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La inmortalidad

De Seminario de Antropologia

Autor Juan Fernando Sellés
Curso y Apuntes sobre la antropología filosófica


Ciñámonos, pues, con rigor a la prueba, por lo demás, clásica, de la inmorta-lidad . La inmaterialidad del alma humana se descubre por la inmaterialidad de sus facultades. Las potencias inmateriales del alma humana son la inteligencia y la voluntad. Cada una de ellas posee distintos y variados actos u operaciones que permiten conocer o querer, y cada uno de esos actos posee objetos conocidos dis-tintos, o tiende a realidades queridas distintas. Debemos, por tanto, demostrar la inmaterialidad de los actos y de los objetos de la inteligencia y de la voluntad, pues la espiritualidad del alma se demuestra por la espiritualidad de sus faculta-des; la de éstas, por la inmaterialidad de sus respectivos actos, y la de éstos por la inmaterialidad de sus objetos. Atendamos, pues, a éstos últimos.

Nuestros objetos pensados son de diverso tipo: universales, generales e in-cluso irreales. “Mesa, silla, lápiz, árbol, etc.”, como objetos abstractos pensados, son universales. “Parte, todo, máximo, etc.”, como ideas pensadas son generales. Sin embargo, nada de la realidad física es universal como tales objetos pensados, ni tampoco general. “Cero, conjunto vacío, números rojos, etc.”, son irreales. En efecto, no existe nada real positivo, material, físico, que responda a esos nombres. Pero el significado de esos nombres lo podemos pensar. Podemos pensar incluso la “nada”, y es claro que la nada no tiene nada de material, ni siquiera de real. Luego, si somos capaces de pensar esos objetos es que nuestra inteligencia no es física, material. Y como nuestra inteligencia pertenece a nuestra alma, es decir, a nuestra vida humana, es claro que nuestra vida desborda lo corpóreo, lo biológico. No se agota con ello. Lo transciende.

Pensar que pensamos y querer querer tampoco tienen una finalidad corpó-rea, vital, biológica. Realizamos muchas acciones cuyo sentido desborda lo bioló-gico, e incluso a veces lo contradice (ej. Ana Frank no escribió su Diario por nin-gún fin biológico, pues con ello no se iba a ganar la vida o salvarla de la persecu-ción nazi, sino, casi con toda seguridad, todo lo contrario; tampoco los buenos filósofos buscan un fin material, físico, económico, biológico; por su parte, los héroes lo son porque dieron su vida por realidades humanas más nobles que las materiales; los santos, por asuntos ultraterrenos. Si estos grandes personajes de la historia fueron capaces de ello, es porque en cierto modo conocieron tales bienes, y es más que sospechoso pensar que tan gran multitud de gente tan correcta y sen-sata estuvieran mal de la cabeza o que la causa de ello -como decía socarrona-mente un antropólogo biologicista y culturalista en un reciente congreso- radicase en el exceso de vino o en la melancolía...

Es manifiesto que los ejemplos se podrían multiplicar. Si el alma puede ejercer operaciones inorgánicas, e incluso antiorgánicas, es señal clara de que el alma no sólo es más que el cuerpo y de que puede usar de él, sino también de que puede darse al margen del cuerpo. Como se puede apreciar, la inmaterialidad del alma humana no es un tema exclusivo de la fe sobrenatural, sino que se alcanza pensando de modo natural. ¿Qué no se ve? Pues entonces habrá muchos ámbitos de la vida real que quedarán sin explicar. ¿Qué no se quiere ver? ¡Qué le vamos a hacer! Las verdades no se deben imponer a nadie.

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