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El lenguaje convencional

De Seminario de Antropologia
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Autor Juan Fernando Sellés
Curso y Apuntes sobre la antropología filosófica

La convencionalidad del lenguaje, sentada por Aristóteles , fue defendida a lo largo de la Edad Media , conociendo o sin conocer la filosofía del Es-tagirita. Expongamos brevemente la índole de los lenguajes natural, cultural y convencional y analicemos la superioridad del lenguaje convencional sobre el cultural y natural.

El lenguaje natural es limitado, pues posee un signo para cada realidad, pero el convencional puede crecer ilimitadamente. Es superior el convencional, porque mientras la voz se refiere a una sola realidad, la palabra, siendo una, se refiere a muchas realidades. La palabra es convencional y sustituye el significado de la voz o del término escrito por otro que expresa otras cosas que la voz no puede. La voz sólo puede expresar sentimientos sensibles (placer, dolor, temor, etc.). Tales sentimientos son particulares. La palabra expresa pensamientos, que son universales. La palabra hace de vehículo para expresar algo superior a ella. Ese expresar es su intencionalidad. Sin embargo, la palabra emitida se diferencia de lo pensado. Es claro que con la adquisición de un lenguaje convencional se aprende mucho más que con el manejo de los lenguajes naturales y culturales. Baste recor-dar al caso la experiencia de Hellen Keller y Ann Sulivan.

Todo signo es remitente, intencional, y las realidades físicas también lo son; las artificiales, más que las naturales. Lo cultural también puede considerarse como un lenguaje, porque está dotado de sentido y es remitente. De entre los objetos de la cultura, unos remiten más que otros. Piénsese, por ejemplo, en una fotografía o en un espejo. Además, las realidades materiales remiten todas ellas entre sí, porque existe una unidad de orden cósmico. Por su parte, las culturales también remiten entre sí, y con más intensidad que las naturales, porque el hombre las ha diseñado precisamente unas para otras.

No obstante, a veces las realidades culturales no se compaginan bien entre sí, asunto que es más difícil que ocurra en las naturales. Esos desajustes señalan que algo se ha perfilado culturalmente mal y que hay que rectificarlo. Añádase que las cosas culturales remiten a las naturales, pero no éstas a aquéllas. Esto indica que los elementos culturales pueden, porque tienen más sentido, con las naturales, no al revés. La cultura transforma la naturaleza, pero no la naturaleza a la cultura, sino por accidente. Transformar es añadir sentido, lo cual indica se puede insistir que el sentido cultural es superior al natural. De aquí se desprende también una propiedad del lenguaje cultural, a saber, que es válido cuando saca más sentido al lenguaje natural, pero no cuando se limita a destruir el sentido natural. Desde aquí se empieza a apreciar que las diversas muestras culturales se pueden medir jerárquicamente según su mayor o menos remitencia.

Ahora bien, aunque el lenguaje cultural es muy remitente, en todos los objetos culturales hay algo que no remite, a saber, su soporte material: la cartulina en el caso de la fotografía, el vidrio en el del espejo, las letras de tinta y las páginas del libro, etc. No todas las realidades culturales son, pues, similares. Las más culturales son las más remitentes. Lo más remitente de entre lo cultural es el len-guaje convencional. Pero si miente es lo que menos remite. Los signos (por ejem-plo, los de  y ) de ordinario no se parecen a la realidad que designan o a la que remiten, y tampoco las palabras. En cambio, los objetos conocidos (imaginados, recordados, pensados, etc.), sí se parecen a las realidades externas, y su parecido con ellas es unitario, es decir, cada objeto pensado se refiere a un tipo de realidades.

Si la palabra es convencional y no se parece a la realidad por ella descrita, no se puede hacer un estudio de las palabras en tanto que realidades, pues se haría una fonética, o una grafología, pero no una teoría del lenguaje . Que la palabra sea convencional comporta una ventaja: que significa en universal, no en particular. El lenguaje convencional es manifestación de inteligencia, en concreto, de nuestro modo de conocer racional. Las palabras transmiten un significado, pero universal, no concreto o específico para cada realidad. Ahora bien, significar en universal es sumamente económico, pues con un mismo término podemos designar todas las realidades de la misma índole o naturaleza.

El pensar no agota lo real; conoce en universal. En el lenguaje sucede algo similar, habla en universal, y precisamente por eso no dice todo lo que de la realidad se puede decir. Por eso no acaba nunca de decir lo que las cosas son, esto es, no agota el significado de lo real. A eso se le suele denominar elipsis. Tampoco agota el significado de lo conocido por el pensamiento. El lenguaje es tardo y poco fino para explayar los pensamientos. El lenguaje es elíptico por necesidad, porque está al servicio del pensamiento , y el pensamiento funciona mucho mejor en régimen de universalidad que de particularidad. Si el lenguaje está al servicio del pensamiento, dicha síntesis le afecta nuclearmente. Es mucho mejor la universalidad que la particularidad. Es más significativo, y más sencillo de apren-der, un lenguaje convencional que un lenguaje pegado a la imaginación, es decir, que un lenguaje representativo, jeroglífico, plagado signos o de imágenes.

En suma, el lenguaje no sólo es vehículo del pensamiento, sino que es para el pensamiento, como éste para la persona. Si el lenguaje no sirve para expresar cada vez más significado pensado, vuela en régimen de independencia respecto del pensamiento. Entonces habla por hablar, y eso está de más.. A su vez, si el pensamiento no manifiesta cada vez más el sentido personal vuela en corto, se vuelve impersonal y pierde su razón de ser. En vez de ser manifestación de la per-sona imposibilita que ésta se conozca y se manifieste. Pensar por pensar (con referencia en exclusiva al ámbito de la razón) es trazar sendas en el mar.