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El hombre añade porque es donal

De Seminario de Antropologia

Autor Juan Fernando Sellés
Curso y Apuntes sobre la antropología filosófica


Vamos a la clave de nuestro tema, pues estamos ya en condiciones de abordar el fondo. El hombre es capaz de añadir con su trabajo, cultura, técnica y economía porque él es puro añadir; es donal. La generosidad no es una mera virtud de la voluntad que lleva al incremento de ésta facultad en orden a dar algo. Es principalmente el carácter del ser personal que uno es, que por ser puro ofrecimiento lleva a darse. Ser enteramente generoso es destinar libremente el ser que uno es al Amor. No serlo, es no querer destinarse; es guardarse, asunto que es también libre, aunque propio de una libertad raquítica, es decir, carente de entera apertura y de respuesta íntegra. Con esa actitud, como se ve, la propia libertad personal se encoge, se queda sin un para concorde con ella. “Nadie da lo que no tiene” suele repetirse. Pero, en rigor, uno siempre puede dar porque es dar. Ese es nuestro ser nuclear, un dar que es personal, y que, por eso, no se agota dando. Por eso, ese otro modo de dar que es nuestro trabajo está en perfecto parangón con el dar personal que uno es y también con el Dar divino, pues tampoco su Dar se empobrece tanto al crear como al elevar a las criaturas. En este sentido se puede entender la cooperación humana en la creación divina.

Dar en el hombre es segundo respecto de aceptar. El aceptar garantiza que lo que se da no quede sin sentido. Como ninguna persona humana puede aceptar enteramente todas nuestras acciones laborales, sencillamente porque no las conoce todas y del todo, la totalidad de ellas cobran sentido sólo si son referidas a Dios y él las acepta. En contrapartida, aquéllas no aceptables por Dios carecen de sentido y son vanas. Más aún, esto que es verdad en las manifestaciones humanas es una gran verdad referido a la intimidad personal. Si la persona es un puro ofrecerse, sólo cobra pleno sentido como tal persona si se ofrece enteramente como tal y si existe una persona distinta de ella que pueda aceptarla enteramente como quién es. Obviamente ninguna persona humana tiene en sus manos este cometido. Sólo Dios puede aceptar de modo pleno a la persona humana.

Por tanto, la peor desgracia que le puede suceder a un hombre es que Dios no lo acepte. Dios no puede aceptar a un hombre como persona cuando éste ha abdicado de su ser personal. La negativa divina a aceptar a un hombre no parte, pues, de Dios, sino que depende de que cada hombre no se acepte a sí mismo como quién es. En efecto, si un hombre no se acepta, no se entrega, y si no se entrega, Dios no lo puede aceptar. Sólo se da como persona quien se acepta como quién es. Del mismo modo, sólo se da a alguien con sus obras si se reconoce y se acepta como dar. La segunda desgracia, que sigue a la precedente, estriba en que Dios no acepte las obras de un hombre. No las acepta porque son malas, es decir, carentes de sentido humano. No todas las obras son “iguales”; unas tienen más sentido que otras. En consecuencia, Dios acepta más unas que otras. Por eso, a Dios no se le pueden ofrecer chapuzas, sencillamente porque, por carentes de sentido, él, que es la Verdad completa, no las puede aceptar.



Si Dios no acepta a la persona humana como tal, ésta pierde su sentido. Perder el sentido personal acarrea la progresiva pérdida del carácter personal. Es como ir dejando paulatinamente de ser persona, que en el fondo es lo que tal hombre deseaba cuando libremente cerraba sus ojos a su intimidad y a su trascendencia, cuando uno libremente se guardaba y eludía la donación enteriza de su ser. Dios, que no se contradice jamás, y que durante toda la vida histórica del hombre siempre respetó la libertad tan pobre de esa criatura que, por miedo a su libertad, no se jugó enteramente su libertad de destino a la suprema felicidad, sino que la guardó egoístamente en un pañuelo y la enterró bajo tierra, al final de la vida humana, Dios sigue respetándola. ¿Qué significa que Dios respete post mortem esa libertad humana tan mostrenca? Que quien libremente no quiso nunca ser la persona que estaba llamada a ser y ahora tampoco lo quiere, Dios acepta que no lo sea. ¿Y que le pasa entonces a ese hombre? Que pierde progresivamente sin posibilidad de recuperar aquello que nunca aceptó ni buscó: su sentido personal. De modo que tal hombre tras vivir sin sentido personal durante la vida presente, se encuentra sin sentido personal definitiva y permanentemente.

Por el contrario, ser aceptada por Dios significa para la persona humana, sin dejar de ser la persona humana que se es, ser elevada como persona, es decir, divinizarse. La clave de la vida natural es el crecimiento; la de la personal, la elevación. La "economía" de la salvación estriba en la progresiva elevación de la persona humana. La elevación se ha dado a lo largo de la historia y se da a lo largo de la vida de cada persona humana. En la otra vida, la teología habla de glorificación. ¿Qué añade la glorificación a la elevación si ésta ya es una divinización? Puede significar esto: que Dios se da a la criatura personal de modo pleno tal cual ésta puede aceptar a Dios, no tal cual Dios puede ser aceptado. En suma, este Tema nos permite describir al hombre como "ser trabajador", "ser lúdico", "ser cultural", "ser técnico y artístico", "ser económico", como "ser oferente" y, sobre todo, como "ser aceptable por los demás y por Dios".

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