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La eternidad

De Seminario de Antropologia

Autor Juan Fernando Sellés
Curso y Apuntes sobre la antropología filosófica


Inmortal es distinto de eterno. Inmortal significa que no puede morir, aun-que puede ser duradero con sucesión ininterrumpida (ej. algo así como describe Dante el infierno en su Divina Comedia). En cambio, la eternidad está al margen del tiempo. Eternidad no significa tampoco presente. El presente no es, desde luego, tiempo, pero tampoco eternidad. El presente no es tiempo porque no se da en la realidad física, sino en nuestro pensar. En efecto, la presencia es mental. En cambio, la realidad extramental no es presencial, sino sucesiva, temporal.

En lo físico se da el movimiento, es decir, la sucesión ininterrumpida de asuntos; se da lo que se mueve constantemente y que nunca acaba de moverse, de cambiar. Nada en lo físico ha terminado nunca de suceder; nada es perfecto o aca-bado. Por tanto, no es presente, quieto o detenido. No podemos parar la realidad física. Está en constante cambio, no en presente. Presente es lo presentado por nuestro acto de pensar. Ese acto de pensar ha eximido a lo pensado del movi-miento, y consecuentemente, del tiempo. Lo pensado no es eterno, sino simultá-neo al acto de pensar. De modo que lo presentado desaparece si se retira el acto de pensar. Sin acto de pensar, que es el presentar o la presencia mental, de lo presentado, (lo pensado, que es en presente) no queda ni rastro. La presencia men-tal de la inteligencia articula el tiempo de los sentidos internos (memo-ria-cogitativa), y éste tiempo deriva, a su vez, del modo de captar el tiempo físico los sentidos externos humanos. Al abstraer de los sentidos internos, la inteligencia forma un objeto pensado que puede referirse al pasado (por ejemplo los abstractos de legionario, fariseo, templario, etc.), o proyectarlo hacia el futuro (por ejemplo, las nociones de sociedad postlaicista, nación europea, postcapitalismo, etc.). En cualquier caso, lo pensado como pensado no se mueve, no es ni pasado ni futuro, sino presente al acto de pensar mientras se piensa, es decir, mientras se ejerce el acto. Por eso, como decía Aristóteles, conocer el tiempo no es tiempo, y también por eso se puede estudiar historia.

Si el pensar empieza a vivir dándose al margen del tiempo físico, se puede empezar a sospechar que la persona, que es superior al pensar de su inteligencia, tampoco es afectada radicalmente por ese tiempo. La presencia está en manos del hombre, en manos de su razón, pero ¿en manos de quién está la eternidad? Es claro que no está en manos humanas. Entonces, ¿existe o no existe? Se puede mostrar su existencia si se repara un poco más en el ser personal del hombre. En efecto, éste trasciende el tiempo físico. Añádase que la persona humana transcien-de también el presente de su inteligencia. Precisamente por eso se conoce que lo pensado es presente. Ahora bien, el hombre no es eterno, pues tiene origen, aun-que no tenga fin en el sentido de término (a este tipo de criatura espiritual los me-dievales la llamaban evo). Se puede decir que, así como la persona humana es originada por la eternidad, es eternizable por ésta, porque la eternidad no está en poder del hombre, sino en manos de las personas que son eternas, a saber, las divinas.

Cambiemos el modo de decir, a ver si así nos percatamos algo más del sen-tido real de la noción de "eternidad". La teología natural o filosófica acostumbra a decir que “Dios es eterno”. Pero tal vez sea mejor decir que la eternidad es Dios. Así referimos la eternidad al ser personal divino, no a una imagen espa-cio-temporal ajena a su ser. Pues bien, como veremos, la persona humana es co-existencia con Dios (Tema 13). De modo que es eternizable respecto de él. Pero lo es dependientemente, esto es, no de “motu propio” sino por ayuda divina. Es decir, es eternizable mientras vive en el mundo, y llegará a ser de algún modo coeterna después de esta vida, si libremente acepta su libre co-existencia con Dios . Es eterno lo que es al margen del tiempo. Se ha indicado más arriba que la persona humana no es tiempo sino que está en el tiempo. Si la persona fuese tiempo (como propusieron Nietzsche, Marx, Heidegger, etc.), serían más personas los más ancianos. La persona humana no crece como persona en dependencia del tiempo, sino por su elevación divina, que no se supedita al tiempo físico. Con lo cuál, la vinculación a Dios tampoco puede ser estrictamente temporal, al menos según el tiempo físico. Ello indica que en el hombre se deben distinguir varios tipos de tiempo, al menos el físico, que afecta a su cuerpo, y el espiritual, que afecta a su persona. De la persona humana cabe decir que es eternizable, es decir, que está llamada desde el principio a eternizarse, aunque no por sus propias fuer-zas, sino por don gratuito divino, si es que ese regalo es aceptado libremente por parte de cada hombre.

La vida humana completa no es sólo la terrena. No tratar teóricamente de la vida post mortem es dejar truncada la antropología, que no es sólo una parte, sino la más importante de la asignatura. Como es manifiesto, este amplio enfoque que-da reducido en muchas antropologías culturales y filosóficas. En las menos, a esta segunda parte se alude tan sólo al final del manual y a título de corolario. No obs-tante, es pertinente presentar de entrada todo el mapa de la vida humana y su ma-yor y menor relieve según zonas, pues lo contrario es acotar su cartografía. Sin embargo, no se trata ahora de detallar cada una de las partes de esta rica geografía. Tiempo habrá. Por lo demás, y como también se verá, tanto respecto de la vida en la presente situación como en la futura, conviene saber de entrada que, en el fon-do, ambas son inexplicables sin Dios. A continuación se alude a esto, indicando con ello que una antropología para inconformes no debe concordar con esa parte del quehacer académico de nuestro tiempo que acostumbra a silenciar a Dios en sus aulas y escritos, no menos que otros doctrinarios sociales en la vida pública ordinaria.

--- Si algún lector se extraña de que desde el Capítulo 1 se aluda a la muerte y a la inmortalidad (e incluso a la eternidad), cuando lo ordinario es que en los ma-nuales de antropología filosófica eso se suela poner en sordina, o dedicar a este menester el último Tema (y no tratar esos asuntos abiertamente por no se "políti-camente correctos"), Platón le respondería que alguien sólo es filósofo, cuando piensa en el problema de la muerte , máxime si se trata de la suya. Como nuestro estudio intenta ser filosófico; ergo… Además, sólo en orden al fin se puede poner orden (sentido) a la vida, y Aristóteles decía que lo propio del sabio es ordenar. Si nuestra orientación desea ser sapiencial…

Recuérdese: esta vida no es la definitiva, sino menor y en orden a aquélla, pues lo menos está en función de lo más. De modo que sin lo más carece de senti-do lo menos; es decir, no se puede buscar el sentido de la vida humana centrando la atención exclusivamente en la vida terrena.

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