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Dios y los radicales personales humanos
De Seminario de Antropologia
| Autor Juan Fernando Sellés Curso y Apuntes sobre la antropología filosófica |
Aprovechando la jerarquía de los trascendentales personales, se puede decir que si Dios nos ha creado a cada uno es por doble motivo, por un porqué y por un para qué. Primero: porque quiere coexistir con nosotros y para que coexistamos con él. Segundo, porque libremente ha deseado y para que le ofrezcamos nuestra entera libertad. Tercero, porque nos conoce enteramente desde la eternidad y para que le conozcamos entera y eternamente según nuestro conocer personal (no según el suyo). Cuarto: porque nos ha amado primero y para que le amemos personalmente después. Como en Dios existen tres Personas y no sólo dos, vemos en Dios más motivo de cara a nuestra creación al alcanzar su amor personal que al notar su conocer, su libertad o su coexistencia. La creación de las personas humanas es un derroche efusivo del amor divino, sólo compresible porque las ha creado con un fin: para su amor. Por eso la persona humana no es –como postula Kant fin en sí–, sino para Dios. Por otra parte, desde el amor conocemos, más de Dios que desde los demás trascendentales personales, a saber, que Dios es familia. Más aún, el prototipo de familia, en quien cabe la mayor distinción personal posible a la par que la mayor unidad entre las distintas Personas.
No es pertinente ceñir la imagen y semejanza divina en el hombre a nivel de naturaleza o esencia humanas . Por mucho parecido que se intente encontrar entre nuestra inteligencia, una Persona divina (en concreto, con Dios Hijo, al que se le llama Logos, Palabra, Verdad, etc.), o por mucha semejanza que se busque entre nuestra voluntad y otra Persona divina (en concreto, con el Espíritu Santo, al que se le denomina, Amor, Don, etc.), la comparación resulta muy pobre porque ni inteligencia ni voluntad humanas son persona alguna, ya que son potencias o facultades de la persona humana, mientras que las Personas divinas son personas, coactos, no facultades o potencias. Además, antes de activarse esas potencias humanas no tienen parecido ninguno con Dios, que es acto.
En cambio, en el núcleo personal somos persona, una coexistenciacon, una libertad, un conocer, un amor. Si no fuéramos coexistenciacon, libertad, conocer y amar a ese nivel, no se manifestaría de ninguna manera la libertad, el conocer y el amor en las potencias espirituales del alma, en lo potencial nuestro, en nuestra esencia. Por tanto, cada persona es una libertad, que es cognoscitiva y amante. Cognoscitiva, porque una libertad sin luz cognoscitiva personal no es libertad personal. En efecto, una libertad ciega no es una libertad propia de la persona. Amante, porque una libertad sin amor personal, tampoco es libertad personal, o sea, no es propia de persona ninguna, porque el amor personal no puede ser necesario sino libre. No se ama personalmente por necesidad u obligación, sino porque se quiere (a veces se dice “porque me da la gana”, expresión en la que cabe destacar el “me” como indicación de la persona). Y también: un saber que sea personal es libre; un amor que no fuese libre no sería personal. Coexistenciacon, libertad, conocer y amor se coimplican.
Al concluir estos apuntes, tras lo expuesto hasta aquí, tal vez se alcance a entender mejor que una antropología de fondo implica notar que la persona humana no debe conformarse con nada menos que con Dios.


