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La persona en la perspectiva cristiana

De Seminario de Antropologia

La persona


fuente > http://kaire.wikidot.com/antropologia-1-la-persona-en-la-perspectiva-cristiana


"En realidad sólo en el misterio del Verbo encarnado el misterio del hombre encuentra verdadera luz… Cristo… justo revelando el misterio del Padre y de su amor también desvela plenamente el hombre a sí mismo y le manifiesta su altísima vocación" (Conc. Vaticano II, Const. Past. Gaudium et Spes 22,1)

El término "antropología" nos recuerda enseguida que la cuestión capital es la reapertura del problema del sentido de la existencia humana y por tanto de su valor. En sentido riguroso y fundamental la cuestión antropológica coincide con la cultura tout court. Juan Pablo II, al principio de su pontificado, ha formulado de modo sugestivo y densamente dramático esta cuestión, sobre la cual aún ha vuelto numerosas veces, después de la gran Encíclica programática "Redemptor Hominis". "Si nuestras estadísticas humanas, las catalogaciones humanas, los humanos sistemas políticos, económicos y sociales, las simples posibilidades humanas no logran asegurarle al hombre que él pueda nacer, existir y obrar como único e irrepetible, entonces todo eso se lo asegura Dios. Por Él y frente a Él, el hombre siempre es único e irrepetible; alguien llamado y denominado con el propio nombre". (Radiomensaje navideño del 25 de diciembre de 1978). El Magisterio de Juan Pablo II no sólo es sensibilísimo al ponerse de la cuestión antropológica sino es, contemporáneamente, un factor cultural que la favorece y la promueve. Efectivamente reabrir la cuestión antropológica es solamente posible cumpliendo un balance crítico de la cultura moderno-contemporánea: una cultura que ha pretendido fundar al hombre y el valor prescindiendo de la dimensión religiosa de la existencia y reconduciéndolo exclusivamente al poder intelectual y moral y, por lo tanto, tecnológico-científico.

Así en la cultura moderno-contemporánea la persona humana, de sujeto libre y responsable de la historia se convierte en objeto de las más diversas manipulaciones. Para usar una expresión significativa de Grygiel, la antropología moderna es una antropología "profanada".

Individua substantia rationalis naturae
Las facultades cognoscitivas: la ratio
El intellectus
El ser es pensado, querido, amado
El cumplimiento de la identidad del hombre

[editar] El ethos - La persona

Quiero empezar nuestra reflexión con la definición, que ya se ha vuelto clasica, de persona humana dada por un filósofo de la primera edad media, Severino Boecio: persona es "individua substantia rationalis naturae", una sustancia individual de la naturaleza racional. Empezamos con la palabra racional, con los problemas epistemológicos. Santo Tomás ha reconocido en la facultad cognoscitiva de la persona humana dos aspectos o más bien dos funciones: una ha sido llamada ratio, razón, y la otra, intellectus, intelecto.

Para poder entender bien las palabras es indispensable sacar el sentido originario de su etimología. Las palabras, en mi opinión, nacen de la experiencia humana y están estrechamente, ligadas orgánicamente a esta experiencia y a la realidad vivida en tal experiencia.

Ratio deriva de reor y significa contar, calcular. Hoy esta palabra tiene un gran éxito, todos nosotros exaltamos el "racionalismo". Hoy esta ratio es aplicada sobre todo a las ciencias exactas como la matemática, la física, la biología.

Para funcionar, la ratio tiene antes reducir todo a una realidad que pueda ser calculada; luego el presupuesto del funcionamiento de la ratio es una reducción de la realidad, incluido el hombre, a una realidad calculable. En filosofía esto ocurre cuando la materia es expresada sólo a través la cantidad. Lo que cuenta para esta razón es la cantidad, la grandeza y el movimiento de la materia. Todos nosotros que hemos estudiado las ciencias exactas sabemos bien qué significa.

¿Cómo funciona esta ratio? Si reduzco un objeto a cantidad de materia señalada y soy determinado por el prejuicio por el cual de la realidad así reducida puedo hacer todo lo que quiero, ya que de la materia que se expresa y está determinada sólo por la cantidad, puedo hacer todo lo que me permiten hacer la materia y la cantidad misma, entonces no hay ninguna otra regla para mi comportamiento si no el tamaño y el movimiento (por ejemplo, si no logro saltar tres metros es sólo porque la materia y la cantidad me determinan de esta forma). Si no hay ninguna otra regla, de la realidad se puede hacer todo lo que se quiere. Quien conoce sólo por medio de la ratio, frente a una cierta materia antes tiene que saber lo que quiere hacer con ella. Entonces hace una hipótesis: si pongo esta cosa en una determinada situación debería comportarse de un determinado modo; es una hipótesis que después se tiene que verificar. Éste es el procedimiento de los científicos. Si logro conseguir de una materia lo que he querido aplicando la hipótesis que he hecho, puedo decir que mi hipótesis se ha verificado, pero no puedo decir que haya conocido esta materia que tengo delante.

Hago un ejemplo: estoy caminando por los campos de noche, hay la luna, veo un punto negro a cierta distancia; ¿qué hay? Como científico hago una hipótesis: quizás sea un ladrón. Para verificar tomo a un muchacho y le digo que el es un ladrón: si es un ladrón el muchacho debería asustarse. Pero aunque se asuste, aunque mi hipótesis funcione, no he conocido realmente que hay en aquel punto; otro muchacho podría no asustarse.

Nosotros hacemos una hipótesis sobre todo lo que existe y luego intentamos verificarla, si no sucede así la modificamos; de este modo nos construimos un mundo artificial, abstracto. Hoy nuestra civilización es así: vivimos en un mundo artificial, construido por las hipótesis y por los experimentos que verifican las mismas hipótesis. Este mundo no se orienta según la verdad de los seres, de las cosas, de este punto negro sobre el que he hecho muchas hipótesis (ladrón, elefante), sino está construido por las hipótesis, por las verificaciones y está impregnado por la eficiencia, por el éxito, no por la verdad de los seres.

Todo esto en la ética, en la vida moral, tiene consecuencias desastrosas porque hasta en la ética, ya desde hace tiempo, nos orientamos según el éxito y la eficiencia. Es muy significativo que también en el mundo eclesiástico, también en la pastoral se nos propone como primer objetivo la eficiencia. Todos estamos formados un poco de esta manera. Por ejemplo: cuando un muchacho encuentra una muchacha se comporta según una mentalidad ya formada: hace una hipótesis sobre la muchacha, por ejemplo es bonita, inteligente, rica, se enamora y quizás se casa con ella; de este modo no se ha casado con una muchacha, sino que solamente con una hipótesis sobre ella. Los jóvenes a menudo se casan con una hipótesis sobre la muchacha encontrada, no se casan con esta muchacha. Por consiguiente la vida se convierte sólo en una verificación de una hipótesis. Si la hipótesis no se verifica, o se verifica sólo parcialmente, tiene que ser cambiada. (Cada hipótesis puede ser modificada porque sólo explica un detalle). El divorcio a menudo no es abandonar a esta muchacha, porque no la he conocido nunca, si no abandonar una hipótesis sobre ella, se divorcia de una hipótesis; en este caso hasta el matrimonio no ha existido. Toda nuestra vida corre el peligro de ser reducida a construcción de hipótesis y verificaciones, de ser un experimento o una serie de experimentos; el amor mismo se convierte en un experimento.

Esta actitud frente a la realidad y al mundo que ello produce, lo llamo racionalismo. De este mundo racionalista emergen muchos problemas: en el matrimonio, en la vida personal e interpersonal. También emergen los problemas ecológicos porque también reducimos el árbol a un ejemplo, a una hipótesis, sólo considerándolo como una cantidad de materia del que podemos hacer cualquier cosa sin respetar la verdad misma del árbol, su ser sujeto, su ser algo ya determinado. Así reducimos toda la verdad del árbol a su cantidad de materia y movimiento. También el hombre es considerado de este modo.

Tal mundo antes o después se revela no racional, si no irracional. El racionalismo no es racional, sólo construye un mundo adulterado, artificial, abstracto. Quien vive en el mundo artificial del racionalismo ya no tiene ningún contacto con la realidad. En la civilización técnica todos vivimos "en las nubes", en la abstracción, no tenemos contacto con lo que existe, y hasta con nosotros mismos, porque también nosotros construimos hipótesis sobre nosotros, y su efecto siempre es un desastre. En un mundo de ste tipo falta el contacto con lo que existe y tal como existe: falta la verdad.

El razonar como calcular puede ser también desarrollado por una máquina: en el mundo abstracto, racionalista, el hombre cada vez más es reemplazado por máquinas calculadoras, porque la máquina cuenta mejor, es más eficiente; la regla es: mínimo esfuerzo, máxima eficiencia.

Heidegger dice que las ciencias exactas de hoy no piensan. Nosotros podemos decir hasta que lo científico, en cuanto científico no piensa, sino calcula, hace hipótesis sobre la materia, y si la realidad es reducida a la materia y a su cantidad, no nos queda más que calcular con precisión.

La otra función de la facultad cognoscitiva, de que ha hablado Santo Tomás de Aquino, es el intelecto. La palabra intelecto, también desde el punto de vista de su etimología, nos dice algo muy profundo. Santo Tomás nos ha dado una etimología equivocada, pero en este error nos ha hecho vislumbrar una gran intuición sobre el funcionamiento de esta facultad cognoscitiva. Según él intellectus deriva de intus legere, leer dentro, en el íntimo de la realidad. La verdadera etimología es en cambio otra: inter legere, leer entre. Nosotros seguimos la etimología de Santo Tomás porque expresa su verdadero pensamiento. Intellectus, leer dentro de un ser, significa que tengo que entrar dentro de este árbol, dentro de esta flor, dentro de este hombre si quiero conocerlos; entrar dentro y mirar, no construir, sino mirar y leer lo que es la realidad.

Santo Tomás llama este acto de mirar dentro y desde dentro de la realidad, intuitio (Nosotros hemos banalizado este concepto: la intuición no es un presentimiento, si no es un mirar). Intuitio deriva de in tueri: tueor significa custodiar, vigilar. Leer la realidad tal como es, significa velar sobre ella, custodiarla. El que conoce así la realidad es protector de ella, respecto a lo que ella es. Conocer la verdad del árbol, de la flor, del hombre significa velar, custodiar, defender su verdad, es decir su identidad. Heidegger dijo que, no lo científico, sino el pensador, el hombre sabio, es pastor del ser.

Si es así, es posible afrontar el conocimiento del hombre en dos modos: desde un punto de vista racionalista, que no es racional y sólo permite disponer una hipótesis sobre el hombre; o bien, desde el punto de vista intelectual, podemos tratar de leer dentro de lo que él es, viviendo así en un continuo estupor frente al árbol, a la flor, pero sobre todo frente al hombre. Esta actitud intelectual nos lleva al hombre concreto, no a una idea del hombre. También la metafísica sólo es posible sobre el plano intelectual; lamentablemente también nosotros hemos construido una metafísica racionalista, que habla de un concepto abstracto del ser, pero una metafísica tal es una ciencia falsa, una imitación de la ciencia, es una construcción de teorías que no nos acerca a lo que existe. Estudiando el pensamiento de Rosmini, he encontrado en él un genial sentido de lo concreto y el rechazo de la abstracción y de las hipótesis sobre lo que existe.

Rechazamos una filosofía abstracta porque queremos conocer al hombre concreto. Es lo que Boezio expresa en su definición diciendo que la persona humana es una sustancia individual, no es una cosa abstracta sino esta realidad concreta.

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