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Las manos, el rostro y la cabeza
De Seminario de Antropologia
| Autor Juan Fernando Sellés Curso y Apuntes sobre la antropología filosófica |
Estas partes corpóreas humanas guardan todavía más rasgos distintivos con el resto de los animales. Atendamos a las manos. La finura de la piel en las manos indica más sensibilidad, más posibilidad de captar matices de la realidad sensible. Las manos no están determinadas para una sola función, sino que pueden realizarlas todas. Aristóteles las llama, por ello, el “instrumento de los instrumentos” , porque con ellas podemos hacer cualquier actividad práctica. Están hechas para tener y hacer, es decir, para usar, manejar cosas naturales, y para fabricar artificiales. Son susceptibles de percibir muchos matices de lo real, y también de conformar esos tonos. Piénsese, por ejemplo, en las manos de un pianista. Son perfectamente compatibles también con el lenguaje, pues acompañan con sus gestos la expresión de lo que uno lleva dentro, y, por consiguiente, con el pensar y con el querer. Por eso, no sirven sólo para usar o construir, sino también para dar, ofrecer (manifestación de afecto es, en muchos países, dar un buen apretón de manos; muestra de entrega enteriza es, por ejemplo y en todas las latitudes, su adoptar una posición orante, etc.). Y también, y fundamentalmente, las manos manifiestan el aceptar personal humano, porque en el hombre es primero y más importante aceptar que dar. Las manos son muy expresivas. Sus gestos son muy significativos, y admiten un sin fin de modalidades. ¿Y los brazos? Que están abiertos a diversos a varios usos es palmario: tenis, escalada, natación, danza, tareas agrícolas, artesanales, técnicas, de construcción, etc. Tal vez lo más expresivo que se pueda hacer con ellos sea, asimismo, aceptar. He ahí el sentido del abrazo paterno, del acunar materno, etc. Fijémonos en la cara. La cara dice Julián Marías es “una singular abreviatura de la realidad personal en su integridad” . Es más expresiva aún que las manos. El refrán popular acierta al sentar que la cara es el espejo del alma, aunque no sólo la cara, sino todo el cuerpo, puesto que cuando el alma está bien, el cuerpo baila (la inversa también es verdad). Armonizadas las diversas partes faciales pueden expresar alegría, tristeza, dolor, enfado, etc. La boca está provista de finos labios para hablar o sonreír. Poseemos dientes que no son específicos para desgarrar o rumiar, sino para comer de todo, para hablar, etc. El cuello humano está dotado de movimientos normales, ni rápidos como los de las aves, pues éstos nos impedirían pensar, ni tardos, como el camaleón, porque serían una rémora para percibir mejor el medio ambiente en el que nos movemos y del que adquirimos conocimientos. Nuestra lengua no es pesada, como la del camello, por ejemplo; o demasiado estrecha y fina, como la de las serpientes, lo cual nos permite articular la voz. Los músculos de las mejillas recubren bastante parte de las mandíbulas, de modo que no todo sea boca, como en los reptiles, etc., sino que permiten gesticular y manifestar muchos estados de ánimo. En efecto, esos músculos son ligeros, y por ello permiten hablar, sonreír, transmitir tristeza, angustia, dolor, temor, etc. La posición de nuestra nariz es inferior a la de los ojos, y el olfato que ella permite, inversamente al de los tiburones, por ejemplo, no supera en conocimiento al de nuestra vista, lo cual señala la superioridad de este último sentido sobre el precedente. El que los ojos ocupen un lugar superior a los oídos en el hombre, a diferencia del caballo por ejemplo, indica que en nosotros la vista es el sentido superior, el que más nos permite conocer, siendo así que realmente es el sentido más cognoscitivo. Además, los párpados, las cejas, etc., no sólo poseen una finalidad biológica, como la de evitar la entrada de polvo o sudor en los ojos, sino que con sus movimientos se expresa atención, perplejidad, picardía, etc. No tenemos los ojos a los lados de la cara, como las aves, los anfibios, etc., ni funcionan independientes uno de otro, como los de las ranas, sino delante para mirar de frente, y objetivar al unísono, porque eso facilita centrar la atención de nuestro pensar. La frente es recta, vertical, a diferencia de la de los monos, y no sirve para engastar cuernos, como en el caso de los toros o las cabras, sino para albergar más masa cerebral. ¿Y la cabeza? Nuestro cráneo ocupa una posición vertical sobre la columna vertebral, para mirar de frente. La posición del cráneo de los cuadrúpedos es horizontal respecto de su cuerpo, en disposición hacia el suelo, donde encuentran el alimento y su hábitat. En el nuestro, el cerebro ocupa la mayor parte de la capacidad craneana; en los animales, en cambio, es sólo una pequeña parte. Piénsese en los perros, caballos, etc. Nuestro cerebro dispone además de más neuronas libres, es decir, de aquéllas que carecen de una función biológica determinada (inervar el estómago, los ojos, etc.). El hombre también es el único animal que se peina, que se arregla de un modo u otro el cabello. No hacerlo no es natural al hombre (salvo para el calvo…), de modo que la dejadez, el descuido en ese aspecto, también posee un significado personal que el cabello deja traslucir. Por el contrario, dedicarle excesiva atención al cabello y a sus múltiples peinados también es muy significativo, pues no pocas veces denota vanidad (y no sólo en las mujeres…); otras, crispada protesta social; pertenencia a un clan, banda o pandilla, etc. En cualquier caso, y como en el resto de las facetas corporales, el cabello no debe tomarse como fin.


