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El uso del lenguaje y la comunicación
De Seminario de Antropologia
| Autor Juan Fernando Sellés Curso y Apuntes sobre la antropología filosófica |
Se pueden tratar bien a las personas si se conocen bien. La primera manifestación de trato es hablar, usar del lenguaje. Con todo, hay modos y modos de hablar, y aún otros de gritar. En todos ellos si el lenguaje empleado no une, mejor dejar de hablar. En el trato ordinario se emplea el lenguaje convencional. ¿Se debe usar el lenguaje convencional de cualquier manera? No, sino que el lenguaje hay que emplearlo según virtud: la veracidad. Lo contrario es destruir el lenguaje y, al hacerlo se están destruyendo las relaciones sociales humanas, propias de la esencia del hombre. De ese modo se acaba por no fiarse nadie de nadie, y el trabajo en común no rinde su eficacia. Como se recordará, Sócrates, en su pugna con los sofistas, intentaba el engarce entre el lenguaje convencional y la verdad. ¿Para qué tanto hablar –diría– si la falsedad acompaña a las palabras? La mentira es la carcoma del lenguaje. Parásitos anejos a esta epidemia son la ambigüedad, la doblez, el disimulo, la jactancia, la ironía burlona, es decir, el reír contra, la astucia, el fraude, etc., lacras todas ellas que fomentan la disolución de las virtudes sociales y, consecuentemente, de la sociedad.
Una mentira absoluta sería la destrucción total del lenguaje. No sólo del lenguaje, sino del orden social entero. En efecto, dado que el lenguaje es la primera actividad práctica del hombre y punto de engarce de todas las demás, pues sin ella no es posible el trabajo, si se miente con el lenguaje se miente con las acciones y el bien común no comparece. La primera mentira humana es no hablar, en especial, si de lenguaje personal se trata. También a nivel convencional esa es primera, pues el hombre por naturaleza está hecho para trabajar, y no cabe trabajo sin lenguaje. Debe hablar, está llamado a dar de sí, a manifestar, y a darse a los demás, siempre que lo que hable esté transido de sentido personal y no sea pura charlatanería. La primera mentira práctica, es decir, manifestativa, estriba en emplear el lenguaje sin veracidad. La mentira en el trabajo, mentira también práctica deriva de la lingüística, y admite varias modalidades: una, no trabajar, que es la mentira ontológica humana, pues el hombre está hecho para ello. Otra, en trabajar mal, es decir, el amplio asunto de la chapuza.
El lenguaje convencional es el vínculo de interrelación entre los que hablan y los que escuchan. Si, según Aristóteles, la música es para quien la escucha, también el hablar es para quien presta atención. En efecto, se aprende mucho más escuchando que hablando. Al oír, según Tomás de Aquino, hay que prestar más atención a lo que se dice, que a quién lo dice. Sin embargo, ambos asuntos, no son incompatibles. Es más, a través de lo dicho debemos intentar descubrir el modo de ser de quien habla, pues éste es superior al lenguaje que él emplea, y eso es aprender más. Pero se puede no querer escuchar y también mentir. Si en una sociedad se miente, el diálogo no es interpersonal. En ese caso la comunicación humana se convierte en un asunto intraespecífico, es decir, propio de la especie, pero no propio de las personas. Ahora bien, como es la persona humana la que es capaz de dotar de perfección a lo que no la tiene, porque su riqueza personal es inagotable, en tal diálogo no se produce un mutuo y personal enriquecimiento. También la mentira laboral (la ausencia de trabajo, la pifia o chambonada, etc.), destruye la relación interpersonal.
Hay que rechazar con fortaleza las mentiras, grandes y pequeñas (¿en virtud de qué son pequeñas si son mentira?) Hay que estudiar y formarse para evitar el confusionismo. Hay que difundir la verdad en privado y en público, a tiempo y destiempo, pero con amabilidad. Por eso, “el derecho a la comunicación de la verdad no es incondicional” . No se debe declarar cuando lesiona verdades personales, que son superiores a la verdad que se proclama, y no conviene proferirla si no va acompañada de afabilidad, porque entonces enemistamos a las personas con la verdad. Comunicar en primer lugar es aceptar, y correlativamente, dar. El hombre se puede comunicar porque es un ser aceptante y oferente. El modo humano de aceptar y dar en la comunicación es libre, según el conocer y según el amor. En efecto, “si la comunicación no es una continuación del ser personal, si no tiene carácter donal, entonces, la comunicación es pura información... (la comunicación) es tan importante que sin comunicación no hay sociedad” . Ahora bien, lo que se comunica debe ser acorde con la esencia humana. Será acorde si facilita su crecimiento. Eso es lo bueno, es decir, lo ético. Por eso la ética es la clave de la sociedad. La comunicación vincula la sociedad, porque la persona humana en su intimidad es vinculada según aceptación y donación, acogida y ofrecimiento.


