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El amor: vínculo de la familia
De Seminario de Antropologia
| Autor Juan Fernando Sellés Curso y Apuntes sobre la antropología filosófica |
Si el amor es un radical personal del hombre, también es vínculo familiar. Es el origen de toda familia humana; el centro de donde ella nace. La familia natural nace del amor personal, es la primera manifestación del amor personal y se encamina al amor personal. En suma, la familia natural es manifestación de la familia personal. La persona es amor, y amar a la persona implica valorarla como quien es, es decir, por su ser . Para comprender el amor personal, insistimos, conviene atender a la familia humana como vehículo natural de acceso a él, porque la familia es esa unidad amorosa en la que se ama a cada quién por ser quien es.
Si el amor es personal, quien ama no es algo de alguien, sino alguien. A su vez, a quien se ama personalmente no es algo de alguien, o algo para alguien, sino a alguien. Amar es dar, y no cabe dar sin aceptar. Amar no es dar o aceptar cualquier cosa, sino darse y aceptarse: otorgamiento y aceptación personales. Se trata de amar y aceptar a una persona distinta, queriendo, además, que tal persona responda cada vez más a su propio proyecto como persona irrepetible. ¿Qué se requiere para aceptar? Ante todo comprender. Si no se comprende quién es la persona a que se quiere amar, no se la puede amar personalmente. El dar respecto de un quién que se ignora es perder el tiempo. Pero a una persona no llegamos a comprenderla enteramente nunca. Sin embargo, ello no es obstáculo para que la amemos, pues si el amar arrastra al comprender hasta donde éste puede, lo que falta por comprender se puede disculpar, perdonar.
De entre las acepciones usuales de “amor” la única no reduccionista del amor es la personal. La única actitud adecuada de trato con una persona, escribía K. Wojtyla en uno de sus primeros libros, es el amor , porque es la única que valora a la persona no como un medio, sino como fin, que es como se debe tratar a las personas, como ya advirtió, por otra parte, Kant , pero no por el motivo que señaló este filósofo, a saber, por la moralidad (la ética), sino por algo más profundo (y condición de posibilidad de la ética): por ser persona. Es decir, por ser quien es (tema que alcanza la antropología trascendental, no la ética). Si la persona es amor, el amor no es medio sino fin. No se ama para algo, sino por amar, porque amar es ser feliz, es decir, es fin en sí. Por eso, si no se ama a la persona sino algo de ella, no hay verdadero matrimonio. Si no hay amor a la persona tal como ella es y, sobre todo, tal como está llamada a ser, no existe amor personal. Con todo, sólo Dios sabe enteramente a qué está llamado cada quién, pues es él quien llama. De modo que amar a una persona es amar para ella el proyecto divino sobre sí y, consecuentemente, intentar intuirlo, respetarlo (puesto que no coincide con el propio) y ayudar en la medida de lo posible a esa persona en orden a encaminarse en ese proyecto. Por tanto, un amor es personal si mira no sólo al es de la persona sino, sobre todo, al será.
Si el amor esponsal en el matrimonio manifiesta la unidad de la dualidad de la naturaleza y esencia humanas –varónmujer–, y a la par la comunión interpersonal propia de cada persona, lo que en ellos se une no es sólo el cuerpo y el alma, sino las mismas personas, de modo que cabe hablar de copersonas o de coexistencias. Si los dos conyuges son en primer lugar aceptar, lo son no sólo mutuamente, sino también respecto del mayor don posible: una nueva persona, el hijo. Por eso, una unión conyugal natural no abierta a los hijos no es personal, y, por tanto, no es apropiada al matrimonio. También por eso sólo puede ser matrimonio la unión que hace posible el hijo, a saber la de varónmujer. Y además, no con cualquier varónmujer, sino sólo con éste/a, que será padre/madre de tus hijos. Lo primero de los padres respecto de la nueva persona, fruto de su unión, el hijo, tampoco es dar sino aceptar. Lo que ambos aceptan es un nuevo don personal. El hijo, a su vez, es un nuevo dar y aceptar respecto de los padres. Ahora bien, si la persona del hijo desborda enteramente la acción biológica y psicológica conyugal de los padres, hay que sostener que ambos padres son aceptar respecto de otro Dar personal superior, un Dar que otorga ese nuevo don. A la par, el hijo no se entiende sino como un nuevo aceptar y dar, desde luego en lo natural respecto de sus padres naturales, pero por encima de ellos, y personalmente, respecto de Quien le ha otorgado su ser personal. Como se ve, los padres sólo pueden ser buenos padres si son buenos hijos, porque aceptar un nuevo hijo, respecto del cual ellos sólo otorgan la naturaleza, es aceptar que también ellos son personalmente hijos respecto de tal Padre. A su vez, el hijo sólo será buen hijo si se parece en esa filiación a sus padres, es decir, no en que se parezca biológicamente a sus progenitores, sino en ser buen hijo de ese Padre respecto del cual tanto él como sus padres son hijos.


