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El conocer y el amar personales

De Seminario de Antropologia

a) Dios y el conocer personal humano. Todo conocer es incompresible sin un tema. El tema que busca el conocer personal humano es Dios: el ser personal puede dar a conocer el sentido del propio ser personal humano. Si tal buscar es cognoscitivo, lo buscado es, desde luego, Verdad o Sentido respecto del intelecto personal humano. Si es acto (verbo, no nombre) es más que Verdad o Sentido, pues es Conocer. Por eso, en la búsqueda de tema va implícita la búsqueda de sentido del propio intelecto, y en la consumación de la búsqueda, el esclarecimiento del sentido completo del propio ser personal humano. De modo que el aislamiento libre respecto de Dios en esta vida conlleva la propia pérdida de sentido personal, el no saber quién se es y quién se está llamado a ser. En suma, se trata no sólo de la pérdida del sentido de la vida (natural o esencial), sino de la pérdida del sentido del ser personal. En rigor, en esa tesitura no se sabe quién se es. Por su parte, el aislamiento libre pero definitivo de Dios, es la pérdida libremente consumada del sentido del ser personal. Es la imposibilidad de llegar nunca a saber su ser. Si el ser personal es coexistente, abierto libre, cognoscitiva, amorosamente, perder el sentido personal para siempre es prescindir de la coexistencia, encapotar la libertad, ofuscar el conocer, matar el amor. Esa actitud es despersonalizante. Por ello, los que aceptan definitivamente tal pérdida son gente sin nombre propio, multitud despersonalizada. El resultado de esta actitud es la soledad.

Contra el aislamiento: búsqueda. Mientras vivimos no acabamos de conocer enteramente la persona que somos . La plenificación de la búsqueda es la revelación completa por parte de Dios del verdadero nombre personal humano . “Dios no solo reunirá a su pueblo disperso entre las naciones; también transformará a cada uno en su corazón, o sea, en su capacidad de conocer, amar y obrar” . Obviamente, no se trata de que cada hombre busque a Dios por fuera, sino en su intimidad; y que lo busque con su intimidad, esto es, con su ser personal, no con sus potencias. En rigor, el hombre busca en su interior porque es un buscador, y lo es, porque es criatura; personal, pero criatura. Por ello, el hombre es segundo respecto de Dios. Si el hombre quiere mantenerse como primero, como fundamento, se aísla y se pierde, pues niega su índole creada y deja de buscar, y con ello abdica de alcanzar el sentido de su ser. En esa situación se consuma la falta de sentido personal, lo cual repercute desde luego en todas las manifestaciones de la naturaleza y esencia humanas, y de ese modo la vida queda falta de sentido. Por eso el ateísmo no solo prescinde de Dios, sino que conlleva también la negación u oscurecimiento del sentido personal y de la propia vida. A su vez, el agnosticismo, es pérdida de Dios porque previamente no se acepta ser búsqueda. Por su parte, el indiferentismo respecto de lo divino, lo es también respecto del núcleo de lo humano.

Al alcanzar el conocer personal notamos que la persona humana está, por así decir, diseñada nativamente para ser conocida. De tal manera que sin serlo no sería. De modo que a nivel cognoscitivo personal descubrimos que el hombre está hecho para Dios, lo cual “comporta en términos intelectuales una dualización directa del intelecto humano con el divino, aunque no de modo pleno” . Esto, a su vez, indica dos cosas: a) que entre la criatura intelectual y el Creador no cabe mediación ninguna , de modo que, a fin de cuentas, el encuentro con Dios no puede ser sino personal en cada quién, y b) que si la dualización persona humanaDios no es actualmente plena, se abren dos posibilidades reales positivas: 1) que se vaya plenificando: noción de lumen fidei , y 2) que llegue a plenificarse enteramente: noción de lumen gloriae . Si esa réplica del conocer personal faltase definitivamente, la persona quedaría sin saber su verdadero ser, o su verdadero nombre, esto es, su sentido personal completo. No se trata de que no supiese quién es. En rigor, lo sabe parcialmente gracias al hábito de sabiduría. Pero dado que la persona humana en la presente situación no acaba de ser lo que está llamada a ser, si le faltase definitivamente la réplica, quedaría decisivamente con la ausencia de sentido completo, sin saber el ser que hubiese llegado a ser. De manera que, del mismo modo que el será describe mejor que el es a la persona humana, el será libre la describe mejor que el es libre, y el conocerá y amará que el conoce y ama. Por eso, desde el conocer personal, lo peor que le puede suceder a un hombre es no ser reconocido por Dios definitivamente en el futuro posthistórico. Como la búsqueda no es el conocimiento más alto, ese conocimiento se dice provisional . Si bien se mira, lo que precede es una alusión al futuro transtemporal.

De este modo se ve que la persona humana está creada para ser futurizada, no para futurizarse (y menos para autorrealizarse). Ello indica al menos dos cosas: a) que sin futuro real (sin Dios) carece de sentido la futurización. Con otras palabras, si la persona humana es un proyecto de futuro, eso muestra que el futuro existe, esto es, que Dios existe, y b) que la entrada en el futuro no depende exclusivamente de la persona humana, sino también y principalmente del futuro, pues sin la aceptación de éste la futurización no puede culminar, puesto que el futuro trasciende por entero a la persona humana, como el tema que se busca trasciende al intelecto personal. Ello no es motivo alguno de desánimo, sino al revés, de confianza, pues si la libertad personal comporta aliento, esperanza, el conocer personal implica fe. Tanto la esperanza como la fe, si son sobrenaturales, son donación de Dios a una persona humana si ésta los acepta. Aceptar es amar. Así se intuye que la elevación de la libertad personal por la esperanza sobrenatural y del conocer personal por la fe sobrenatural son solicitados por el amar personal y se destinan a la caridad , que es la elevación de ese amar. Por lo demás, si todo conocer no puede carecer de tema, y Dios es conocer personal, a las Personas divinas no les puede faltar ser conocer–conocido.

b) Dios y el amar personal humano. El amar personal humano muestra la existencia de Dios por triple motivo, es decir según cada una de sus dimensiones: dar–aceptar–don. Así, el dar la muestra, porque no encuentra en la intimidad humana la persona que lo acepte enteramente; el aceptar, porque tampoco encuentra en la intimidad humana la persona que lo da; el don, porque no existe en la intimidad humana la persona que lo da y la que lo acepta. No existen tales personas en la intimidad humana porque es claro: cada uno se sabe uno (también el esquizofrénico, aunque luego manifieste como dos o más). Suponerlo es absurdo, porque, en rigor, seríamos tres personas en vez de una. Las dimensiones del amor personal humano no son tres personas.

Si Dios es personal, Dios es amar personal. Si las dimensiones del amar personal son dar, aceptar y don, Dios no puede carecer de ellas. En efecto, el amar personal no cabe sin el aceptar personal, pero uno y otro exigen un don, también personal, pues no cabe un amor personal que no sea donal, ni un aceptar amoroso personal que no sea aceptación del don real que se entrega. ¿Encuentra Dios en su intimidad una Persona que acepte enteramente el dar; otra que dé enteramente al aceptar; un don que lo sea respecto del dar y del aceptar? No puede ser de otro modo, porque en Dios no hay jerarquía entre las dimensiones del amor. En efecto, así como en el hombre existe jerarquía entre estas tres dimensiones, en Dios no puede ser así. Es decir, esas tres dimensiones deben ser de idéntico nivel, divinas, pero, a la par, distintas. Más aún, las más distintas posibles entre sí. El dar en Dios no puede ser inferior al aceptar y al don. Si en Dios no puede ser mayor el dar que el aceptar o que el don, también el don es personal. En consecuencia, si Dios no carece de réplica en su intimidad, y no puede carecer tampoco de esas dimensiones del amor, cada una de ellas será una Persona distinta en el seno de la divinidad .

La estructura del amor personal humano nos muestra que éste no puede ser explicado (tampoco creado y colmado) por una única Persona, sino por tres. El amor personal humano nos muestra que en Dios deben existir tres Personas, una de las cuales sea dar, otra aceptar, y la tercera don. Desde el amor personal humano no sabemos si existen más Personas divinas ni quienes son ellas, pero sí, al menos, que existen esas tres y que tienes las aludidas características. Evidentemente, eso no es racionalizar el misterio trinitario de la fe cristiana, pues para el amor personal humano siempre queda tácita quién es intrínsecamente cada una de esas Personas divinas. Esto es, personalmente (sin la ayuda de la fe) no sabemos, por ejemplo, qué se ha revelado de cada una de ellas en la historia, qué nos piden a cada quién, qué se les atribuye a cada una de ellas, etc. Además, el amor humano no parece dar explicación de por qué no existen más.

Por otra parte, si lo más destacado en el amor personal humano parece el aceptar, seguramente encontraremos más sintonía entre nosotros y Dios con esa Persona divina a la que alcanzamos a conocer como aceptar . Esa será más nuestro modelo que las otras dos. Importa aclarar que si bien alcanzamos a conocer a las Personas divinas desde el amor humano, el conocer personal humano no las abarca, es decir, nunca dejan de ser un misterio para él (ni ahora ni después, pues las Personas divinas son inabarcables por las personas creadas). Que la persona humana sintonice mejor con el aceptar divino que con las demás Personas divinas no indica que las demás actúen menos que ésta respecto del hombre, pues como en Dios rige la identidad en sus operaciones ad extra, a ninguna de aquellas Personas puede faltar intensidad en la creación del amor humano, pues de otro modo estas Personas no serían divinas. Con todo, no actúan igual respecto del amor humano. El dar se debe comportar respecto del amor humano dando; el aceptar, aceptando, y el don como tal. A su vez, el amor personal humano debe vincularse distintamente a cada una de esas Personas divinas, pero no a una más que a otra, sino de distinta forma: al dar, dando (de modo similar a como acepta el aceptar divino); al aceptar, aceptando su don; al don, aceptando convertirnos en el don que él nos done.

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