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Las privaciones corporales: la enfermedad y el dolor

De Seminario de Antropologia

Autor Juan Fernando Sellés
Curso y Apuntes sobre la antropología filosófica

La enfermedad es la pérdida parcial del bien corpóreo más alto: la salud. La muerte es la pérdida total de ella. Salud es orden orgánico, armonía, no sólo fisiológica, sino también funcional. Que en el hombre la enfermedad es distinta de los animales es notorio, no por los agentes patógenos que la producen, sino por el modo de enfrentarlas. Para combatir esa privación hemos inventado toda una ciencia muy sofisticada: la medicina . En rigor, la medicina es una técnica instrumental cuyo fin es el intento de aplazar la muerte, no de vencerla definitivamente. Al principio la medicina tenía un marcado sesgo negativo, porque se trataba de eliminar o dar largas a toda costa un mal seguro. Luego ha adquirido otras facetas más positivas: la medicina preventiva, por ejemplo. En cualquier caso, su nivel de humanidad pasa por no escindir la patología del doliente humano. Comprender al paciente por parte del médico también es solucionar su enfermedad, porque ésta no es sólo corporal, pues el doliente es la persona, no sólo su cuerpo o alguna de sus partes. Ya vimos que el dolor es también una privación . El sufrimiento físico o moral afecta a la persona entera. No es, pues, lo contrario del placer sensible, porque mientras que en éste el sujeto no está enteramente comprometido, sí lo está en el dolor, pues duela lo que duela el doliente es uno. El dolor es, pues, como el mal, una carencia. No es ninguna realidad positiva, por eso es precisamente tan difícil comprenderlo. Es una carencia que tiene, según una tesis medieval, una vertiente física y otra moral. Pues bien, lo que hay que añadir a esa tesis tradicional, que ve el mal como ausencia de salud física o de salud moral, es que el dolor y el mal son algo que no afecta sólo a la naturaleza y esencia humanas (al cuerpo y a las facultades superiores de índole espiritual), sino que dolor y mal afectan también a la índole personal. El mal corpóreo es aquel que impide manifestar la unidad de la naturaleza humana. El mal moral es el déficit en la esencia humana que impide manifestar el ser que uno es en sus potencias espirituales: inteligencia y voluntad. El mal radical, el personal, es la carcoma en el corazón humano, es decir, la negación o rechazo del ser personal que se es. En la medida en que los dolores acceden a la intimidad, afectan más. No se trata sólo de carecer de algo debido en el cuerpo (por causa de enfermedades, lesiones, etc.) o en el alma (por falta de luces y sobra de límites en la razón, o pobreza de virtudes en la voluntad), sino que el yo que uno mantiene como símbolo de quien uno cree ser no acaba de responder al ser que uno realmente es. El yo es el carente (el yo no es la persona). Si eso es así, el dolor es acompañante inseparable de la condición humana. Ese es el núcleo del dolor, de modo que es condición de posibilidad del dolor físico y del moral. Si la persona humana no admitiera esa escisión entre lo que cree ser y lo que es, ese desorden, ese desgarramiento interno, aquéllos males –físicos y morales– no le podrían afectar. Más aún, tanto uno como otro mal están unidos en la persona humana, de modo que, en rigor, el doliente es uno, no su estómago o su infidelidad conyugal, pongamos por caso. También el dolor interno tiene su manifestación externa. Si el dolor afecta tan internamente a la persona, lo que está en juego ante el descubrimiento del sentido del dolor, es, en definitiva, el sentido de la persona humana. Por ello, la consideración de él como absurdo, como algo a erradicar o aniquilar a cualquier precio, es paralela a la visión de la persona como un sin sentido. Por el contrario, si se acepta no se trata sólo de soportar el dolor, sino de aceptarlo, se le dota de sentido. Si el dolor afecta a la persona, sólo se acepta enteramente de cara a quién lo permite y puede otorgarle completo sentido a la persona. Dado que el mal personal, se inicia en el corazón mismo del hombre (porque la persona lo acepta), más que pretender arrancarlo de sí con las propias manos, o con manos humanas ajenas, hay que recurrir a la ayuda divina, porque esa intimidad personal ni está enteramente en nuestras manos ni en las de los semejantes. La pregunta acerca del sentido del dolor hay que encaminarla hacia Dios, en cuyas manos está nuestro corazón, la intimidad, la persona.

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