cuerpo no es el cuerpo, sino, en rigor, el alma. El fin del cuerpo no es corpóreo, y no sólo en cada una de sus partes, sino en el conjunto (ej. el fin del ojo es ver, pero el ver no se ve, no es corpóreo. No se puede estudiar anatómica o biológicamente el ver, porque tal acto no es ni anatomía ni biología ninguna, sino conocimiento, que es el fin de aquéllas. Tal conocer no es vida puramente biológica, sino vida cognoscitiva). Del mismo modo, el fin del cuerpo, tomado enteramente, tampoco es corpóreo. El fin del cuerpo humano es el alma humana, su principio vital. No es ésta para aquél, sino el cuerpo para el alma. El yo ni es cuerpo ni es para el cuerpo, sino que el cuerpo es para el yo, para manifestar sensiblemente, en la medida de lo posible, el sentido del yo. Por eso, concepciones filosóficas que describen a la persona según la "unidad" o "totalidad" del alma y cuerpo tales como la de Zubiri, no pueden dar razón de la persona post mortem. El cuerpo no es la persona, sino de la persona. El cuerpo tampoco es el yo. Es manifiesto que no cabe persona humana en este mundo sin cuerpo, pero si la persona se midiera como tal por el cuerpo, uno sería menos persona en la niñez, en la enfermedad, en la vejez, en las lesiones, con el cuerpo deshecho (la realidad parece justo la contraria, en esas situaciones resplandece más si se sabe advertir el carácter de persona de los humanos). Sería menos persona cualquiera de la calle que un atleta, o lo sería menos cualquier ama de casa que “missUniverso”. Además, dejaría de ser persona al morir. Todo ello es absurdo. No; el cuerpo es de la naturaleza humana, pero no es la persona humana. El cuerpo es para la persona, no la persona para el cuerpo. Si no fueran asuntos distintos esta afirmación sería ininteligible. Cabe preguntar ¿para qué de la persona? Se puede ofrecer esta respuesta: para que la persona se manifieste sensiblemente en cierto modo a través de su cuerpo, o, al menos, para que no encuentre impedimentos en su corporeidad para expresar en cierto modo quién es. Esto constituye una peculiaridad exclusiva de los humanos. Por eso, debemos estudiar a continuación el carácter distintivo de nuestro cuerpo con respecto al de los animales. Indagaremos también sobre la armonía entre las funciones de nuestra corporeidad y el fin supraorgánico, suprabiológico, de las mismas, finalidad de la que carecen los animales. En rigor, se trata de reparar que cada cuerpo humano es aquello orgánico de la naturaleza humana según lo cual dispone una persona humana irrepetible (no un individuo de la especie) para manifestarse .

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