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El mal como privación de bien y como falseamiento interior
De Seminario de Antropologia
| Autor Juan Fernando Sellés Curso y Apuntes sobre la antropología filosófica |
El bien y el ser coinciden en lo real, decían los medievales . En la filosofía medieval si el mal se refería lo externo, se hablaba simplemente de carencia, privación de bien. Si se refería al hombre, los moralistas distinguían entre dos tipos de mal:
- a) el físico, esto es, una privación corpórea de algo debido a la naturaleza humana (ej. la sordera, la cojera, etc.), y
- b) el moral, que afecta a lo espiritual del hombre, y que puede presentar dos modalidades:
-1) la omisión de alguna acción debida a la naturaleza humana; y
-2) la comisión de acciones inapropiadas a lo que cabe esperar en el comportamiento humano, y por ello, carentes de sentido humano. Los primeros males, las omisiones, se calificaban, según algunos autores, de más graves, tal vez por aquello de que la pereza es la madre de todos los vicios (y muchos la respetan como a la madre…). En efecto, seguramente las omisiones son más graves porque conllevan menos realidad que las comisiones. El mal moral lesiona más que el físico porque hiere por dentro. Además, es también más doloroso; y -como se verá- lo es tanto para el que lo comete como para el que lo padece, pues es propio de la naturaleza humana, por ejemplo, dolerse más del desprecio y de la ingratitud de las demás personas que del daño físico que podemos recibir de ellas.
A pesar de ser verdad lo que precede, sin embargo, el mal en el hombre es algo mucho más profundo y serio de lo que parece a primera vista. Si el mal está en la parte corpórea de la naturaleza humana hablamos usualmente de dolor. El peor de ellos es la muerte. Por otra parte, si el mal, dolor o carencia de realidad en el hombre afecta a las facultades inmateriales, entonces podemos hablar de false-dad. En efecto, el mal en esa parte se puede entender como el falseamiento de las dos potencias superiores: la inteligencia y la voluntad.
En la primera tal falseamiento se suele llamar ignorancia, un mal agudo y abarcante; también se habla de error, oscurecimiento, de cortedad de miras, etc. En la segunda, en la voluntad, el falseamiento de la verdad de la voluntad adviene con lo que tropicalmente se denomina flojera, cuando no se quiere lo que se debe querer. La voluntad también tiene su verdad, que responde la índole natural de esta potencia. Si se va contra ese modo de ser y contra su fin propio, aparece el falseamiento de esta facultad. Ambos falseamientos, el de la inteligencia y el de la voluntad, no son innatos, sino adquiridos libremente. Con ellos tales potencias entran en una lamentable pérdida, en una privación de su capacidad; en una pérdida de su sentido, pues se imposibilitan a cumplir el cometido para el que están naturalmente diseñadas.
Por otra parte, todavía cabe en el hombre un mal peor que los que afectan a sus potencias más altas: aquél que se inserta en el mismo corazón humano, es decir, el que inhiere en la persona. Y ese es el mal radical humano: el personal. Consiste en no aceptarse como la persona que se es y que se está llamada a ser, y consecuentemente, en no responder a tal proyecto. Este mal no se hereda, sino que surge libremente del ser personal. Este defecto se compagina muy bien con no aceptar a los demás y no responder personalmente a su aceptación. En efecto, ese mal es correlativo de no aceptar a los demás como quienes son. Uno no es un invento suyo y, en consecuencia, no debe creer que es como a uno le venga en gana ser, ni tampoco debe destinarse a ser aquello que le apetezca. Debe, por tanto, descubrir quién es, y para qué (quién) es. En caso contrario, la persona pierde sentido personal, y de empeñarse tercamente en esa actitud, acaba al final despersonalizándose, es decir, agostando definitivamente su sentido personal, puesto que libremente no quiere asumir quien es.
Tanto en las facultades superiores (inteligencia y voluntad) como en la persona, el mal libremente aceptado no es nativo, sino que hay que provocarlo, y al llevarlo a cabo se le abre la puerta. La raíz de todo mal humano es el personal. Si el mal no estuviese antes en la intimidad humana, no podría manifestarse luego en la inteligencia y en la voluntad, y a través de ellas en el resto de las potencias, funciones y acciones humanas. Seguramente eso lo notó Nietzsche cuando declaró que uno no puede despreciar a nadie a menos que uno se acepte a sí mismo como quien desprecia. En efecto, para despreciar, uno tiene que emplear su inteligencia, pues debe criticar, juzgar negativamente, y debe emplear asimismo su voluntad, pues rechaza el bien real ajeno. Eso no lo podría llevar a cabo si uno no dirigiera a esos extremos sus potencias. Si las encauza por esos derroteros, es porque uno libremente quiere; es decir, uno no sólo se pone personalmente al margen del despreciado, sino en contra de él. Ello indica que se separa artificialmente de los de-más, que asume la soledad. En consecuencia, angosta su ser co-existencial. Otras cuestiones ahora pertinentes se pueden formular como sigue:
- ¿cómo se forja el mal en las potencias superiores de la naturaleza humana?,
- ¿cómo se admite en la persona, es decir, cómo darle cabida en la intimidad humana?
El mal de la inteligencia se adquiere juzgando de modo contrario a como son en la realidad las cosas que esta potencia conoce y puede conocer. El mal de la voluntad se adquiere no queriendo que tal o cual bien real que existe sea tal como es, de tal o cual grado, sino de otra manera, mayor o menor bien, es decir, deseando inventar otro orden de jerarquía en los bienes reales. Pero no; los bienes reales están jerárquica y armónicamente ordenados según una escala hegemónica, siendo así que la distinción entre ellos consiste en que unos son superiores a los otros y, en consecuencia, los inferiores se deben supeditar a los superiores, no a la inversa. Relegar esa escala real a una cuestión de gustos, caprichos o manías, acarrea el falseamiento de la voluntad. En esa tesitura quien pierde es el que comete estos atropellos, porque al falsear su voluntad (al igual que al admitir la falsedad en su inteligencia) el mal queda en su facultad, y eso es un más grave que el que se provoca externamente con unas acciones carentes de sentido cometidas sobre diversas realidades.
En el fondo, los precedentes “inventos” buscan un orden de realidad distinto al existente en el mundo y en la naturaleza humana. Pero como quién ha establecido este orden no es el hombre, mirados a fondo esos males suponen una pérdida del sentido cósmico y una deshumanización. Si se admite que tales órdenes de-penden de Dios, intentar conculcarlos es decirle implícitamente a Dios que la realidad por él creada y su orden no son buenos; que no nos gusta en absoluto que lo creado dependa de Dios en vez de depender de nosotros. En rigor, es la osadía de decirle a Dios que ha creado mal o deficitariamente, y que, en consecuencia, que es un “dios” torpe; y es la temeridad de creer que nosotros somos capaces de inventar otros órdenes de dependencia (en el fondo, de independencia) que se presumen mejores según el propio criterio . Por eso Tomás de Aquino indica que ese defecto en los primeros que lo cometieron fue un pecado de ciencia , en el sentido que éstos trastocaron su modo natural de conocer el mundo. Por su parte, Polo añade que no sólo se trata de un falseamiento de la inteligencia, sino también de la voluntad . Pero a ello hay que añadir que no hay mal que afecte a las potencias de la esencia humana si ese mal no radica previamente en el acto de ser personal.
En rigor, la tesis que se defiende es ésta: el mal no lo puede conocer el hombre. Es un misterio (mysterium iniquitatis, el misterio de la iniquidad, lo llama la doctrina católica), porque es sencillamente ausencia de conocer, ignorancia en la inteligencia, y por encima de ella, ignorancia en el saber personal. Se trata como mínimo -diría un clásico- de una ausencia de sabiduría, aunque parece incluso más: ausencia de ser cognoscente, es decir, de ser personal, porque si no soy yo el que conozco, no soy responsable, no soy persona. La persona es (como veremos en el Tema 12) un conocer personal. Ignorancia en ese nivel es -como se ha adelantado- renunciar a ser la persona que se es y se será.
De lo que precede se advierte que la persona humana que uno es sólo se co-noce de modo pleno en co-existencia con Dios, porque como persona nadie es un producto de sus manos, ni de sus padres, ni de la sociedad, etc. No verse a sí mismo en correlación personal con Dios es admitir la ignorancia en la intimidad . Esa ignorancia de Dios lleva a considerarse cada quien como un fundamento independiente y aislado, lo cual resquebraja a su vez la co-existencia con las demás personas. Clásicamente esa actitud se describe como soberbia (a los de Bilbao se les puede permitir cierta dosis de "sana" soberbia...). Chistes al margen, quien cae en ese lazo cede a la sugestión, concluye la Sagrada Escritura, del “seréis como dioses” , sentencia que no sólo falsea la índole personal humana, sino también la divina, porque Dios no es "unipersonal", sino familia.


