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La política y el derecho

De Seminario de Antropologia

Autor Juan Fernando Sellés
Curso y Apuntes sobre la antropología filosófica


a) La política. Ésta, como la ética, regula las relaciones interhumanas, pero se distingue de aquélla en que la política regula las acciones que tienen una repercusión social de mayor envergadura. Se podría decir, que la política continúa la ética, porque no dirime acerca de las acciones de cada quién, sino de aquéllas que se realizan en común en un ámbito determinado (municipal, regional, nacional, internacional, mundial, etc.). El fin de la política es la mejoría de los ciudadanos . Se mejoran según virtud. ¿Cómo notar si un gobierno dirige bien? Si los ciudadanos incrementan su libertad para. ¿Cómo si mal? Si éstos se aferran a la libertad de (en rigor, si se pegan a la libertad de “hacer lo que les da la gana”). ¿Qué distingue a una libertad de otra? La libertad de es ayuna de verdad, y una política que no se asiente en la verdad tiene como efecto el caos social: la ingobernabilidad. Gobernar es coordinar las alternativas suscitadas por las personas, de modo que por medio de ellas las mismas personas mejoren como hombres en el seno de la sociedad que forman. Por eso, también en éste ámbito, la omisión en la oferta de alternativas (ordinariamente ligada a la mera protesta) por parte de ciudadanos de un grupo social, de un partido político, etc., es peor que una alternativa deficiente o mediocre.

Atendamos a algunos modelos recientes de sociedad. El liberalismo sostiene que el bien común es efecto del vicio privado, del enriquecimiento de cada uno de los individuos que da como resultado el enriquecimiento de la población, en virtud de una ley anónima, impersonal, llamada por A. Smith la "mano invisible". Según esta ideología, si se persigue directamente el bien común no se consigue, porque el hombre es egoísta por naturaleza. Por su parte, para el marxismo, es la llamada dialéctica (lucha) la que permitirá alcanzar en el futuro el equilibrio de las riquezas entre todos los individuos de la colectividad. Pero la dialéctica no deja de ser tan impersonal como la "mano invisible" del liberalismo económico. En rigor, ambos movimientos coinciden en cuanto a este punto tan central como paradójico: el hombre, que es, en rigor, el agente económico, está regido por fuerzas externas impersonales e incognoscibles que le dominan. El agente económico no pasa, pues, de ser una marioneta, cuyos hilos son movidos por una fuerza anónima, que pese a ser desconocida, se espera de ella que lo representado en el teatrino sea comedia en vez de tragedia .

Derivado del liberalismo surgió el capitalismo , que llega hasta hoy. La visión que en este movimiento se tiene de la economía es como de un juego de suma cero. De ahí que la desmedida riqueza de unos pocos sea proporcional a la pobreza o miseria del resto de la población. Esa actitud motiva en la clase rica la explotación, que es un tipo muy inhumano de robo, y en la clase pobre la desmotivación, el pesimismo, la falta de rendimiento laboral y el robo material, que es el juego de suma cero al alcance de los pobres. Por otra parte, la deriva del marxismo en los países occidentales europeos dio lugar al socialismo, para quien la burocracia juega el papel ordenador que los movimientos anteriores reservaban a la "mano invisible" y a la "dialéctica". Socialismo es, desde el punto de vista de la antropología, el postulado que afirma que cada hombre está en función de la sociedad y no la sociedad en función de cada persona. Por eso, tiende al igualitarismo y a uniformar por lo bajo en todos los ámbitos (económico, cultural, conductual, etc.). No nota, por tanto, que lo personal salta por encima de lo específico, de lo social. La libertad personal, en tal sistema languidece por falta de iniciativa. Y a la postre, como ese postulado es un constructo irreal, despersonalizado, de esa coyuntura se aprovechan los que detentan el poder, por ocupar una desigual posición con respecto de los demás . Pero el socialismo no es sólo un problema en político o social, sino antropológico. Con todo, ni el capitalismo ni el socialismo ni los políticos corruptos se dan cuenta a fondo de qué sea la economía y la política. En efecto, éstas no son un juego de suma cero sino un juego de suma positiva, aunque no principalmente para el bolsillo, sino para la virtud.

b) El derecho. Por otra parte, el derecho es, o bien la copia, o bien la continuación de la naturaleza humana llevada a cabo por el aporte de la persona humana. A la copia responde el derecho natural. A la continuación, el derecho positivo. El derecho, no es pues directamente lo que construyen los juristas, ni lo que debería custodiar la veracidad práctica de los abogados. El derecho tiene, o bien que responder a la naturaleza humana, o bien continuarla. El derecho es el arte que plasma la ética en lo social. Sin ética no hay cohesión social y sin derecho tampoco . Un "estado de derecho", si no significa un estado ético, carece de significado. El derecho es la prueba palmaria de que un individuo sólo es absurdo e inviable, pues la ley norma en común, no a individuos aislados. Las bases de la ética son decíamos los bienes, las normas y las virtudes. La clave de la bóveda de la ética añadíamos es la virtud. Pues bien, de entre esas tres y sin descuidar las otras, el derecho tiene más que ver con las normas. Las normas deben estar en función de la adquisición de bienes y de virtudes. Las normas sin bienes y sin virtudes son insostenibles, y un derecho ceñido sólo a ellas no pasa de mero formalismo. Por tanto, si el derecho se desvincula de su fin ético, aunque se llame positivo, es siempre humanamente negativo.

Si el motor de la ética es la felicidad, también lo será del derecho. Si la condición de posibilidad de la ética y su fin es la libertad, es decir, la persona, también lo será del derecho En efecto, un derecho es mejor que otro en la medida en que sea más apto para manifestar la libertad personal humana, y en la medida en que se haga en función de ella, entendiéndola conviene insistir como libertad para, no como libertad de. El derecho debe reglamentar el ámbito de la manifestación humana, no el de lo personal, su intimidad. Regula, pues, el ámbito del disponer humano, no el del ser. Por eso puede regular toda la cultura. Si es susceptible de dirigirla es porque es superior a ella, o es su forma superior. Al ámbito del disponer humano los juristas lo llaman títulos. Ser titular indica ser poseedor, sujeto que tiene en su mano asuntos culturales que sobrepasan lo meramente natural. Y como todos los asuntos culturales están interconectados formando un plexo, hay que arbitrar los límites en las posesiones. Título y arbitraje son, pues, las dos claves en que se dualiza el derecho . Por su parte, de la dualidad entre títulos y arbitraje, uno de los dos miembros debe ser superior al otro. Aunque sólo sea por su referencia temporal, alguna pista podemos obtener. En efecto, los títulos se refieren más al pasado y el arbitraje al futuro. Si el hombre es un ser de proyectos... el arbitraje debe ser superior a los títulos. Y de hecho lo es, porque son las decisiones las que versan sobre los títulos, los modifican, los cambian, etc., y no al revés. Información sobre la superioridad de uno sobre otro también se consigue reparando en las facultades humanas en ellos implicadas. En los títulos se compromete más la razón; en el arbitraje, la voluntad. Pero ya se dijo que la voluntad, por estar más unida a la persona, es superior a la razón.

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