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Familia y sociedad
De Seminario de Antropologia
| Autor Juan Fernando Sellés Curso y Apuntes sobre la antropología filosófica |
Lo social no es fruto de “pacto” artificial ninguno, sino de manifestar a través de la naturaleza y esencia humanas la índole coexistencial que cada persona es. La sociedad es previa a cualquier acción práctica humana. Por eso no puede ser fruto de una acción contractual. También por ello, la ética no es ningún invento social, porque es previa y condición de posibilidad de todo invento. Cuando éste aparece, ya es mejor o peor, es decir, encauza más o menos el ser de la persona humana en las manifestaciones externas, y eso, evidentemente, es ético.
Una buena manifestación del ser abierto de la persona humana lo encontramos en la familia humana. El vínculo de una familia es (como veíamos en el Capítulo 7), el amor personal. Como vimos, y como se verá más detenidamente más adelante, son características nucleares del amor estas tres facetas: dar, aceptar y don. Ninguna de ellas cabe sin las demás. Un dar personal, un darse, no es comprensible sin un aceptar personal, sin alguien que acepte como quien es a la persona que se ofrece. A su vez, quien acepta personalmente a una persona se da a esa persona como quien es. La persona es dar y aceptar. Con todo, una donación y una aceptación personales son incomprensibles sin un don. Quien no da nada, nada ama. Lo más grande que se puede dar es una nueva persona. Como también se vio, de eso el hombre no es capaz sin el concurso divino. Lo segundo en grandeza que el hombre puede ofrecer por los demás, y de esto sí que es capaz, es la propia vida. Como también se dijo, el don por antonomasia que excede el mutuo dar y aceptar personales paternos es la persona del hijo. Los padres se dan y se aceptan en función de aceptar la persona del hijo que Dios les ofrezca. El fin del matrimonio es la familia. Por su parte la familia no tiene ningún fin fuera de sí. Ello indica que ningún bien es superior a la familia. ¿Acaso la persona no es superior a la familia? Ninguna persona es superior a la familia, sencillamente porque toda persona es familia, y al margen de ella ni es ni se comprende. A su vez, ninguna familia es superior a la persona, porque no cabe familia sin persona.
Por otro lado, a familia es el fundamento de la sociedad. La sociedad es la relación activa, comunicativa, entre las personas . La familia es el origen de la sociedad, pues la procreación protagoniza no sólo el incremento familiar sino también el social. Suele decirse que la familia es la "célula básica de la sociedad". “Fundamento”, “célula”, etc., son, no obstante, términos que indican cierta necesidad. Pero la familia, y correlativamente la sociedad, no se entienden según los esquemas de la necesidad, sino como se adelantó de la libertad. Uno, como persona, es familia libremente, no necesariamente, porque la persona es libre, no necesitante. Por su parte, a nivel de naturaleza humana se necesita de familia, es decir, se ve a ese nivel que la familia es necesaria para el desarrollo de ella (afectos, sentidos internos, inteligencia, voluntad...). Pero por encima de esa necesidad biopsíquica la convivencia familiar tiene más parámetros libres que necesitantes. A su vez, la sociedad parece un requisito necesario para satisfacer las necesidades básicas (alimentación, abrigo, vivienda, medicamentos, etc...), pero, en rigor, tiene más elementos libres que necesarios (variedad culinaria, de ropas, casas, medicinas...). Ahora bien, la libertad es mejor que la necesidad. Se puede intentar conformar una sociedad basada en la satisfacción de las necesidades básicas para la subsistencia, aunque es evidente que una sociedad de vínculos libres, que no se limite a cubrir las necesidades mínimas, es superior, por más vivible, amable, humana. La persona es libre y la sociedad también lo es, porque es una manifestación externa de la intimidad personal. Se trata, sin embargo, de dos órdenes de libertad distintos, con vínculos libres asimismo distintos. El vínculo de unión natural en la familia es el amor personal aceptado y dado gratuitamente. No obstante, éste no vincula a la sociedad civil. En la familia se quiere, se valora, se ama, a cada quién por ser quien es, por su ser; no por su fama, por lo que tiene, hace, por cómo es, etc., asunto que valora la sociedad. También la ayuda mutua en rigor, educación en la familia es más profunda que la solidaridad social. A esta última, tanto a la aportación responsable de cada uno a la sociedad, como a la oposición legítima en pro del bien común, le falta el amor a cada quién por ser quién es.
En la familia la amistad relega a segundo plano la justicia, base de lo social. La clave de la justicia está más en el dar, es decir, en los actos de la voluntad, que en lo dado, las cosas dadas. Con todo, la amistad es más que la mera justicia. La amistad vincula la familia, no la justicia. La justicia se suele describir como “dar a cada uno lo suyo”, no como aceptarse y como darse. El “se” implica a la persona más que a sus acciones y obras. Si de ello se trata: amor personal y, consecuentemente, familia. Por eso, reseñaba la filosofía medieval que la culminación de la justicia es la caridad. De otro modo: la sociedad es para la familia, no a la inversa. En la familia no se trata sólo de “dar a cada uno lo suyo”, sino de aceptarse y darse enteramente, de aceptar y dar a una persona distinta según su ser entero. Eso es amor, y la familia humana es el primer lugar natural en el que ese ser amante de la persona humana se manifiesta. En la medida en que el hombre es familiar es social, pues la base de la sociedad es la familia. Por eso, el que no es fiel a su familia no puede ser fiel a la sociedad, porque la primera fidelidad es la base de la segunda. Cualquier agresión a la sociedad ha pasado antes por un ataque familiar. Por último, si la familia es base de la sociedad, también lo es respecto del Estado.


