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Diferencia entre hábitos y virtudes

De Seminario de Antropologia

Autor Juan Fernando Sellés
Curso y Apuntes sobre la antropología filosófica

Algunos hábitos de la razón, los teóricos, decíamos, se adquieren con un sólo acto. Otros, los prácticos, con repetición de actos. Las virtudes de la voluntad son de este segundo tipo. Sólo por medio de pluralidad de actos alcanzamos a ser más templados, fuertes, justos, amigos, etc., y nunca los somos completamente. Ello es así porque mientras que la razón teórica topa con la evidencia, y no cabe, por tanto, posibilidad de duda, ni la razón práctica ni la voluntad son de ese estilo. La razón práctica no lo es, porque su objeto propio no es la verdad, sino la verosimilitud, lo más o menos verdadero; y la voluntad tampoco lo es, porque su objeto propio no es la verdad sino el bien, y en la presente situación la voluntad no topa con ningún bien que la colme por entero, es decir, de tal manera que no quepa la posibilidad de volverle la espalda. Además, cuando ya se ha adquirido una virtud, ésta no es fija, pues puede crecer o disminuir, e incluso perderse, pues la persona humana puede ir contra ella, asunto impensable en el caso de la razón teórica, pues sólo se puede ir contra sus hábitos teniéndolos en cuenta (ej. sólo se puede criticar o ir contra el hábito de ciencia empleando dicho hábito). Una vez adquiridos, los hábitos de la razón (al menos en su uso teórico) no se pierden. Son más permanentes que los prácticos y las virtudes. Eso es compatible con afirmar que las virtudes de la voluntad son más continuas durante la vida humana, porque si bien el hombre no teoriza siempre, es decir, no siempre está pensando, en cambio, la virtud asiste siempre. ¿Por qué es esto así? Porque la persona está más unida a su voluntad que a su inteligencia, de modo que la voluntad humana no actúa nunca sin el consentimiento de la persona. Ahora bien, se actúa según virtud si la inteligencia, y no sólo la persona, también asiste a la voluntad.

Con los hábitos de la inteligencia se descubre que siempre hay más verdad por conocer que verdad conocida, y con las virtudes de la voluntad notamos que siempre hay más bien por querer que el que de momento se quiere. Si se nota que la verdad y el bien transcienden nuestro actual conocimiento y nuestra actual adhesión volitiva, uno no intenta aferrar de modo egoísta la verdad o el bien, porque nos superan, sino que se pone al servicio de ellos. Y lo que permite ese servicio son, precisamente, los hábitos y las virtudes. En rigor, los hábitos y las virtudes son un salir de uno mismo; un evitar el egoísmo y un facilitar el servicio nobilísimo a la verdad y al bien. Si uno conoce y quiere para sí, no sale de sí. Si refuerza el conocer y el querer abriéndolos a verdades y bienes superiores a uno, entonces, se libera de su yo, o lo que es lo mismo, se ennoblece, porque se abre a más.

Por otra parte, mientras que los hábitos de la razón son plurales, en dependencia de las diversas vías racionales, las virtudes de la voluntad están unidas. En los primeros conforman algo así como compartimentos estancos. Las segundas, en cambio, algo así como vasos comunicantes. Si se mejora en una, por redundancia, también se crece en las demás. Eso es así porque la voluntad sólo tiene un único fin último, y en la medida en que se acerca a él se activa más la voluntad. Unas virtudes serán superiores a otras en la medida en que adapten más la voluntad al fin. A la par, las superiores englobarán a las inferiores. En efecto, no se puede ser fuerte si no se es templado; no se puede ser justo si no se es fuerte; no se puede ser amigo si no se es justo. Hablar de distintas virtudes depende de la mayor o menor activación de la voluntad respecto del fin último. Por eso carece de sentido pelear por adquirir unas virtudes y dejar de lado otras, pues del mismo modo que una golondrina no hace verano, una sola virtud no hace bienaventurado. También por mor de ese fin último, la clave de la virtud es seguir creciendo, pues sólo lo alcanza quien no dice basta. ¿Por qué el que no avanza retrocede? Porque la esencia humana está diseñada para crecer. Si el crecimiento no ha lugar, la distancia entre la meta a llegar y la actual situación es mayor que si se crece aunque sólo sea un poco.

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