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Educar y aprender
De Seminario de Antropologia
| Autor Juan Fernando Sellés Curso y Apuntes sobre la antropología filosófica |
Educar es aceptar y, correlativamente, dar. Si el educar es personal, el aceptar es personal y el dar es darse. Si el que educa no acepta a cada una de las personas a quienes educa como quienes son, distintas, en rigor, no educa personalmente. A su vez, sólo tiene sentido educar si se es aceptado como una persona distinta e irrepetible. Así, un buen profesor es el que es irreemplazable. A la par, es inútil que un profesor dé mucho en una clase en la que, por lo que sea, se le acepte poco. Ya se ha reiterado que donde no se acepta sobra el dar. Para el alumno que no aprovecha la oportunidad de aceptar a quien se le entrega y lo que se le da, no pocas veces su mejor maestro es el tiempo, porque éste termina matando a todos sus malos estudiantes (coloquialmente suele decirse que la vida ya suspende bastante). Se aprende si se acepta. Si el que aprende no acepta a la persona que educa, podrá aprender ciertas nociones, pero, en rigor, no aprende personalmente, es decir, no se alcanza a conocer progresivamente como persona. De los buenos profesores se aprende más personalmente que del contenido de sus materias. A la vez, sólo tiene sentido aprender si se es aceptado. Por ello los mejores alumnos son los que se saben más aceptados personalmente por los profesores, y viceversa. En consecuencia, lo primero en la educación tampoco es dar sino aceptar. Aceptar es estar cada vez más abierto personalmente, es decir, estar abierto coexistencial, libre, cognoscitiva y amorosamente.
La educación personal favorece la elevación personal. Si bien crecer como hombre está en nuestras manos, sin embargo, ser elevado como persona no está en manos de cada quién. ¿A quién corresponde esta labor tan personal? Ya se ha dicho que quien eleva es Dios. Por eso, en rigor, Dios es quien más educa; al único que se le puede llamar Maestro. En consecuencia, quien más aprende personalmente es quien está más abierto a Dios. En segundo lugar, aprende más quien más abierto está a los demás, pues no hay realidad superior a la personal. En tercer lugar, aprende más quien más abierto está al mundo, porque el hombre también coexiste con él. El futuro de la sociedad, de la humanidad, se juega con el futuro de la educación. Eso es así hasta económicamente, pues los países con menos renta per cápita son aquellos en que las instituciones intermedias y el Estado dedican menos recursos a la enseñanza y, consecuentemente, los países que tienen un porcentaje más elevado de analfabetismo e ignorancia en todos los órdenes, también en el religioso. También por eso, aquellos Estados que han promovido una educación institucionalizada atea o laicista son los más despersonalizados. Como la ética y el trabajo son manifestaciones en la esencia humana de la previa comprensión personal propia, tales países son los que más disfunciones laborales y sociales albergan. No se olvide que el peor enemigo del hombre es siempre la ignorancia, y la peor ignorancia es la personal. Uno sólo se sabe tal persona distinta si acepta el saber personal que Dios le revela, pues sólo Dios es quien nos enseña cuál es nuestro ser personal.
En este Capítulo es oportuno añadir que el futuro de la educación pasa por el corazón de la familia. ¿Cómo debe ser la educación? Si la educación es un dar correlativo de un aceptar, se debe educar en la responsabilidad. Si educar y aprender son aceptar, y aceptar es amar, educar y aprender son manifestaciones del amar personal. Quien más ama es quien más educa. Como el amar arrastra al comprender, quien más ama a las personas es el que mejor las conoce. Las conoce como las personas irrepetibles que son. Quien más ama es quien más intuye la persona que es cada quién, es decir, qué proyecto es cada quién como persona. Por eso quien más educa ayuda a descubrir el sentido de la vida de cada quién y a encauzar esfuerzos en orden a la consecución del fin propio de cada persona. Sólo quien ama educa respetando la libertad. No impone normas o plasma ideas en los demás; no se dedica a uniformar a la gente, sino que educa según propuestas; ofrece de modo libre; habla en términos condicionales del tipo “si quieres mejorar (...)”, o a modo de preguntas: “¿te parece que esto es suficiente para ti?, ¿qué te mueve cuando buscas esto?, ¿seguro que es lo mejor para ti y para los demás?, ¿tú que harías en tal caso?, ¿Tu serías capaz de hacer mejor eso que criticas?, ¿te conformas con eso? (...)”.
Con esto queda suficientemente expuesto lo referente a la naturaleza humana y a los distintos modos de encarnarla: mujervarón. En la medida de lo posible se ha intentado dar razón de la vida recibida. También nos hemos adentrado a desvelar la esencia humana, es decir, la vida añadida, o sea, la progresiva activación de la esencia humana por parte de cada persona. En efecto, esto se ha abordado al explicar las nociones de hábito y de virtud, al aludir a la sindéresis, y al atender a los distintos modos de activar la esencia humana por parte de la mujer o del varón. Asimismo, al atender a la familia y a la educación. Con este tema, y por encima de las descripciones que los precedentes Capítulos nos han dado del hombre, hay que decir que éste es susceptible de las siguientes: "ser familiar", "ser educable". Y por encima de ellas, "ser hijo".
Con todo, para explicar el desarrollo de la inteligencia, voluntad y sindéresis (que conforman la esencia humana), es pertinente atender a algunas manifestaciones humanas de primera magnitud que son segundas respecto de la familia y de la educación, pues éstas son el fruto de la activación de aquéllas. Por tanto, en la Parte III del Curso se atiende a cuatro básicas de ellas: la ética, la sociedad, y en la Parte IV, al lenguaje y al trabajo, pero no para quedarse en ellas, sino para notar que éstas suponen la activación de la esencia humana por parte de la persona y, por tanto, nos encaminan en la búsqueda del acto de ser personal, cometido del último tema del Curso.


