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La coexistencia y la libertad personales

De Seminario de Antropologia

Autor Juan Fernando Sellés
Curso y Apuntes sobre la antropología filosófica


El inferior a los cuatro es la coexistencia. El coacto de ser de la persona humana no se reduce al acto de ser del universo , porque el primero es coexistente y el segundo no. En efecto, el ser del universo físico no requiere de otro universo para existir (tampoco de ningún hombre), sino que persiste en solitario. En cambio, una persona sola es imposible, porque ser persona es sercon o coser. La soledad para una persona sería la tragedia pura . El ser personal es abierto personalmente, lo cual no se reduce ni al carácter social del hombre (que es del ámbito de las manifestaciones), ni a la mera convivencia o al coincidir (aspectos del carácter societario propio de la esencia humana), sino que exige una "réplica" personal, es decir, una persona distinta a quien la primera se abra y pueda aceptar que la segunda le manifieste su completo sentido personal.

Superior a la coexistencia es la libertad personal. La libertad personal tampoco se reduce a la libertad de la voluntad, facultad a la que se suele vincular esta propiedad en el planteamiento tradicional . Pero esa mentalidad es deficiente, porque es claro que nativamente la voluntad es una pura potencia, que es pasiva y, por tanto, que carece de libertad. De manera que si después alcanza a tener y a manifestar (con sus elecciones, etc.) la libertad que antes no tenía, lo coherente es investigar cómo la adquiere. Si se responde que merced a la ayuda de la inteligencia, estamos en las mismas, porque también la inteligencia es nativamente pura potencia. De modo que la conclusión obligada es: la libertad es previa y superior a las dos potencias, y alcanza a aquéllas cuando éstas se activan. Si el ser personal es libre no puede ser ni fundado ni fundamento, porque una libertad fundada y fundante es contradictoria . Por ello, frente a otras interpretaciones sustancialistas de la persona, Polo sostiene que ésta no es ni sustancia ni sujeto. Precisamente por eso, la metafísica no alcanza a la persona, porque sus temas reales son de carácter necesario, no libres. Pero es claro que la libertad es superior a la necesidad . No se trata, pues de que tengamos libertad, sino de que somos libertad. Cada uno, una libertad distinta.

El siguiente rasgo trascendental personal humano, superior a los precedentes es el conocer personal. El conocer personal, o conocer como coacto de ser, no es ni el conocer de la razón ni el conocer de ningún hábito innato, sino la luz cognoscitiva transparente o sentido personal del acto de ser que cada persona es. Es claro que este conocer tampoco se puede asimilar a la verdad, porque ésta es un trascendental relativo al conocer, no al revés. En efecto, la verdad formalmente no está en lo real, sino en la mente . Lo que hay en lo real es real, no verdadero o falso. La verdad se da, en rigor, en el conocer y al conocer. Sin ningún conocer, no cabe verdad alguna. Por tanto, la verdad sólo será trascendental a condición de que el conocer también lo sea. Y a pesar de serlo, el conocer no será trascendental como lo es la verdad, pues la verdad depende del conocer y no a la inversa. Depende, no en el sentido de que le conocer “invente” la verdad, sino de que sin conocer, la verdad, sencillamente, no existe, porque la verdad es verdad al conocerla, no antes o al margen del conocer . Ese conocer personal es equivalente, según Polo, al entendimiento agente descubierto por Aristóteles , lo más activo del conocer humano, según Tomás de Aquino. No hay que confundirlo, por tanto, con la inteligencia como facultad, a la que la tradición aristotélica denomina entendimiento posible o paciente. El primero es acto; el segundo, una potencia. Lo que lleva a cabo Polo es elevar la interpretación tradicional de ese acto cognoscitivo al nivel de acto de ser personal.

El siguiente trascendental personal, el superior a los cuatro, es el amar personal. El amar personal tampoco se puede asimilar al querer, y menos al bien, porque éste es un trascendental relativo al querer . El amar donal es irreductible a la voluntad ya que esta potencia es búsqueda de aquello de lo que carece, precisamente porque es una potencia en orden a su actualización, mientras que el amar personal conlleva donación, puesto que el acto de ser personal humano no es carente, sino desbordante. Polo descubre en el amar personal tres dimensiones: aceptar, dar y don. La primera en la criatura es superior a la segunda; y la tercera –según él– no es de orden trascendental, sino que se encuadra en el nivel de la esencia humana, vehiculando así, a través de la esencia humana, el dar y aceptar personales. Por eso el hombre, para manifestar su amor, debe realizar obras (“obras son amores y no buenas razones”) que implican a la esencia y naturaleza humanas. De ese modo, lo superior del acto de ser personal, el amor, vincula, atrae a sí, a lo inferior de lo humano a través de las obras.

a) Dios y la coexistencia personal humana. Si el acto de ser personal humano es abierto personalmente, tal coexistencia se abre a otras personas y a Dios como persona. No se requiere de un nuevo hábito o apertura personal nativa para alcanzar la coexistencia con las demás personas y tampoco otro para alcanzar a Dios, porque el hábito de sabiduría alcanza al ser personal propio y descubre que éste es coexistentecon, es decir, abierto personalmente a las demás personas creadas e increadas. Es conveniente para la persona humana que exista otro ámbito de compañía: el de las personas entre sí. En efecto, “las personas coexisten entre sí: hay coexistencia personal. La irreductibilidad de la persona no es aislante: no es separación” . La soledad no es humana porque no es personal . Por lo demás, la tristeza es consecuencia de la soledad; es el sentimiento negativo resultante de la falta de coexistencia.

No ser por parte del hombre perfecta imagen divina conlleva la posibilidad de que existan muchas imágenes personales humanas de Dios. Por eso la apertura personal que la persona humana dice a Dios es semejante a la que dicen las demás. Somos en eso semejantes, no radicalmente heterogéneos (tal semejanza es elevada con la filiación divina; caben, pues, muchos hijos distintos, aunque todos ellos hijos). La persona es también, y ante todo, coexistencia con Dios, porque sólo Dios da el ser que uno es y sólo él sabe enteramente quién somos. Saber que en nuestra intimidad somos coexistencia tiene una ineludible ganancia respecto de conocer mejor el ser divino. En efecto, por una parte, desde la coexistencia personal humana mostramos la existencia de Dios, pues la persona humana sin esa réplica personal sería absurda. Pero, por otra parte, desde la coexistencia descubrimos que en Dios es absolutamente imposible que exista una única Persona, puesto que la noción de “persona única” es absurda.

b) Dios la libertad personal humana. La libertad personal humana sólo se puede emplear enteramente respecto de Dios, porque ninguna otra realidad puede aceptarla enteramente. Ahora bien, si Dios puede aceptar la libertad que cada hombre le entrega libre y enteramente es porque Dios también es libre. Si es libre, Dios es personal, puesto que ser persona significa ser libre, ser apertura. Si Dios es persona, Dios también es libre, es decir, es libertad, apertura personal. Ahora bien, una libertad personal que es puro ofrecimiento personal no tiene sentido sin una persona distinta que acepte enteramente esa libertad personal oferente. Por tanto, conviene preguntar: ¿quién acepta a tal Persona divina enteramente? ¿A quién se abre la libertad de esa Persona divina infinita? La única respuesta coherente es que se abra a otra Persona divina distinta. Al tratar de la coexistencia, decíamos que es absolutamente imposible que en Dios exista una única persona. Ahora, desde la libertad, hay que añadir que al menos deben existir dos, y ambas libres. Y ello, porque Dios no es infeliz, no es absurdo, no es apertura irrestricta sin correspondencia. La correspondencia de una persona que se abre, que se ofrece, es una persona divina que acepta . Una Persona divina es ese dar infinito que es aceptado por un aceptar infinito. Ningún hombre, ninguna criatura, puede aceptar de ese modo .

De modo que detener con serenidad la atención en la libertad humana, nos lleva de la mano a descubrir unas cuantas realidades nucleares. Destaquemos algunas: 1) que nuestra libertad forma parte del acto de ser personal que cada uno es; 2) que si notamos que somos apertura irrestricta en nuestro corazón, ésta libertad muestra, que Dios existe; 3) que sólo en coexistenciacon Dios tiene sentido nuestra libertad radical o el ser personal que somos; 4) que nuestra libertad sólo puede ser elevada respecto de Dios si libremente aceptamos la elevación que él nos otorga ; 5) que desde nuestra libertad personal no sólo descubrimos que Dios existe, sino también cómo es el ser de Dios, a saber, personal y libre; 6) que si Dios es libre y es personal, al menos deben existir dos Personas divinas ; 7) que si la libertad humana equivale al ser humano, y no cabe libertad sin conocer y amar, la persona humana es cognoscitiva y amante; 8) que si Dios es libre y personal, cada Persona divina es conocer y amar.

En suma, la libertad personal humana es superior a la vida humana (recibida y añadida), es decir, a la naturaleza y esencia humanas, porque equivale a la vida personal. Por último, conviene indicar que en la presente situación la libertad personal es inexplicable sin la esperanza , puesto que todavía no se ha destinado enteramente y la completa aceptación no ha sido ratificada. De manera que la libertad personal humana reclama la esperanza, o mejor, es esperanzada. Esa esperanza es personal, y es el sentimiento del espíritu que deriva de que la libertad personal se encauza correctamente hacia su fin. Por el contrario, la falta de esperanza personal (que se refleja, por ejemplo, en las propuestas existencialistas de quienes declaran ser absurda la libertad) es señal de que se está perdiendo el sentido, el para, fin o norte, de la libertad personal. Por lo demás, la esperanza personal puede ser elevada de modo sobrenatural .

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