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Las privaciones de la vida

De Seminario de Antropologia

Autor Juan Fernando Sellés
Curso y Apuntes sobre la antropología filosófica


La vida biológica humana es susceptible de muchos ataques. Atentan contra ella el aborto, la manipulación de embriones humanos, el homicidio, la eutanasia, el suicidio, las guerras, los genocidios, las torturas, etc., en una palabra, la violen-cia. Violencia es cualquier trato a la persona humana como si ésta no lo fuera . Pero un trato despersonalizante sólo es propio de quien tampoco se comprende a sí mismo de modo suficiente como persona, pues -ya se ha indicado- persona significa apertura personal a otras personas. Por eso el violento se incapacita a comprender el sentido de la persona humana, no sólo de la ajena, sino de sí mis-mo. Tampoco comprende su acción violenta, sencillamente porque cualquier ac-ción mala es incomprensible. En efecto, una acción violenta es carente de sentido, porque ni trasluce el sentido personal de quien la realiza, ni se realiza en orden a la aceptación personal de otra persona (realidades personalizantes de la acción), sino que es manifestación de la despersonalización de quien la ejecuta, y al no subordinarse a personas sino a lo inferior a la propia acción (dinero, placer, poder, fama, etc.) pierde sentido humano.

Cualquier sentido no personal (ideales políticos, militares, económicos, de bienestar, cósmicos, etc.) es inferior al sentido de una persona humana, porque una persona tiene más densidad real que aquellas realidades. Violentar o matar la vida natural de una persona por defender otros intereses es perder el mayor sentido posible por adherirse a otro mediocre; en el fondo, se trata de un mal negocio debido una falta de claridad mental, una ignorancia personal más o menos culpa-ble. No se trata sólo de que quien hace el mal, aborrezca la claridad, la luz externa del día, sino que oscurece la transparencia de su sentido personal interno y el de sus acciones. Especialmente graves son las violencias a la persona humana en las etapas de su vida natural más delicadas. De ese estilo son, por ejemplo, el aborto y la eutanasia. Por ello, tampoco la bioética es un invento humano, sino una comprensión de la naturaleza humana en sus estados más frágiles.

El aborto, lacra social de los ss. XX y XXI, es matar la vida biológica de una persona aún no nacida. Polo indica que es matar un proyecto . Que el hombre es hombre, persona, en el seno materno, es claro, puesto que si no lo fuera en ese momento, nunca llegaría a serlo. En efecto, es obvio que nadie da lo que no tiene. Más evidente es aún que nadie será persona si no lo es de entrada. Lo es, porque las manifestaciones que, pasado el tiempo, desarrollará (pensar, querer, etc.) de-penden del ser que se es. El acto precede siempre la potencia y al desarrollo de ésta, y en este caso el acto es la persona. Sin embargo, a pesar de que desde la concepción o fecundación se es persona, ni entonces, ni al ver la luz la persona dispone de una perfecta humanidad en su esencia, como tampoco la tendrá mien-tras viva, sencillamente porque ésta es siempre susceptible de mejora. Con la per-sona que somos, perfeccionamos a lo largo de la vida las cualidades humanas que tenemos. Ese es el proyecto en que consiste la vida de cada quién de tal modo que un minuto antes de morir de viejos tampoco dejamos de ser un proyecto humano y personal.

El hombre es un ser de proyectos, porque él mismo es un proyecto como hombre. El hombre no está clausurado nunca; nunca llegamos a ser completamen-te humanos. Por eso, la formación no termina jamás. Además, mientras vivimos en la situación presente nunca acabamos de ser la persona que estamos llamados a ser. Por ello, en rigor, abortar es matar a un hombre en cualquier periodo de su vida. El hombre nace abortado, porque biológicamente es inviable, deficiente; deficiencia que no colmará ni biológica ni personalmente nunca. El hombre siem-pre nace y muere prematuramente. Tratar mal orgánicamente, manipular las célu-las que son condición de viabilidad de una vida biológica humana (o usar para otros fines las células de seres humanos con vida, pero con deficiencias, -embrio-nes sobrantes congelados, deficientes mentales, etc.-), es evidentemente violentar la naturaleza biológica humana: una especie de neonazismo reciente.

El homicidio y el suicidio también son muertes prematuras. Si el hombre, no sólo en el cuerpo (sus células cambian periódicamente), sino también, y más aún, en su alma, nunca es plenamente hombre, es decir, nunca está acabado como hombre, sino que se está haciendo siempre, tan asesinato es interrumpir su creci-miento en el seno materno (aborto) como en la niñez (infanticidio), en la madurez (homicidio), o en la enfermedad grave o acusada vejez (eutanasia). Siempre se le mata prematuramente. La muerte para el hombre, llamado a crecer, es siempre prematura. Sin embargo, parece más grave matarlo tempranamente, porque se mata un proyecto divino antes de que el hombre responda libremente aceptando o rechazando, encauzando en una dirección u otra, tal proyecto.

De entre esas violencias la eutanasia parece especialmente grave (también esencialmente ignorante), pues se trata de causar la muerte, (menos mal que se procura sin dolor…), a alguien que está enfermo física o psíquicamente o cuya vida le aburre, pues los motivos pueden ser diversos, cuando en esa tesitura lo más pertinente es recordar al paciente que el fin del hombre es vivir. Es sabido que en la actualidad cualquier dolor de las más graves enfermedades terminales puede ser erradicado o aliviado en gran medida por la medicina. Además, como se ha expe-rimentado, la eutanasia conlleva otros agravantes sociales: la pérdida de confianza entre paciente y médico, la tergiversación del fin de la medicina, la arbitrariedad de las leyes civiles al respecto y su libre aplicación, etc., lo cual manifiesta a las claras la despersonalización que conlleva ese error. Conviene insistir en que todos estos atropellos derivan de la pérdida del sentido de la vida, pues el fin de ésta no es la muerte, tesis absurda, sino la Vida. Recuérdese: no se vive para morir, sino para vivir más.

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