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El trabajo como don. El descanso
De Seminario de Antropologia
| Autor Juan Fernando Sellés Curso y Apuntes sobre la antropología filosófica |
Nos mejoramos en humanidad con hábitos y virtudes. Los hábitos son de la inteligencia; las virtudes, de la voluntad. Mediante estas perfecciones el hombre dispone mucho mejor de esas dos potencias que antes de su adquisición y lo lleva a cabo según el modo de ser de ellas. Además, por medio de ellas puede disponer mucho mejor de su cuerpo, también según el modo de ser de éste. Ese disponer es una nota distintiva de la esencia humana, no de la persona. La esencia humana es posesiva. La persona no posee sino que es. La persona es indisponible. La esencia es el disponer. El trabajo depende de la esencia humana. Trabajar es dar en la medida en que uno dispone. Si no perfeccionáramos nuestra esencia (vida añadida), nuestra naturaleza corpórea (vida recibida) no sería capaz de trabajar. Naturalezaesenciapersona. Lo inferior está en función de lo superior. El trabajo se incluye en la naturaleza humana, está en función de la mejora de la esencia humana, y ésta en orden a la persona. No se debe trabajar por trabajar, sino para ser mejor humanamente. Y mejoramos en humanidad, personalizamos nuestra esencia, para que la persona que somos no choque con inconvenientes para manifestarse en nuestra esencia.
El estudio favorece los hábitos de la inteligencia, que son diversos, puesto que las parcelas de la realidad a conocer también lo son. Los hábitos son más o menos altos en la medida de los temas que se conozcan, es decir, son jerárquicos. La voluntad mejora a través del trabajo, pues merced a él adquiere virtudes referentes a uno mismo y también a los demás, esto es, virtudes sociales. Estudio y trabajo son, pues, dos realidades humanas de las cuales el hombre no debe prescindir, porque sin ellas se deshumaniza, ya que sin ellas no llega a disponer. Lo más alto de lo que se adquiere son los hábitos de la inteligencia y las virtudes de la voluntad. De ahí que el estudio amoroso de la verdad, y el trabajo constante, en el que intervienen la inteligencia como la voluntad, sean para el hombre sumamente convenientes. Daremos sólo lo que sepamos, y lo daremos según el querer con que apreciemos las realidades conocidas. Si el mejoramiento humano corre parejo a la formación de la inteligencia y de la voluntad, y ello se apoya en buena medida en el estudio y en el trabajo, que ocupan buena parte del tiempo de vigilia de nuestra jornada, requerimos estudiar y trabajar siempre, es decir, con continuidad. Tras la adquisición del saber hay que trasmitirlo, y lograrlo de modo que sean asequibles a los demás, en breve tiempo, aquellos descubrimientos nuestros que nos hayan llevado gran número de horas de investigación o de saber acumulado tras darles vueltas a las experiencias de nuestra vida. El que sabe no se cansa de aprender; tampoco de dar, pero no trivializa lo dado, porque el don es aquello en que se ha empleado una persona y aquello que va destinado a personas. Por eso la despersonalización del trabajo es deplorable.
Un trabajo es personal cuando, al decir de Pérez López, obedece no sólo a una motivación extrínseca (remuneración salarial, por ejemplo), sino también a una motivación intrínseca (perfeccionar propia) y, fundamentalmente, a otra motivación trascendente (realizarlo por los demás, especialmente por Dios) . Más aun, cabe sostener que, puesto que se trata de diversos niveles de motivación, los inferiores deben subordinarse a los superiores. Sólo concebido el trabajo como un don, como una ofrenda de sí a las demás personas, el trabajo adquiere su sentido personal. Como dar es correlativo de aceptar, el trabajo es personal si se acepta no sólo la materialidad del trabajo ofrecido, sino también al oferente. De modo que un trabajo es más personalizado en la medida en que se encomienda personalmente a una persona y se acepta personalmente de tal persona.
Sin trabajo el hombre no se consigue nada que valga la pena, ni siquiera el descanso. El descanso no se puede explicar sin el trabajo porque es dual con él. El descanso no parece menos importante que el trabajo. Ahora bien, si es distinto, habrá que preguntar si es inferior o superior al trabajo. Aristóteles no lo duda: "no nos consagramos a una vida activa sino en vistas a tener ocio" . Para el Estagirita el descanso es el fin, el para del trabajo. Debemos dilucidar si existen diversos niveles de descanso. Es manifiesto que descansar es una necesidad de la naturaleza humana. De omitirlo se puede llegar al agotamiento físico, o a algo todavía peor, a la ruina psíquica. Que el descanso se predique de la naturaleza humana en su parte corpórea es, pues, obvio. Con todo, si se observa atentamente este tema se nota que el descanso en el hombre tiene un significado sobreañadido a las necesidades fisiológicas. El descanso es propio de la naturaleza humana, pero ¿es también propio de su esencia? El descanso humano es radicalmente distinto al del animal. Para el hombre el descansar no tiene como fin exclusivo reponer las fuerzas, porque no es sólo físico, corpóreo, sino que implica también a lo que llamamos alma, por eso el fin del descanso es humanizarse más.
Pero pensemos un poco más a “lo grande” y preguntémonos si el descanso es algo que sólo radica en la naturaleza y esencia humanas, o es también una realidad intrínseca a la persona. Se trata de saber si el descanso es algo de lo que el hombre dispone o algo del ser del hombre. Hay muchos modos de descasar y cada uno debe descubrir lo que más le descansa. No obstante no todas las formas de descansar son “iguales” ni están al mismo nivel. Unas descansan la naturaleza humana, otras la esencia, otras el acto de ser personal. Cansan a la naturaleza humana, físicamente la fatiga, el dolor, etc., psíquicamente la depresión, el desaliento, el aburrimiento, etc. Cansan a la esencia varias cosas: a la inteligencia la ignorancia, a la voluntad los vicios; y por encima de ellas el apego al propio yo. El yo no es la persona que somos, sino el ápice de nuestra esencia. Si una persona se atiene a él, éste se vuelve el peor y más cansino lastre a nivel de la esencia humana, un inquilino molesto que nos acompaña a todas horas y que nos puede cargar hasta abrumarnos.
El acto de ser del hombre es persona, y el ser personal no está hecho para cansarse, pero si abdica de sí aparece un cansancio muy agudo. Lo que más cansa al ser personal humano es su progresiva pérdida, que se manifiesta en forma de tristeza. La persona que acepta su ser no necesita descansar porque es descanso. Descanso a ese nivel es paz. Paz, que es íntima e incomprensible sin trato con Dios. Si la persona humana no está diseñada para cansarse, y es claro que algunos no se cansan de ser personas, ¿por qué la naturaleza humana no sólo se cansa sino que además muere? Porque no ésta suficientemente unida a la persona humana. ¿No sería más lógico que lo estuviera? Sin duda alguna. Entonces, ¿por qué no lo está? Porque su unión con ella está herida. ¿Por qué se ha producido tal herida? Por ninguna razón, sino precisamente por falta de ella. En rigor, todo descanso adquiere un sentido distinto en cada quién según cómo éste se sepa o no, más o menos, la persona que es. Ahora volvamos a la pregunta inicial de este epígrafe: ¿es el trabajo para el descanso o a la inversa? A tenor de lo expuesto, si la persona no está proyectada para cansarse, y los cansancios (tanto del ser personal como de su esencia y de su naturaleza) son carencias, consecuencias del trabajo o de la falta de éste, parece ser que el trabajo es para el descanso, aunque bien mirado, si el trabajo se pudiera personalizar enteramente, no tendría por qué fatigar.


