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La distinción en los apetitos sensitivos
De Seminario de Antropologia
| Autor Juan Fernando Sellés Curso y Apuntes sobre la antropología filosófica |
Los apetitos sensibles son la inclinación que sigue al conocimiento sensible. El modo de apetecer de estas tendencias es distinto del que sigue a la razón, es decir, del propio de la voluntad. El primero es pasivo debido a la afección que recibe el soporte orgánico, y además sigue a lo conocido sensiblemente de modo particular. El segundo, el de la voluntad, carece de soporte orgánico y, por tanto, de pasividad; se va actualizando progresivamente y sigue a lo conocido por la razón. Lo propio del apetito sensible es desear lo sensible agradable y eludir lo nocivo sensible. Consta de dos inclinaciones suficientemente distintas, que los clásicos denominaron apetito concupiscible (deseo de placer o impulso de vida, desde el psicoanálisis) e irascible (impulso de agresividad o de muerte). El primero inclina a buscar lo conveniente y a evitar lo nocivo actualmente percibido (ej. el deseo de comer ya este caramelo que me están ofreciendo ahora mismo; el retirar la mano instantáneamente de ese objeto que me está quemando, etc.). El segundo mueve a resistir lo adverso y a conseguir de modo arduo lo conveniente, ausente ahora, pero alcanzable en un futuro próximo (ej. guardar ahora el caramelo para comerlo más tarde cuando tendré más apetito; buscar un refugio que me proteja de la lluvia, etc.). El irascible, por tanto, tiene que vencer unas dificultades para conseguir su bien deseado; molestias de las que prescinde el concupiscible, pues consigue su objetivo con suma facilidad. Los apetitos sensibles animales están fijados instintivamente. Están, por tanto, determinados a un sólo modo de obrar. La tendencia del animal es sumamente selectiva, adaptada a un ámbito de la realidad muy reducido. Tanto es así que el resto de la realidad no interesa en absoluto al animal. A éste no le inclina sino aquello que puede apetecer y aquello de lo que cabe huir. Para el animal sólo tienen significado una serie de realidades sensibles proporcionadas a unas tendencias, y por ello excluye el resto. Para el hombre toda realidad sensible tiene significado (tema de la cogitativa) y, por ello, cualquiera de ellas puede ser objeto de su deseo, pues está abierto a todo lo real. Además, el animal tiende al objeto de su deseo de modo unívoco. El hombre no, pues puede tender de un modo u otro, e incluso no tender, es decir, evitar la tendencia. Es la diferencia entre instinto y comportamiento. El hombre se puede comportar de muchas maneras porque está abierto. Otra distinción esencial entre el hombre y el animal a este nivel estriba en que en el animal lo último no es la conciencia sensible (sensorio común), ni siquiera la del conocimiento interno superior (estimativa), sino las tendencias (apetitos). En consecuencia, hay que mantener que, a distinción del hombre, las tendencias son inconscientes para el animal. No sabe que las tiene, por qué las tiene, a qué se subordinan, y por qué son tan selectivas. El hombre, en cambio, es claramente consciente de todo eso. Ello indica que las tendencias animales no están en función del animal concreto, puesto que tienden a algo real externo a pesar del animal concreto. Si eso es así, es el animal el que, por sus tendencias, está subordinado al mundo, a la totalidad de lo real, y no al revés. Lo que precede indica que el animal no es un fin en sí, sino que su fin es extrínseco, a saber, el orden cósmico. Por eso el animal no es sujeto, no es ningún quién. En el hombre, en cambio, los sentidos y los apetitos sensitivos ni son fin en sí ni se subordinan al orden cósmico universal, sino que están en función de la inteligencia y de la voluntad humanas respectivamente. A su vez, el entendimiento y la voluntad son para la persona, no ésta para aquéllos. Los sentidos y los apetitos son para la persona, no para subordinarse a la totalidad del mundo, sino para subordinar el mundo a cada quién. En suma, a nivel sensible se puede captar que un hombre es más valioso que el resto de la creación corpórea, porque éste es fin de aquélla. En consecuencia con sus apetitos sensibles, se podría describir al hombre como "animal omniapetente". Pero tampoco esto es lo radical en el hombre.


