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La antropología en la Baja Edad Media, en el Humanismo y en el Renacimiento

De Seminario de Antropologia

Autor Juan Fernando Sellés
Curso y Apuntes sobre la antropología filosófica


Los grandes hallazgos antropológicos del esplendor de la mejor escolás-tica quedaron ocultos en el s. XIV. Los monumentales temas medievales (el ser humano, por ejemplo) ya no inspiran. La apertura constitutiva del hombre a Dios, explícita a lo largo de toda la Edad Media, se eclipsó desde el s. XIV. El periodo de la historia de la filosofía que media desde el s. XIV hasta el s. XVI, o principios del XVII como máximo, a pesar de los variados matices de los diversos am-bientes culturales, tiene un común denominador que vertebra las peculiaridades: concibe que lo nuclear del hombre es su obrar. El enfoque antropológico desde el s. XIV obedece a unos parámetros que son nuevos, incluso opuestos, respecto de los planteamientos anteriores, y que son los que se transferirán a la Edad Moderna y hasta nuestra época. En este sentido puede sostenerse que la Edad Moderna tiene su inicio, o como mínimo sus precedentes, en el s. XIV. Desde ese siglo, fun-damentalmente con Ockham, la concepción del hombre ya no se centra, pues, en el ser, sino de manera exclusiva en el actuar. Los pensadores cristianos de la épo-ca precedente no se olvidaron del actuar. Sabían que el interés no es execrable, pero lo subordinaron a algo más valioso: el saber.

Si los pensadores del s. XIII conciben al hombre como abierto cognoscitivamente a la trascendencia –por eso intentaron poner la filosofía al servicio de la teología, y se esforzaban por aunar la razón con la fe–, los del XIV niegan esa apertura natural y separan la razón de la fe. Derivado de ello, ya no se concebirá la vida humana como vía hacia Dios, ni, consecuentemente, como búsqueda del propio sentido personal, sino como vía hacia el ámbito del interés. Pero si éste se toma en exclusiva, éste es metal bajo que parece embrutecer hasta el amor más sublime. Si se acepta que ya no se puede conocer teóricamente (contemplativa-mente) el sentido de lo real, lo que queda es aferrarse a un conocer práctico que domine lo mundano. Por eso se intenta conocer sólo prácticamente, y se tiende a subordinar el conocer práctico al ámbito del interés económico, cultural, político, etc. El Humanismo, s. XIV–XVI, y el Renacimiento, s. XV–XVI, salvo laudables excepciones, aceptaron en buena medida lo esencial de las tesis ockhamistas en este punto. No es que el obrar o el trabajo sean negativos. Son una realidad muy noble y entrañablemente humana -como se verá en el Capítulo 12-, y precisamente por la importancia que en este periodo se da a la actividad humana son lau-dables sus protagonistas, pero no hay que perder de vista que el trabajo (manual, político, artístico, etc.) es medio, no fin, y que, por tanto, se debe subordinar a sí las instancias humanas más elevadas, pues éstas no se reducen al hacer, ya que el hombre no es lo que él hace: nadie se reduce a sus obras.

En la Baja Edad Media se produce el despertar de la modernidad, o una nueva vía, a la que sus protagonistas llaman vía moderna, caracterizada por el nominalismo . Se denomina así porque “interpreta las ideas como meros nombres comunes que aplicamos a las cosas, carentes de contenido inteligible” . Esta concepción dará lugar posteriormente en filosofía al empirismo y al idealismo, y en teología al naturalismo y al fideísmo. Afirmada tras el s. XIII la celebridad de la filosofía tomista, los autores que en este siglo XIV destacan son, o bien discípulos rebeldes que quieren ir más allá de lo descubierto por Tomás de Aquino, como es el caso de Meister Eckhart (cuyo empeño es loable, aunque sus soluciones no siempre sean mejores que las tomistas), o bien opositores tajantes a sus plantea-mientos, como es el de Ockham (cuyo empeño filosófico y soluciones se muestran más faltos de rigor que en la tradición precedente). En cuanto a la vía moder-na, cabe reseñar que se adoptó en buena parte de las universidades europeas du-rante los siglos XIV, XV, e inicios del XVI, a pesar de las reiteradas prohibiciones eclesiásticas . Así suelen ser las cosas, a la claridad del Magisterio sigue la fidelidad de los fieles, pero también suelen suceder deficientes interpretaciones cuan-do no desobediencias. Con todo, lo que es de agradecer es que tales desajustes no pasen de excepciones.

Por otra parte, la vida humana práctica y sus problemas cotidianos, especialmente los de índole social, fueron el centro de atención de los autores más destacados del llamado Humanismo, en especial de los del s. XVI. Fue éste un movimiento europeo iniciado en el s. XIV y que se desarrolló durante el XV y el XVI. Se trata de una reacción contra la crisis social, política y ética que recorría la Europa de estos siglos. Los autores pretendían fines pedagógicos de la sociedad. Es el caso de Petrarca en el XIV, y de los tres amigos íntimos a principios del XVI: Erasmo de Rotterdam , Santo Tomás Moro y Juan Luis Vives . Todos ellos poseen una concepción nueva del hombre y de sus problemas (políticos, sociales, educativos, religiosos, etc.). Su fuerte es lo que hoy podríamos llamar filosofía práctica, un intento de oxigenar la vida social. En antropología defienden, a diferencia de otros autores contemporáneos, la inmortalidad del alma y la relación del hombre con Dios, tanto en esta vida como tras la muerte. Pero el grueso de sus ensayos versa sobre la vida ordinaria: las virtudes, las pasiones, la educación, la crítica a la corrupción política y eclesiástica, etc. Loable su proceder; más incluso su ejemplo vital que su testimonio filosófico.

Las palabras clave de los títulos de las obras de Erasmo (adagios, cartas, apotegmas, controversias, urbanidad, enmiendas, genio, elogios, sobre el bien morir, el libre albedrío) manifiestan su talante moralista. Su impronta cristiana se percibe en sus comentarios a la Sagrada Escritura y a los Padres de la Iglesia. Lo mismo cabe decir de Tomás Moro (cartas, utopía, etc.), aunque con mayor cadencia cristiana en sus escritos teológicos (La agonía de Cristo, etc.). Y otro tanto hay que reseñar del ilustre valenciano Juan Luís Vives (retórica, arte, concordia-discordia, disensión, instrucción de la mujer, deberes del marido, socorro de los pobres, sueño y vigilia, enseñanza, etc.), aunque sin tanto trasfondo teológico como en los precedentes.

Por su parte, suele decirse del Renacimiento (s. XV-XVI) que en el pla-no cultural alberga un olvido de la cultura recibida a lo largo de la Edad Media a la par que una recuperación, un renacer, de la cultura clásica grecorromana. Esa actitud dio como fruto excelentes resultados en toda Europa en el campo de las bellas artes: monumentos, esculturas, pinturas, que todavía hoy podemos admirar. Sin embargo, en filosofía, esta época se desprende de lo mejor del periodo medieval, de las grandes síntesis alcanzadas en el s. XIII, pero desafortunadamente no se despegó del nominalismo del s. XIV, que sigue en auge, y tampoco recuperó lo mejor de los clásicos griegos, al menos en lo que a la antropología se refiere, pues da cabida al naturalismo, que caracterizó buena parte del Renacimiento. Panpsiquismos y panteísmos tampoco faltaron dentro de este naturalismo. Pero es claro que aceptar el naturalismo en antropología supone olvidar a la persona por cen-trarse en exclusiva en la naturaleza humana.

Por otro lado, la Reforma Protestante, como el Renacimiento, también se opuso a la filosofía escolástica de la Edad Media, aunque por un motivo distinto. No fue, como en aquél caso, por una concepción naturalista del hombre, sino por una contraria visión espiritualista (fideísmo). El iniciador de esta agitación social que conmocionó a Europa, promovió guerras de religión y, entre otras cosas, diezmó a los campesinos alemanes por oponerse al protestantismo, fue, como es bien sabido, Martín Lutero (s. XVI). Este autor descalificó la razón humana oponiéndola a la fe. Su tesis antropológica es bien conocida: la naturaleza humana está enteramente corrupta. No obstante, de ser coherente con lo que menta ese postulado, habría que mantener que este enunciado de ningún modo puede tenerse por verdadero, pues por ser fruto de una naturaleza humana, estaría corrupto; no sería más que el producto de un acto infame de la razón, "la prostituta del diablo", según Lutero. Como se aprecia, el naturalismo y el fideísmo son, en el fondo, visiones parciales del hombre: o sólo razón, o sólo fe, y ambas a poco gas, segura-mente porque el amor y la fe, en las obras se ve; obras de las que prescindía la teología luterana.

De este tipo de reduccionismos tampoco escapó alguna filosofía política de la época como la de Maquiavelo (s. XVI), modelo de oportunismo político (cfr. El príncipe), que, por lo demás, tanto ha influido en la política moderna posterior de tantos estados y naciones. Otros pensadores, Vitoria (s. XVI) por ejemplo, atenderán más a la fundamentación de todo derecho en el natural. Intentarán, por tanto, el estudio completo de la naturaleza humana. En eso nuestra época tiene bastante que aprender o, al menos, que recuperar, pues por no atenerse los juristas a la naturaleza humana, bastante de nuestro derecho parece tuerto... Nótese, a título de ejemplo, que la disciplina de Derecho Natural brilla hoy por su ausencia hasta en las más prestigiosas universidades, y que, desde luego, no informa a las demás materias de jurisprudencia. Otro asunto preocupante en aquel momento histórico era el derecho de las gentes indígenas tras el descubrimiento de Améri-ca. Sobre este tema se ocupan varios escritos de Vitoria. En virtud de ello, a este autor se le puede considerar como el fundador del derecho internacional. Varios textos de Suárez (s. XVI) versan también sobre ese asunto. La llamada escolástica renacentista, (s. XVI-XVII), no sólo impulsó el Concilio de Trento, que dio lugar a una ajustada rectificación católica de la refor-ma protestante, y a un ecumenismo bien entendido, sino también a un rejuvenecimiento de la especulación escolástica medieval. Destacaron autores como el ya citado Vitoria, Cayetano, Silvestre de Ferrara, Soto, Báñez, Molina, Cano, Carranza, Luís de León, etc., todos ellos en el s. XVI. En antropología su punto neurálgico tal vez sea el intento de armonizar la libertad humana con la gracia divina. Sin embargo, la discusión medieval más importante recuperada en esta época de cara a la antropología gira, seguramente, en torno a la distinción real tomista entre esencia-acto de ser, aunque todavía poco referida al hombre.

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