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Las dualidades de la vida humana

De Seminario de Antropologia

Autor Juan Fernando Sellés
Curso y Apuntes sobre la antropología filosófica


La vida natural humana es el vivificar del alma al cuerpo, y lo vivifica tem-poralmente, pues su tarea termina (de momento) con la muerte. La vida natural humana aúna la vida vegetativa de nuestras células y la vida sensitiva de nuestros órganos. La vida personal humana, en cambio, es la vida espiritual, la de cada persona humana que dispone de todas aquellas funciones y facultades de la vida natural. Como veremos, esta vida personal no vivifica directamente al cuerpo y a las diversas potencias, y perdura tras la muerte. Advertir eso será dar el paso de la vida biológica (la vegetativa y sensible) a la vida espiritual. Además, como tam-bién se tendrá ocasión de exponer, la vida personal de cada quién activa la vida intelectual de nuestras potencias superiores inmateriales (inteligencia y voluntad), vida a la que suele llamarse intelectual, voluntaria, psicológica, etc., y que, aun-que vinculada a la vida natural, no depende de ella para su crecimiento.

A la vida natural se puede llamar vida recibida, pues la biología que con-forma nuestra corporeidad la hemos recibido de nuestros padres; es nuestra dota-ción genética. En cambio, a la vida que cada persona humana añade sobre la vida natural recibida, y también sobre las potencias espirituales, la podemos denominar vida añadida . La primera, la vida recibida, es el compuesto somático, celular, que recibimos de nuestros progenitores por generación. En efecto, de ellos recibi-mos el cuerpo, no la persona que cada uno es, pues ellos no son ni inventores, ni siquiera conocedores de qué persona somos. Más bien su cometido es aceptar que seamos la persona que somos y estamos llamados a ser. La persona humana no es tampoco una autocreación de sí misma ni de la cultura o historia. Una persona humana es un don personal otorgado por alguna persona capaz de esa donatio essendi. Otorgar el don que una persona humana es, como se verá más adelante, es exclusivo de Dios. La segunda, la vida añadida, en cambio, es el partido que no-sotros, cada quién, sacamos de nuestras facultades, en especial de las potencias superiores. Obviamente añadimos diversas formas de vida en nuestras facultades con soporte orgánico (sentidos, apetitos, etc.), pero donde más se capta la añadi-dura personal -porque está abierta a la aceptación irrestricta de crecimiento- es en dichas facultades inmateriales (inteligencia y voluntad). Quien les añade es la per-sona. Por eso, además de la vida recibida y la añadida debe repararse en la vida personal, única garante de aquéllas.

La clave de la vida natural es el crecimiento. Crecer también es el fin de la vida intelectual y volitiva. La vida personal también es crecimiento, y por encima de ella, elevación, pues Dios puede dar más vida personal que la que inicialmente nos ha dado. En efecto, se puede aceptar ser más la persona que se está llamado a ser, si ese más personal nos es concedido. Por eso, la vida personal también admi-te una dualidad. Puede ser, o bien vida elevable, o bien vida elevada. La primera es la apertura nativa de toda persona humana a su Creador, a quien debe su ser personal. La segunda consiste en la aceptación del don divino mediante el cual una persona humana, sin dejar de ser quien es, coexiste de un nuevo modo más íntimo, estrecho y personal con Dios. La primera está en función de la segunda. Ambas son propias de la presente situación humana. Por su parte, la vida elevada está a expensas de culminación desde Dios, es decir, de coexistir de tal manera con él que jamás se pueda dejar de hacerlo. Por eso, la vida personal elevable se dualiza con la elevada, y ésta, a su vez, con la vida eterna. Pero como la persona es libre, esas dualizaciones no son necesarias.

Lo nativo radicalmente distinto entre los hombres es únicamente la persona, el cada quién, la raíz de todas las perfecciones humanas, de todos los cambios y matices. No hay dos personas iguales. No hay dos personas parecidas en cuanto a lo nuclear de ellas. Si pudiéramos responder por la pregunta acerca del quién es tal o cuál persona, no cabrían dos respuestas afines. Por eso, aunque quepan defini-ciones de hombre, no es buena ninguna definición de persona, pues, en rigor, re-queriríamos una para cada quién. Con todo, en el último Tema de este Curso se expondrán 4 rasgos que caracterizan a toda persona: co-existencia, libertad, co-nocer y amar. Pero si bien estos radicales "describen" a las personas, no las "defi-nen". Además, esos 4 rasgos son distintos en cada quién. Además, esta radicalidad personal distinta es el origen de muchas distinciones en lo común a los hombres. Es, por ejemplo, la clave por la cuál unos hombres desarrollan más que otros la inteligencia, o las virtudes o vicios, o la imaginación, o cualquier otra facultad, o tal o cual cualidad corpórea, etc., que constituye lo que hemos llamado vida aña-dida. Lo novedoso de cada quién llena de matices en el transcurso de la vida a las manifestaciones humanas de esas potencias que son comunes a todos los hombres. Así, por ejemplo, es propio de los hombres hablar, si bien los tonos de la voz, las expresiones y matices son peculiarísimos de cada quién. Hay biografías semejan-tes, que algunos literatos como Plutarco, aprovecharon para escribir libros con el título de Vidas paralelas. Pero, en rigor, cada uno es cada uno, distinto, irrepeti-ble, radicalmente novedoso, sin precedente ninguno como persona, y sin conse-cuentes.

En suma: lo común en los hombres es la naturaleza humana. Lo distinto, la persona. Obviamente, la radical distinción entre personas es debida sólo a la rea-lidad personal, no a la naturaleza humana, tómese ésta en referencia a su corpo-reidad o a otras características de su humanidad. Claramente no se da esa distin-ción en los animales. En efecto, éstos no son radicalmente distintos entre sí, por-que ninguno añade una nota radical de más que salte por encima de las notas que caracterizan a su especie. Por eso todo animal está subordinado o en función de su especie. En cambio, lo peculiar de cada hombre no es propio de la humanidad sino suyo personal, propio y, además distinto en cada quién, superior a lo común humano. Por ello, el hombre no está en función de la especie humana, porque ésta es inferior a cada persona. La verdad es justo la inversa: lo propio de la humani-dad está en función de cada persona humana. En efecto, cada persona humana en vez de subordinarse a lo común o genérico de los hombres, lo que hace es subor-dinar a sí misma lo propio de la naturaleza o especie humana (ej. subordinamos la memoria sensible, que es propia del género humano, a nuestros intereses persona-les, familiares, laborales, etc.).

Atendamos ahora a una nueva dualidad en lo humano, no para complicar aún más las cosas humanas, de por si bastante complejas, sino precisamente para intentar desvelar la compleja dualidad humana. Se trata de la que media entre el acto de ser y la esencia humana. El acto de ser equivale a la persona que se es y se será. En cambio, la esencia humana, que no es la naturaleza humana -aunque es la raíz de los desarrollos de ésta-, es inferior a la persona. Con palabras de la filosofía moderna, se puede caracterizar la esencia humana como el término yo. El yo es la fuente que activa progresivamente, y de un modo u otro, la inteligencia y la voluntad, y a través de éstas modula de un modo u otro la naturaleza orgánica humana. A esta realidad se denominaba alma en la filosofía clásica. En este senti-do el alma, el yo o la esencia (términos equivalentes) es el principio de lo que vivifica, sea lo vivificado natural o intelectual. La esencia humana es más perfec-ta, más acto, que la vida natural, pero menos que la vida personal. Por eso al comparar el acto de ser humano con la esencia humana la distinción debe ser ma-yor (más real) que entre el acto de ser y la naturaleza humana, pues se da entre realidades más activas.

Una última dualidad humana, tal vez la más importante, es la que media en-tre la vida humana (natural, esencial, personal etc.) en la presente situación histó-rica y la vida posthistórica. Es manifiesto que tanto en una como en otra caben modos de vivir muy diversos, aunque todos ellos se pueden reducir a dos: vivir de acuerdo con la persona que se es o lo contrario. A lo primero se puede llamar vivir bien (feliz); a lo segundo, mal. Además, la vida buena de la presente situación mantiene una afinidad muy marcada con la felicidad de la vida futura. Por su par-te, la buena vida de la vida terrena tampoco es heterogénea con la infelicidad tras la muerte. Por su parte, en la historicidad de la vida presente también se dan di-versas dualidades, es decir, alternancias entre épocas de esplendor y periodos de crisis, a las que aludiremos a continuación en el epígrafe 3. En los siguientes -del 4 al 6- abordaremos el sentido de la vida buena y el de la buena vida o problema del mal. Y al final del Capítulo, tras atender al problema de la muerte, se aludirá a la inmortalidad y vida post mortem.

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