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El sentido de la vida

De Seminario de Antropologia

Autor Juan Fernando Sellés
Curso y Apuntes sobre la antropología filosófica


Aunque se espera que se entienda mejor más adelante, en una somera respuesta se puede decir que el sentido de la vida natural recibida lo vamos descu-briendo progresivamente, porque esa realidad está en nuestras manos, a nuestra disposición. Así, descubrimos el sentido de nuestro cuerpo, el de las funciones y facultades corpóreas, etc., aunque también es verdad que el sentido corporal com-pleto no lo alcanzamos nunca y, además, hay asuntos que afectan notablemente a ese tipo de vida que parecen no tener sentido, o por lo menos, en los que es muy difícil descubrirlo: la enfermedad, el dolor, la muerte. Por su parte, el sentido de la vida añadida se lo damos enteramente nosotros, cada uno, a nuestras facultades, especialmente a las superiores (inteligencia y voluntad), y a través de ellas, al resto de nuestra naturaleza humana. Así, uno dota de ciertos conocimientos a su inteligencia restándole otros, y dota de ciertos quereres a su voluntad quitándole otros; a su vez, dota de ciertos desarrollos a sus sentidos, apetitos, a su comporta-miento, a su corporeidad, etc.

El sentido de la vida personal es más difícil de alcanzar que los precedentes, porque nuestro ser ni está a nuestra disposición (como lo corporal), ni su sentido se lo otorgamos nosotros (como a nuestras facultades superiores e inferiores), sino que nos viene ofrecido como proyecto, es decir, otorgado, aunque abierto a ser lo que todavía no ha llegado a ser. La clave de este último sentido, que es el que más importa (y del que dependen los demás), es saber si lo alcanzaremos definitiva-mente en la vida futura, ya que aquí nunca lo alcanzamos enteramente. Si no se alcanzara, bien porque no existiera una vida futura, bien porque, en caso de exis-tir, no lográsemos alcanzarla, nuestra vida presente sería carente de sentido com-pleto. Ahora bien, si ese sentido completo se puede lograr, es claro que no parece estar enteramente en nuestras manos conseguirlo. Por tanto, ¿no será sensato pedir ayuda a quien lo pueda otorgar?, ¿y ese quién no será acaso Dios? Según esto, si queremos saber nuestra verdad completa, aceptaremos libre y definitivamente que Dios nos ilumine de modo colmado. Evidentemente, nadie está obligado necesa-riamente a pedir tal ayuda, puesto que este es un asunto libre; más aún, es esa única realidad respecto de la cual podemos emplear enteramente nuestra libertad.

Es evidente que el tiempo afecta a la corporeidad humana, pues desgasta nuestro organismo, nuestras fuerzas y, además, lo destruye con la muerte. No obs-tante, la corporal no es la única manera de crecer para el hombre, y tampoco la más elevada. De modo que si se crece "por dentro", es decir, en humanidad, el hombre saca provecho del tiempo de su vida. En caso contrario, se le escapa el tiempo irreversiblemente como el agua entre las manos. Además, ¿es que el hom-bre solamente puede "crecer" en humanidad, es decir, en aquello que es común al genero humano? Se ha indicado que por encima de lo humano de los hombres, que forma parte de aquello de que se dispone, existe la persona humana. ¿Acaso se puede "crecer" como persona?, ¿por casualidad eso está en nuestras manos? Si la persona humana puede "crecer" como tal, pues es crecimiento, pero por encima de ese crecimiento está la elevación divina. La persona humana es perfecta de entrada. Si no lo fuera, de esa deficiencia habría que culparle al Creador. Pero Dios no crea a las personas de tal modo que no las pueda elevar, dotarlas de ma-yor perfección. Entonces, ¿de qué "crecimiento" se puede tratar? A nivel de la persona humana, más que de "crecimiento" hay que hablar -como se ha indicado- de "elevación". De ese modo, sin dejar de ser quién se es como tal o cuál persona (esto es, sin perder el ser novedoso e irrepetible), al ser elevado progresivamente uno va adquiriendo el nuevo modo de ser peculiar que estaba llamado a ser.

¿Quién eleva la vida íntima de cada persona humana?, ¿los demás, la sociedad, el universo, los amigos, la familia? No parece, pues todos esas realidades pueden ayudar a perfeccionar, o también a entorpecer, diversas facetas de la vida natural recibida humana, es decir, de la naturaleza humana, pero no perfeccionan o entorpecen directamente a la vida añadida, ni tampoco a la vida personal como tal. Es cada persona humana, en último término, la responsable de la perfección de su vida añadida o, por el contrario, también de su envilecimiento. Y lo es asi-mismo de la aceptación libre de la elevación, o por el contrario, del rechazo no sólo de la elevación, sino también de la propia aceptación como tal persona, lo cual conlleva el oscurecimiento o pérdida paulatina del sentido personal . Ser responsable de aceptar la elevación, no quiere decir que la elevación sea algo que se otorgue uno a sí mismo, porque esa tarea le trasciende por completo a la perso-na humana, pues es claro que uno no es superior a sí mismo. Por tanto, ¿de quién dependerá la elevación de tal persona como persona?, ¿tal vez los demás son su-periores a uno como tal persona? Tampoco parece una respuesta adecuada. La naturaleza humana sólo se perfecciona si la persona humana, que es su-perior a ésta, desea y trabaja en esa dirección. La persona sólo puede incrementar lo inferior a ella. Respecto de sí misma, en cambio, lo que se puede hacer es acep-tar libremente nuevos dones, aunque también, y lamentablemente, rechazarlos. Si la perfección de la naturaleza y esencia humanas depende en último término de cada persona humana ¿de quién depende la elevación de tal persona como perso-na? Es obvio que ese encumbramiento no depende de tal persona ni de los demás hombres, porque nadie es un invento suyo ni de los demás. Eso -como veremos en su momento- sólo lo puede otorgar Dios, si libremente aceptamos ese don. Dios llama a cada quien a sí, y eso es una llamada a la elevación, a la diviniza-ción, a vivir la vida divina en la medida que Dios nos la ofrece y en la medida de nuestra libre aceptación.

Sin embargo, mientras se vive, el hombre todavía no ha llegado a ser quién está llamado a ser. Ese llamamiento apunta al fin o norte de la vida. Por eso, el completo sentido de la vida sólo se adquiere más allá de la presente vida. Pero se cobra sólo si la vida, tanto la natural como la esencial y personal, se han encau-zado en orden a aquél fin. Si mientras transcurre la vida, ésta camina en esa direc-ción, el sentido la acompaña. En caso contrario, si bien podemos dotar en parte de sentido a nuestra naturaleza y al desarrollo de la misma, con todo, nos alejamos del sentido personal.

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