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La distinción entre el movimiento animal y humano

De Seminario de Antropologia

Autor Juan Fernando Sellés
Curso y Apuntes sobre la antropología filosófica

Por lo que se refiere a los movimientos, también son manifiestas las diferencias entre los animales incluso los superiores y el hombre. Como es claro, la distinción tiene mucho que ver con la diversa constitución del sistema nervioso central de ambos; y no sólo para la protección del mismo, sino, sobre todo, por su funcionamiento. En cuanto a lo primero, es claro que el cerebro humano, en exceso delicado, no es compatible con la mayor parte de los movimientos que realizan los animales que más parecido guardan con nosotros. Por lo que a lo segundo respecta, lo que caracteriza al movimiento interno cerebral nuestro es la mayor sincronía, asunto en exceso llamativo para los neurólogos. ¿Qué significado tiene la sincronía humana? Si los sentidos internos, que son los que tienen el soporte orgánico en el cerebro, sirven para que la inteligencia saque partido de ellos, el fenómeno de la sincronía debe explicase por comparación de dicha movilidad cerebral con la primera operación que ejerce la inteligencia: la abstracción. Abstraer es presentar. Presentar es articular el tiempo pasado y futuro físicos desde la presencia mental. Lo abstraído no es temporal, sino que puede con el tiempo físico articulándolo. El acto de abstraer es la presencia mental, y el objeto abstracto es lo presentado. Lo presentado está al margen del tiempo físico; no es afectado por él, porque la presencia mental de la que depende tampoco es física. Lo presentado es "a la vez" que el presentar. Además, el abstracto, es uno y universal, pues es objeto de diversos asuntos concretos imaginados, recordados y proyectados. Si la presencia mental, primer peldaño de la operatividad de la inteligencia facultad inmaterial, se puede describir según la simultaneidad, a nivel inmediatamente inferior humano, pero ya físico, debe existir en lo orgánico humano un analogado menor de ella, y ese es justamente la sincronía. Si las tendencias apetitivas humanas inclinan al bien concreto y sensible, las locomotrices del hombre, a distinción de las animales, son la tendencia a ocupar un lugar teniéndolo. Su acto no es ninguna operación inmanente, sino una acción, un movimiento. Se trata del desplazamiento local. A los movimientos corpóreos del animal se le llama conducta. A los del hombre, en virtud de la radical distinción, comportamiento. Los del animal son instintivos. Los del hombre, corregidos y educados racionalmente. La locomoción animal es la conducta. Al tratar del cuerpo humano reparamos en que le dotamos de una serie de funciones sobreañadidas, no meramente fisiológicas o naturales. Esas funciones adicionales configuran el comportamiento humano. El hombre es el único ser que se comporta, si bien no hay un modelo fijo de comportamiento humano, porque el hombre está abierto. En los animales, a todo conocimiento sigue inexorablemente una tendencia, y a ésta una conducta, unos movimientos. No se puede escindir uno del otro, es decir, no se puede parar la tendencia tras el conocer, ni el movimiento tras el apetecer. De modo que podemos decir que en los animales el conocer no es su fin último, sino subordinado a las tendencias, y éstas al movimiento. En el hombre sucede lo inverso. Es obvio que conocer es prerrequisito para que se tienda, pero a su vez el hombre tiende y se mueve para conocer más. Sólo el hombre desea por naturaleza saber, y eso hay que notarlo también a nivel sensible. Los animales no tienen tal deseo. Deseo de saber no es saber, sino subordinación del deseo al conocimiento. A la par, para tener tal deseo y realizarlo, se deben reducir los movimientos al mínimo, pues cuanto más se mueve menos se conoce. El conocimiento animal es indisociable de sus apetencias, y éstas de su conducta instintiva. Son como fases de una actuación que, a fin de cuentas, es ordenada extrínsecamente por un orden vigente en la totalidad de la naturaleza. Es el hombre el único que puede quebrar la estrecha vinculación entre dichas fases. Quebrarlas supone no estar encuadrado en el orden del universo, sino formar un nuevo orden según las directrices de cada quién. La discrepancia entre el comportamiento humano y la conducta animal estriba, como de todos es sabido, en que el del hombre no es estereotipado, instintivo, sino enormemente abierto, plástico. Lo superior en el hombre no es ni la tendencia ni la conducta, como en los animales, sino que éstas son medios para conocer. Por eso somos conscientes de nuestras tendencias y movimientos y podemos regularlos, asunto ausente en los animales. Como los movimientos animales son físicos, y todo movimiento físico (causas eficientes) está enteramente regulado y subordinado al orden universal (la causa final), el animal está sometido completamente al fin intramundano. En el hombre sucede justo lo inverso: sus movimientos están subordinados a sus tendencias, y éstas a su conocimiento sensible. Y, como hemos visto, éste salta por encima del orden cósmico. En este sentido se podría llamar al hombre "animal supracósmico". Pero tampoco esto es lo nuclear en el ser humano.

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