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El bien como objeto natural de la voluntad
De Seminario de Antropologia
| Autor Juan Fernando Sellés Curso y Apuntes sobre la antropología filosófica |
El objeto propio al que está abierta por naturaleza la voluntad es el bien . Bien es aquello que todas las cosas apetecen, declaró Aristóteles . Los medievales decían que ese apetecer se podía ejercer con apetito natural, con apetito sensitivo o con apetito intelectual. El intelectual es la voluntad; el sensitivo, los apetitos concupiscible e irascible, a los que ya se ha hecho mención. El apetito natural se consideraba como la inclinación de los seres inertes a ocupar su posición propia (por ejemplo, la propensión que una piedra lanzada al aire tiene de caer sobre la superficie de la tierra atraída por la gravedad de ésta), o la tendencia de los vegetales a su fin natural (crecer, reproducirse, etc.). Sin perjuicio de ese intento explicativo, cabe decir que, en rigor, el apetito natural no es ningún apetito, porque para que haya deseo debe mediar conocimiento. Por eso, en sentido preciso, ni los seres inertes ni los vegetales apetecen. En cualquier caso, el bien dice referencia al querer o desear, lo cual significa que no se explica aisladamente.
Ahora bien, en sentido más preciso hay que decir que es el querer o desear es que es relativo al bien. En efecto, el apetecer es una tendencia, y por ello, el bien que se apetece no está en ella. De lo contrario no se apetecería, porque se poseería. Si el bien apetecido no está en el apetecer, radica fuera. Más allá de la voluntad o del deseo indica que éstas tendencias están llamadas a alcanzar el bien. Además, la voluntad es una potencia nativamente pasiva. Pese a ello, si está hecha para el bien, se puede decir de ella que, ya en estado de naturaleza, es una relación trascendental al bien. Relación, porque sin su apertura a él la voluntad es inexplicable; trascendental, porque el bien es externo a ella; al bien, porque la realidad para la que ella está diseñada es trascendental, esto es, un el bien irrestricto, pues una potencia espiritual no se puede conformar exclusivamente con bienes sensibles o mediales, sino con todos los bienes, en especial con el final o último bien. Dado su estado inicial pasivo y su tener que ver con el bien irrestricto, la voluntad puede crecer en la medida en que se adapte a bienes mayores. Dicho crecimiento se denomina virtud. A lo que se inclina la voluntad por naturaleza es, pues, a querer más bien.
La verdad está en la mente, pero el bien está en la realidad . El bien está en lo real, pero ello no implica que no sea entendido, que no esté conocido en la mente. Si no lo estuviera no sería objeto de la voluntad, porque nada se quiere si antes no es conocido . Pese a lo cual, debe ser conocido como bien, no sólo como verdad, porque la voluntad sólo sigue a lo que se conoce como bien. En consecuencia, el conocimiento del bien es correlativo al descubrimiento de lo real. A más alto nivel cognoscitivo, más bien descubierto. La ignorancia es, también aquí, el peor de los males, pues si no descubrimos los bienes mayores, nos quedaremos sesteando en los mediocres y, en consecuencia, nuestra voluntad no crecerá, sino que su querer será de corto alcance, cuando no vulgar, trivial o ramplón. Ahora bien, la voluntad no sigue necesariamente a lo conocido. Más aún, no pocas veces se retrotrae de adaptarse a lo que la inteligencia le indica, lo cual supone también una rémora para la propia inteligencia.
La verdad, decíamos, no es sólo un objeto de la inteligencia, sino un asunto con el que tiene que ver la persona. Tampoco el bien se reduce a ser mero objeto de la voluntad, pues la persona también está implicada en él. De lo contrario no se podría hablar de bien y mal moral, por ejemplo. El hombre que se adapta al bien mejora por dentro; el que se aleja de él, lo contrario. El adaptarse a bienes menores, correlativo de la renuncia a los mayores, a los que uno está llamado, empeora no sólo a la voluntad humana, sino que también compromete a la persona. ¿Adherirse a lo mejor tras haberlo descubierto, aunque cueste, o creer que lo mejor es lo más fácil y placentero? En esa alternativa anda en juego la felicidad humana. La filosofía clásica solía decir que la felicidad humana consiste en la consecución del último fin o bien perfecto. Esta tesis es bastante difícil de entender hoy en día, porque se exigen bienes inmediatos y, consecuentemente, no se sabe qué puede significar eso del bien último. Además, antes parecía existir acuerdo unánime entre los autores al poner la felicidad en el fin último, y se daba también por supuesto que todo hombre desea por naturaleza ser feliz. También esto se pone hoy en duda. No concordaban, en cambio, los pensadores tradicionales en qué consistía ese fin o bien. Por eso, como registró Aristóteles, unos lo colocan en las riquezas, otros en los placeres, otros en los honores . Los cristianos, entre otros muchos, en cambio, ponen el bien último en Dios. Desde luego que actualmente no hay acuerdo al respecto. Pese a lo cual, se puede preguntar cuál es el verdadero bien último, el objeto de la felicidad. Si bien y realidad coinciden, es decir, son idénticos, a más realidad más bien. Sólo en un bien relacionado con el hombre (personal, por tanto) en el que no quepa mezcla de mal, residirá la felicidad humana si a ese bien se adapta el hombre. Ese bien sólo puede ser Dios.
La voluntad está inicialmente abierta a la felicidad, pero sin concretar todavía esa felicidad en Dios. El bien al que está abierta es el bonum commune. Podemos descubrir a Dios y quererlo como bien. Cuando la voluntad lo quiere, aunque lo quiera todo lo que pueda, no lo quiere enteramente, por dos motivos:
- a) porque Dios es infinitamente amable, y
- b) porque si lo quisiera acabadamente en esta vida no podría amar otra cosa por encima o al margen de él en un momento determinado, es decir, no tendría posibilidad de equivocarse, cosa que lamentablemente acaece en demasía.
Al principio la voluntad tiende al bien, pero se trata del bien en común, es decir, que la voluntad en estado de naturaleza desea el bien, pero no ama tal o cual bien, por eso caben errores en las elecciones. Si media la inteligencia y se van descubriendo diversos tipos de bienes cada vez mejores, entonces la voluntad, como tiene una capacidad de felicidad sin coto, podrá, si quiere, crecer cada vez más en su querer (virtudes); es su crecer en orden a los bienes a los que la abre la inteligencia. Si la voluntad se aferra a bienes que no la llenan (ej. todos los materiales, sensibles), ya que éstos son inferiores a ella, puesto que ella es espiritual, aparece la frustración. ¿Hay algún bien que la sature en esta vida? No, porque siempre se puede querer más, y mientras se vive, en la presente situación la voluntad no puede adaptarse al bien último de tal modo que no quepa en ella posibilidad de no serle fiel, porque tal bien no la colma definitivamente. Sí hay uno que la llena más que los demás, Dios, y puede además colmarla tras esta vida.


