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El lenguaje personal

De Seminario de Antropologia

Autor Juan Fernando Sellés
Curso y Apuntes sobre la antropología filosófica

La persona humana no se reduce a aquello corpóreo según lo cual ella dispone: su naturaleza. Tampoco a su esencia, a la que perfecciona o envilece durante esta vida. Uno dispone según el modo de ser de la inteligencia humana, de la voluntad, de los sentidos, de la corporeidad... Su naturaleza y esencia son aquello según lo cual cada persona dispone, pero no son lo que la persona es. No reducirse la persona a la naturaleza y esencia humanas es notar que la persona es más que ellas. A su vez, cada persona es más que aquello que ella alcanza a conocer de sí. Esto último es alcanzar su carácter de además , es decir, captar que su ser es desbordante, sobrante, inalcanzable con las propias armas cognoscitivas.

El lenguaje personal es el modo de abrirse de cada persona humana hacia su intimidad y hacia su transcendencia. Ese lenguaje no es convencional, porque ninguna persona es un invento cultural y ninguna es igual a otra y, por tanto, no posee un significado universal. El sentido de su "hablar" íntimo, de su remitencia, es único, irrepetible. Por ello, el intento de dar a entender la intimidad personal a través de lenguajes convencionales termina en el fracaso. Lo más seguro es que a uno no le entiendan o que le interpreten mal, maxime si en vez del lenguaje oral o escrito intenta usar para ese menester de otro que sea más plástico, como, por ejemplo, el de la pintura. Ello indica que la intimidad es superior en significado a lo que de ella es expresable por los lenguajes convencionales, culturales y naturales, y que el pudor respecto de su manifestación sea asunto ético.

El lenguaje natural es expresión de la naturaleza humana. Los convencionales son manifestación de la activación de persona a su esencia, porque sólo la persona es capaz de perfeccionar su esencia. El lenguaje convencional es muestra de la esencia perfeccionada o enviciada. Ninguno de los dos es el lenguaje personal. Si tenemos en cuenta la distinción real entre esencia y acto de ser y la referimos al hombre, el lenguaje convencional forma parte de la esencia humana, el personal, del acto de ser o de la persona humana. Como se habrá reparado, la clave de todo lenguaje estriba en la remitencia. El lenguaje en el orden personal también es remitente, aunque no sensiblemente remitente. En este caso es la persona la que remite . Decir que la persona humana no remite es decir que la persona carece de sentido, de referencia. Pero si carece de sentido, ¿cómo es que puede dotar de sentido a los demás lenguajes? Sería imposible. Por tanto, la persona humana es con sentido, y si es así, es remitente. Si es persona, es remitencia personal; lo cual indica que debe remitir a una persona distinta. En rigor, ¿a quién remite? Debemos indagar este extremo sólo si quedemos descubrir el sentido último de cada persona, su lenguaje personal.

Sostener que hay jerarquía entre los órdenes lingüísticos conlleva mantener que los inferiores están subordinados a los superiores y, a la par, que los inferiores son manifestación de los superiores. Si el sentido de los lenguajes culturales depende del habla humana que les confiere sentido, y si el sentido de los lenguajes convencionales depende del pensamiento humano que les confiere un sentido sobreañadido por convención, el sentido del pensamiento humano deberá ser conferido por alguna instancia superior a éste, capaz de dotar de sentido, verdad, al pensamiento. Esta instancia es cada persona humana. En el fondo, los diversos lenguajes convencionales son derivados del pensamiento, y éste del lenguaje personal. La lenguacidad de los diversos lenguajes depende, por tanto, del primer "lenguaje".

Lo que se pone de manifiesto al atender a cualquier signo lingüístico es también su carácter dual, reunitivo. Eso es así porque el hombre en su intimidad es dual, es coexistencia, y en lo que el hombre realiza se manifiesta tal como quien es. Si bien conocemos de modo fácil el sentido de los lenguajes convencionales, porque somos nosotros los que les dotamos de sentido, sin embargo, conocer el sentido del lenguaje personal sólo es posible teniendo en cuenta la referencia de la persona humana a su origen y a su fin. En efecto, en ese "lenguaje" es la misma persona la que es, por así decir, símbolo, metáfora, esto es, remitencia, apertura, libertad, sentido. Si bien el sentido del lenguaje convencional está en la mano de la persona humana, puesto que es una posesión suya, el sentido de la propia persona humana, de su nombre personal , no está en sus manos, porque ella no es un invento suyo ni depende de sí, sino de su Creador. En la medida en que cada hombre pierde ese sentido personal suyo despersonaliza los demás lenguajes inferiores.

Si descubrimos el sentido de cada lenguaje manifestativo al dar con la condición de posibilidad de cada uno de ellos, es decir, al descubrir esa instancia superior que posibilita a cada uno, a saber, el pensamiento, y si descubrimos el sentido del pensamiento humano al alcanzar a la persona humana, que es quien activa su pensar, para descifrar el "lenguaje" personal propio de cada persona requerimos de una instancia superior a la propia persona humana. ¿De quién depende el ser personal que cada persona es? Su ser depende de Aquel de quien se lo ha otorgado. Pero como el sentido personal humano está todavía en proyecto, su sentido depende no sólo de quien se lo otorga, sino de quien se lo otorgará. Si se prescinde de la referencia personal última, deja de tener sentido el lenguaje personal. Pero si éste se empobrece significativamente, ¿para qué dotar de sentido personal a lo inferior? Esto indica que cuando una persona se despersonaliza, inevitablemente despersonaliza su esencia, su naturaleza, la cultura y la esencia del mundo. Tal despersonalización acarrea, pues, una perdida inexorable de sentido en todas las facetas de lo humano y de lo real externo. Lo peor del caso es que quien pierde sentido personalmente no se da cuenta de su propia pérdida, porque se trata precisamente de pérdida de sentido, es decir, de carencia de conocer. A partir de ese momento ¿qué requiere para volver a darse cuenta de lo que ha perdido? Esta pregunta indica que el hombre es personalmente dual, es decir, que no es explicable aisladamente, no sólo en tiempos de sentido, sino también en los de ignorancia. De la ignorancia personal (perdida de luz en la intimidad) no se sale a menos que Dios nos ilumine nuestro acto de ser personal.

Así como lo pensado por la inteligencia es difícilmente expresable en lenguajes convencionales, así también el sentido del ser personal es difícilmente pensable por la razón y por los lenguajes de convención: “hay pensamientos del alma que no pueden traducirse al lenguaje de la tierra sin perder su sentido íntimo y celestial; son como esa "piedra blanca que será entregada al vencedor y sobre el cual está escrito un nombre que nadie conoce sino aquel que la recibe"” , nombre continúa diciendo el texto sagrado que sólo él (a quien le fuere entregado) conocerá. De modo que, según la Revelación, esperamos alcanzar en el Cielo el pleno sentido personal y, además, Dios seguirá respetando la intimidad personalísima de ese sentido. Si cada persona humana es distinta, es una referencia distinta a Dios, y de todas ellas se puede aprender .

Recuérdese que los medievales tendían a explicar cada realidad intramundana como un símbolo del Creador, y a cada persona humana como un símbolo personal del Dios personal. De acuerdo con lo dicho hasta aquí, esa parece ser una intuición correcta. Tal vez quepa añadir a ese planteamiento que todo símbolo es cosímbolo, porque todos, los naturales, culturales, humanos y personales forman un entramado (plexo, diría Heidegger). Sin dualidad un símbolo no es tal. Por tanto, así como lo intramundano es plural y debe ser explicado en su pluralidad, también lo cultural, lo humano y lo personal hay que explicarlo en vinculación. En este sentido se puede entender, por ejemplo, el canto del coro de los ángeles en el Cielo. Un objeto cultural no se explica aislado de los demás (ej. el martillo sin los clavos, los clavos sin la madera, etc.). Una palabra tampoco tiene sentido al margen de las demás que conforman un idioma (ej. navegar sin barco, marino, mar, etc.). Una persona humana carece de sentido aislada de las demás personas (ej. un hijo del padre y la madre, etc.). Pero el sentido último de cada persona humana no está en las demás humanas, sino en su origen y fin. Todas ellas son inexplicables sin su Creador, pues ninguna es pura remitencia respecto de otra; sólo lo son respecto de Dios. Parece, pues, claro que ninguna persona puede ser “igual” a otra (ni las humanas, ni las divinas, ni ninguna), porque de ser así ninguna remitiría a otra. En efecto, la igualdad no es remitente ni a una realidad distinta ni siquiera a sí misma.



Si las personas son distintas, y la distinción real es siempre jerárquica, cabe preguntar si son ¿jerárquicamente distintas? La respuesta es doble: las Personas divinas, desde luego, son las más distintas posibles entre sí, pero no jerárquicamente distintas, según sabemos por Revelación. Las humanas, en cambio, puede ser que sí, pues entre ellas deben ser jerárquicamente distintas en la medida de su cercanía personal a Dios, es decir, de su respuesta personal al ser que Dios ha previsto para cada una. Si unas personas humanas remiten más a Dios que otras (son más símbolo de él), unas serán superiores a las otras. En suma, este Tema nos permite describir al hombre como "ser lingüístico"; por encima de ello, como "ser pensante"; y superior aún, como "referencia personal a Dios"; más cuanto más distinto de Dios sea realmente.

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