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La esencia humana: la vida añadida
De Seminario de Antropologia
| Autor Juan Fernando Sellés Curso y Apuntes sobre la antropología filosófica |
Para Leonardo Polo, la esencia humana está conformada por el yo y las dos potencias inmateriales humanas, la inteligencia y la voluntad. El yo es siempre activo, pues se trata de un hábito innato, al que la tradición medieval denomina sindéresis. Un hábito innato, por definición, no puede radicar en ninguna potencia, pues hábito denota perfección, acto por tanto, mientras que las potencias espirituales humanas son inicialmente enteramente pasivas. En la filosofía tomista la palabra esencia indica perfección. Por tanto, tal término no puede atribuirse a esas potencias en estado nativo. Sin embargo, sí las describe bien tras su activación o perfeccionamiento. Ahora bien, la salida de la pasividad de esas dos facultades superiores requiere de antemano, obviamente, de un acto previo, superior y perfectamente proporcionado a ellas para que las active. La inteligencia se perfecciona progresivamente mediante los hábitos adquiridos que, como es sabido, son múltiples y se logran teniendo en cuenta las distintas vías operativas de esta potencia . A eso obedece, por ejemplo, la distinción clásica entre razón teórica y razón practica, y sus respectivos hábitos, pues es claro que, por ejemplo, no son equivalentes el hábito de ciencia y el de prudencia. Por su parte, la voluntad crece, o se activa progresivamente, merced a las virtudes adquiridas .
Ahora bien, se ha indicado que para activar a la inteligencia (tabula rasa nativa) y a la voluntad (no menos potencia pasiva por naturaleza) se requiere de un acto previo, al que Polo llama yo. El yo, que es activo, se dualiza con tales potencias . Con todo, este hábito innato activa de diverso modo a potencias distintas. Por eso Polo distingue dos dimensiones en el yo: el veryo y el quereryo. El primero, el inferior, ilumina a la inteligencia, la asiste en toda su actividad, modula su perfeccionamiento habitual y la rinde libre. El segundo, el superior, acompaña a la voluntad en toda su operatividad y desarrollo virtuoso, también dotando de libertad a esa potencia . La activación de estas potencias supone, pues su esencialización. Una vez perfeccionadas, con ellas el hombre domina y gobierna todo lo inferior de sí y de la realidad externa. En efecto, tras su activación se puede conformar el lenguaje, la sociedad, el trabajo, etc. . Gracias a su desarrollo el hombre transforma el mundo a la par que se perfecciona a sí mismo. En este sentido Polo indica que el hombre es un perfeccionador perfectible . La inteligencia y voluntad activadas son, pues, la "ladera" de la esencia y de la libertad humanas.
Por otra parte, el yo, lo más activo de la esencia humana, y lo que se encarga de activar a lo inferior, es el "ápice" de la esencia. Sin embargo, no hay que hacerlo equivalente al acto de ser o persona humana, pues la distinción real tomista essentiaesse debe mantenerse también en antropología . La ventaja de esta distinción radica en que de ese modo no se implica a la persona humana en actividades menores, es decir, no se compromete la explicación del sentido personal humano con lo inferior a la persona. A la persona hay que explicarla a su altura y por lo superior a ella, no en función de lo menor. Por el contrario, el perfeccionamiento o enviciamiento de lo inferior (naturaleza y esencia humanas) sí debe ser explicado por la persona humana, es decir, por algo que ha sucedido en ella cuando ésta ha abierto la puerta de su intimidad al bien o al mal.
El yo es la mirada de la persona hacia su esencia, el paso franco abierto entre ella y aquello de lo que ella dispone. Ese puente es real, pero a veces, la persona se forma un tipo ideal de yo que no responde ni a la realidad del yo, ni es manifestación del ser personal. Si la persona no se puede reconocer a sí misma en su yo, con menor motivo se puede descubrir el sentido de su ser en ese yo ideal, pues tal yo no es real, sencillamente porque "el yo pensado no piensa" . Con todo, si la persona humana no dispusiera de conocimiento superior al de su razón, e incluso al de su yo o sindéresis, el acto de ser personal o persona humana sería incognoscible, como asumió Heidegger . Pero Polo rectifica al pensador alemán al esclarecer que por encima de los niveles cognoscitivos mencionados el hombre dispone de otros superiores. Uno de ellos es el hábito de los primeros principios, el método de la metafísica (que no tendremos ahora en cuenta porque la temática que él advierte no es antropológica). Otro es el hábito de sabiduría, descubrimiento netamente aristotélico, que Polo perfila abundantemente.


