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La recuperación de la persona y el descubrimiento de su intimidad

De Seminario de Antropologia

Autor Juan Fernando Sellés
Curso y Apuntes sobre la antropología filosófica


La recuperación de la persona humana tiene, en cierto modo, algunos precedentes en el existencialismo (Kierkegaard, Marcel, etc.), en la fenomenología (Hildebrand, Edith Stein, Scheller, etc.) y en el neotomismo (Maritain, Gilson, Fabro, Pieper, etc.). También en algunas corrientes de pensamiento de mediados del s. XX como fueron la filosofía del diálogo (Ebner , Levinas , Buber , Rosenzweig, etc.) y el personalismo (Mounier ) se intentó destacar la irreductibilidad de la persona humana a los materialismos y colectivismos en boga. Asimismo, ayudó en esa dirección la renovación de la teología por algunos autores lúcidos e influyentes (Guardini , Von Balthasar , De Lubac , Mouroux , Pannenberg , Rahner , etc.). También la de Taylor es una antropología abierta a la trascendencia . Se trata, pues, de unos intentos de poner de nuevo en el candelero la dignidad de la persona humana.

Entre los autores actuales e independientes, no por ello menos profundos que los aludidos, y que han logrado dotar de un enorme impulso al estudio de la antropología, se pueden mencionar, a título de ejemplo, los siguientes: Leonardo Polo y K. Wojtyla, a los que se atenderá concisamente más abajo. Junto a ellos, pero de orden secundario, disponemos de muchos trabajos sobre el hombre, hasta tal punto que -como se indicaba en el Prologo- han logrado poner de moda esta materia. Entre los múltiples pensadores destacan varios españoles . En efecto, hay quienes estudian la concepción del hombre de Zubiri , que describe certe-ramente al hombre como “ser-con”; otros, a Julián Marías , que sostiene la po-sibilidad de una antropología metafísica. La antropología vendría a ser, pues, una parte, de la metafísica, como una concreción específica del ser que estudia aqué-lla; algunos otros se fijan en Millán Puelles como en su maestro, que hila muy fino al describir lo que él llama “estructura de la subjetividad”, y que sostiene, siguiendo en cierto modo a la tradición, que se puede concebir al hombre como sustancia. Se atiende también a pensadores de otras nacionalidades tales como Robert Spaemann , que desde la ética apunta a una antropología de la persona no reductiva a su naturaleza; algún otro, aunque desde un planteamiento más cul-turalista atiende a la visión del hombre de René Girard ; algunos dan cierta relevancia a Soloviev, tal vez el pensador ruso reciente más prominente; otros, sobre todo en el ámbito americano, a McIntyre, o a Taylor, aunque estos autores están más preocupados por la sociedad que por la intimidad humana, etc. En suma, los estudiosos de la antropología tienen, por así decir, “puesta la antena” para ver “por dónde salta la liebre”, es decir, fijarse en qué figuras relevantes aparecen en le ámbito internacional. De entre ellas, las dos arriba mencionadas ya han aparecido y su relevancia es indiscutible. Destaquémoslas sumariamente.

Leonardo Polo propone para abordar la antropología una ampliación del ámbito de lo trascendental, es decir, ofrece la propuesta (la aceptación, en consecuencia, es libre) de ver la antropología como no encuadrada dentro del ámbito de la metafísica, porque el ser del que trata la antropología, el ser humano, no se reduce al que estudia la metafísica, el ser del universo, sino que es superior. Se trata de un intento muy profundo de superación, sin precedentes, tanto de la antropolo-gía clásica como de la moderna y contemporánea . La antropología es la obra culminar de Polo, pero ésta hubiese sido imposible sin un método peculiar, bien armonizado con una rigurosa teoría del conocimiento humano (disciplina de ordinario omitida en las antropologías del s. XX), que ha permitido dirimir con exactitud los distintos niveles del conocimiento humano y, en consecuencia, el modo apropiado de alcanzar y desvelar tanto el acto de ser personal como la esencia humana. La clave del enfoque antropológico poliano reside en el planteamiento dual. En efecto, el hombre está conformado por un cúmulo de dualida-des jerárquicas entre sí, y ello tanto en la esencia humana (objetos-actos, ac-tos-hábitos, hábitos-virtudes, razón teórica-razón práctica, razón-voluntad, potencias superiores-alma, sindéresis, o ápice de la esencia, etc.) como en los radicales personales del acto de ser del hombre (co-existencia-libertad, conocer-amar personal). A la par, esa jerarquía real de corte dual debe entenderse en el sentido de que el miembro inferior está al servicio del superior y es inexplicable sin él, y que éste favorece al inferior y se dualiza a la vez con otro superior. De ese modo no se cede a un planteamiento analítico y, por tanto, reductivo por excluyente, sino a otro de cariz sistémico (en absoluto sincretista), por ofrecer sus descubrimientos jerárquicamente ordenados. Como Polo es netamente cristiano, también admite que la última palabra para explicar las profundidades del ser humano es precisamente la Palabra, esto es, su clave radica en vincular la antropo-logía con la Cristología. Intentaremos seguir sus propuestas a lo largo de las lecciones que siguen.

En Karol Wojtyla tal vez sea oportuno destacar dos periodos: uno más propiamente filosófico y otro de índole más teológica, aunque en ambos se nota que la filosofía y la teología, la razón y la fe, se entrecruzan y se ayudan mutua-mente, como ha sucedido en la doctrina cristiana y como él mismo autor recomienda en su encíclica Fides et ratio. El comienzo filosófico de Karol Wojtyla fue –como él confiesa– un empeño ético, no antropológico, consistente en subsanar los déficits en esta materia que encontró en los autores clásicos como Tomás de Aquino, modernos como Kant y contemporáneos como Scheler, porque no estudiaban las manifestaciones éticas de la persona humana en tanto en cuanto que engarzan o apuntan al núcleo personal . Por otra parte, en los escritos del pontificado de Juan Pablo II, aparecen, como de muchos es conocido, muchas referen-cias profundas a la persona humana, tanto a su parte corpórea como a la espiritual . El climax antropológico apunta, desde la fe y siguiendo las pautas del Concilio Vaticano II , a la revelación del ser humano por parte de Cristo . La Revelación sobrenatural aceptada por la fe y profundizada por la teología añade sobre el carácter co-existencial de la persona humana con su Creador, el dato revelado. La persona humana, con la gracia, alcanza a saber no sólo el nombre pro-pio de Dios, sino también que sólo éste puede revelar de modo completo el nom-bre propio de la criatura humana. Con la elevación divina, el hombre sabe cómo es personalmente el Dios con el que coexiste, qué ha revelado el de sí en la histo-ria y qué revela a cada quién en su intimidad personal. --- Si, según Leibniz, toda filosofía es verdadera en lo que afirma y falsa en lo que niega, también toda antropología filosófica será verdadera en lo que descu-bre del ser humano y falsa en lo que a su realidad le niega. Por eso, no todas las antropologías filosóficas valen lo mismo y están en le mimo plano. Serán más verdaderas las que más descubran del hombre y más falsas las que menos descu-bran y, como consecuencia de obcecarse en lo descubierto, más le nieguen.

Por eso, toda antropología que se precie debe dejar la puerta abierta a nuevos descubrimientos. No existe en este tema problema alguno acerca de un supuesto agotamiento del saber, pues la realidad personal es de una riqueza in-abarcable por las solas fuerzas humanas. También por eso, al proponer una propedéutica de antropología trascendental, lo que se busca es que quien venga detrás descubra irrestrictamente más de lo que aquí se esboza.

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