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La antropología trascendental
De Seminario de Antropologia
| Autor Juan Fernando Sellés Curso y Apuntes sobre la antropología filosófica |
Se ha indicado que a la psicología, pese a conocer las manifestaciones humanas naturales, se le escapa la persona que se manifiesta, la irreductibilidad de cada quién. A la ética, pese a saber como actúa y debe actuar el hombre, se le escapa asimismo el quién del que actúa. La antropología filosófica puede tener en cuenta de ordinario las diversas manifestaciones esenciales de la libertad humana en sus diversos ámbitos: cognoscitivo, volitivo, lingüístico, laboral, social, político, etc., pero se le escapa la índole radical o personal de la libertad humana. A una parte culminar de la filosofía, la metafísica, se le escapa el carácter distintivo, libre, del ser humano, de la persona, de cada quién y, también, el de la esencia del hombre. El ser humano no se reduce, no es de la misma índole, que el ser del universo, ni tampoco la esencia humana es de la índole de la esencia del universo. Son realidades distintas, superiores las unas a las otras e irreductibles las unas a las otras. Pues bien, aquello que no exploran esos saberes constituye el tema específico de la antropología trascendental, la cima más alta de la antropología.
La antropología trascendental recibe su nombre del pensador que se lo ha conferido en nuestros días, y quien ha hecho posible tal saber: Leonardo Polo . Esa antropología consiste en un saber que estudia ante todo el quien del hombre: la persona humana; el espíritu que cada uno es. Este saber trasciende a los anteriores, descubre la índole íntima del ser personal, e investiga la apertura de la persona humana a la trascendencia. Por estos motivos se podría llamar trascen-dental. Pero se le llama así específicamente porque alcanza los trascendentales personales, es decir, esos rasgos propios que caracterizan a toda persona por ser persona (sea humana, angélica o divina). Ser persona humana no sólo indica que uno se abre a su naturaleza y que puede hacerla crecer (noción de esencia), ni sólo que uno está abierto a su intimidad, sino que ella misma es abierta hacía las demás personas. A quien radicalmente se abre es al que da razón de su apertura, al que la ha constituido como tal, a Dios. La respuesta a esta apertura permite a cada persona encauzar su fin. La apertura a ese destino es la libertad radical de la persona, y la respuesta a él es su responsabilidad, perfectamente compatible, por tanto, con su libertad. Ese fin debe ser personalmente conocido y libre y amorosa-mente aceptado. De modo que la apertura personal humana a Dios es cognoscente y amante. Esos son los trascendentales personales: co-existencia, libertad, cono-cer y amar personales. Si alguno de ellos falta en un ser, no se puede hablar de persona. Además, como la referencia de esos trascendentales personales humanos es Dios, el conocimiento que de Dios se alcanza por medio de la antropología trascendental es mucho más alto que el vislumbrado por esa parte de la metafísica que se denomina teología natural, pues mientras que ese saber dice que Dios acto puro, simple, inmutable, eterno, etc., esta antropología descubre que Dios es personal, más aún, pluripersonal.
En efecto, al alcanzar que la persona humana es co-existencia se amplían los hallazgos sobre la intersubjetividad, propios de la antropologías filosóficas del s. XX (Marcel, Buber, Levinas, Mounier, etc.). La persona es co-existencia con los demás, con el ser del universo y, especialmente, con Dios. Co-ser es más que ser, porque indica que el ser es abierto, acompañante con apertura personal, es decir abierto a una persona distinta. Al notar la persona humana que su co-existencia carece de réplica en su intimidad, nota que tal réplica sólo puede ser Dios, su Creador. De modo que uno se ve llamado a ser-con Dios. Nota asimismo que Dios no puede ser sino coexistente. Por tanto, que la soledad no puede caracterizar al ser divino, sino que éste tiene que ser co-personal. Al descubrir que la persona humana es libertad (tal como barruntaba algún existencialista como Sartre, aunque sin explicitarlo) se ve que esa apertura irrestricta requiere de personas distintas respecto de las cuales tal libertad se pueda abrir personalmente y, en es-pecial, respecto de una persona distinta en la cual tal libertad se pueda emplear enteramente; y eso sólo Dios. Con ello se capta que también Dios es libre. Si él es abierto, debe abrirse a una persona distinta. Como ninguna persona creada puede responder a la apertura divina tal cual ella es, en la naturaleza divina se requiere la co-existencia libre, al menos, de dos Personas distintas. Al desvelar que la persona humana es conocer personal (tema que perseguían el racionalismo e idealismo modernos, pero sin alcanzarlo), es decir, que es un método cognoscitivo, se ve que ese método personal no puede carecer de tema personal, tema que sea a su vez método respecto del propio conocer personal humano, es decir, se ve a Dios como tema del conocer personal humano a la par que cognoscente de la propia intimidad humana, el único capaz de manifestarle su entero sentido.
A su vez, se descubre que a tal conocer personal divino no puede faltarle un tema divino personal cono-cido de su nivel. De manera que se alcanza a saber que dos Personas divinas de-ben ser conocer-conocido, sin que ninguna sea superior a la otra, o que alguna indique pasividad respecto de la otra. Al descubrir, en fin, que la persona humana es amar personal, esto es, que es un dar y un aceptar personales (tema que investigaron fenomenológicamente Scheler, Hildebrand, etc., pero sin desvelar su radicalidad), notamos que somos dar y aceptar respecto de las demás personas, y especialmente respecto de quien sea para nosotros dar y aceptar irrestricto, esto es, Dios. En efecto, nuestro amor generoso sólo tiene pleno sentido, como en un cuento de Wilde, si se ofrece sin condiciones a Dios y éste lo acepta. Además, en este nivel vislumbramos que la estructura del amor personal humano -dar y acep-tar- permite conocer mejor la pluralidad de Personas divinas. Como el dar y el aceptar personales humanos requieren del don, si somos imagen de Dios, en él el don deberá ser asimismo Personal. De manera que la estructura del amar personal humano nos permite notar la existencia de tres Personas divinas.


