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Integridad
De Seminario de Antropologia
| Autor Juan Fernando Sellés Curso y Apuntes sobre la antropología filosófica |
Ser realista en ética es tener en cuenta los tres pilares de la ética y aunarlos. Unirlos no implica homogeneizarlos, sino compararlos y notar que uno posee primacía sobre otro. La clave del arco de la ética es la virtud . En efecto, si no se mejora en la esencia humana al actuar, el actuar para conseguir asuntos externos es muy pobre. En efecto, si se compara con la mayor ganancia, la interior, que podemos sacar de la actuación, los bienes externos son "habas contadas" que, además, dejaremos sin remedio al final de la vida. Por otra parte, las virtudes son superiores a las normas porque son más estables y porque la persona las asume más. Añádase que la virtud, que es el perfeccionamiento de la voluntad, no se da, sin la prudencia, que es la luz de la razón que dicta normas. Por eso los medievales llamaban a esta perfección racional genitrix virtutum, madre de las virtudes . La virtud tampoco se da sin la realidad extramental, los bienes, que son la causa de que las normas sean certeras y de que las virtudes sean pujantes.
¿Por qué la ética debe vincularse a los bienes? Porque de lo contrario, no aparece la felicidad. La felicidad plena sólo puede entrar en escena cuando se goce el mayor bien. Éste debe ser eterno e incorruptible, infinito, porque es el único que puede saturar a una potencia espiritual como la voluntad humana; en rigor, sólo Dios. Sin bien real tan alto la felicidad humana sería puro postulado, y la ética un sin sentido, o un montaje más o menos teatral. ¿Por qué aparecen en ética las normas (leyes o llamadas de atención de la razón) y las virtudes? Porque el bien más alto, la felicidad, Dios, no lo poseemos en esta vida, y debemos conducirnos en ella de tal modo que lo alcancemos. Sin conocer el camino que a él conduce, sin la luz de la sindéresis (primera norma o regla de moralidad), y sin normas morales, es decir, sin la luz de la conciencia (norma segunda o próxima de moralidad que dictamina entre los medios) el acceso a él es imposible. A la par, sin virtudes que perfeccionen a la voluntad, que la refuercen en su tendencia dirigida a la caza de ese fin último, éste sería inalcanzable.
¿Por qué la ética sólo tiene estas tres bases y no más? Porque todo lo que existe es bien (bien y ser “sunt idem in re” se decía en el medievo), y porque las dos únicas vías humanas de acceso a todos los bienes al bien sin restricción son la inteligencia (normas) y la voluntad (virtudes). Existe el bien absoluto real apropiado a la felicidad humana, y nuestro modo de relacionarnos con los bienes mediales que a él conducen únicamente es posible mediante el conocimiento y la voluntad. Estas son las dos únicas ventanas de la naturaleza humana abiertas al bien irrestricto susceptibles de crecimiento. Por la primera, porque por la razón lo conocemos, y al conocerlo surgen las normas; y a través de la voluntad, porque por ésta lo queremos, y al hacerlo se fraguan es ésta las virtudes. Dado que no tenemos más potencias humanas por las que podemos manifestar nuestra apertura irrestricta al bien, no hay más posibilidades de fundar la ética. En efecto, los sentidos, apetitos, sentimientos sensibles, etc., sólo tienen que ver con unos bienes muy reducidos, pero no con la totalidad de ellos, y por supuesto, no con el bien último. El bien atrae, provoca la apertura del ser personal, y las normas y las virtudes potencian la apertura de nuestra esencia.


