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Noción de vida o alma

De Seminario de Antropologia

Autor Juan Fernando Sellés
Curso y Apuntes sobre la antropología filosófica

Nuestra época (y no sólo en el ámbito de la filosofía) alberga una actitud de recelo respecto de la noción de alma. A mucha gente la inclusión de este término en un libro o en una conversación le parece la injerencia de un elemento extraño en el mundo de los conceptos frecuentes. Por eso es pertinente atender primero a una aclaración terminológica: alma es sinónimo de vida. De modo que para los que dudan acerca de si el alma existe o no, tal vez les baste reparar en si están vivos.

Es tesis clásica que el alma es el principio vital de los seres vivos. La vida de cada ser vivo es lo que activa o vivifica todas las operaciones (ver, oír, imagi-nar, etc.) a través de las que ese ser se manifiesta. No es, por tanto, cualquiera de dichas operaciones ni la suma de ellas, sino su fuente. El alma es lo que constitu-ye a un organismo. Para los pensadores griegos y medievales el alma era el primer principio del cuerpo vivo; el origen de vida de los seres vivos . Según esta des-cripción, el alma no es, pues, una imaginación o una idea, ni tampoco una realidad que exista separada no se sabe dónde y que después se superponga al cuerpo como por ensalmo. No; es esa realidad interna que vivifica al cuerpo. El cuerpo vivo lo es gracias a ese principio que lo vivifica. La vida no es nada material, pues no es propiedad del cuerpo. Un cuerpo no está vivo por el hecho de ser cuerpo, puesto que caben cuerpos muertos. Sin embargo, al morir, al abandonarlo la vida, el cuerpo deja de ser orgánicamente cuerpo y se transforma rápidamente en materia inerte.

Se podría encarar el tema de la vida desde muchas perspectivas, por ejem-plo, la biológica, la del sentido común de la gente, etc. Ahora bien, desde esos ángulos sólo atenderíamos al sentido orgánico de nuestra corporeidad, a las accio-nes humanas, etc. Pero es claro que la vida humana no se reduce a un complejo sistema de células o de actividades. De modo de que para hacerse cargo de modo íntegro de la vida humana el método natural más viable -a pesar de los recelos a ella- es la filosofía, porque únicamente en esta disciplina el existente que la ejerce está enteramente comprometido . En efecto, la vida no se reduce ni a una parte del cuerpo ni a la totalidad armónica de sus células, ni a las actividades del vivo, etc. De manera que con unos enfoques biologicistas, conductistas, etc., no se podría conocer la realidad de la vida humana. En efecto, el alma humana (también la animal) es incognoscible por medio de cualquier técnica instrumental, como tam-poco la alcanza cualquier enfoque humano que use como método, por ejemplo, la observación (psicología, sociología, etc.), métodos en los que ni el investigador y el investigado coinciden, ni comparecen completamente. Por tanto, resulta perti-nente preguntar filosóficamente ¿qué sea la vida humana?

Sin embargo, como la vida humana admite muchos niveles que se aúnan en-tre sí formando parejas -a las que podemos llamar dualidades-, de entre las cua-les la más básica es aquella conformada por la vida natural y la vida personal, los filósofos para explicar la vida humana se fijan de ordinario en el miembro inferior de esa dualidad. No será en exclusiva nuestro propósito. Tampoco el de descuidar esa vertiente somática humana. Atenderemos a lo corpóreo humano en la IIª Parte de este Curso, a lo personal o íntimo que no es corpóreo en la IVª Parte, y del en-lace entre ambas en la IIIª Parte. Para explicar la vida que vivifica lo corpóreo podemos tomar como testimonio autorizado el de Aristóteles. A la pregunta sobre qué sea esa vida (y no específicamente la humana), la respuesta filosófica del Es-tagirita alude a un "movimiento" distinto de todos los demás. Se trata, según él, de un movimiento interno, unitario y regulado. Explicitemos las partes de esta tesis, también porque se pueden predicar adecuadamente de la vida humana.

Primero: la vida es un "movimiento" interno, es decir, desde dentro. La vida natural es automovimiento intrínseco. ¿Por qué entrecomillamos "movimiento"? Porque, en rigor, la vida es un movimiento muy especial, no como el de las demás realidades inertes que se mueven (i.e., el de los electrones, el de una máquina, el de un planeta, una galaxia, etc.), sino justo la diferencia pura respecto de esos mo-vimientos, a saber, en palabras clásicas, un acto. Lo propio de los movimientos de los seres inertes es que son extrínsecos a ellos, no nacidos desde sí. En cambio, lo propio del movimiento vital es que es intrínseco (por ejemplo, el movimiento del automóvil no nace de él sino del combustible, que es extrínseco a las piezas que conforman la mecánica del vehículo; en cambio, el movimiento vital de una ame-ba es suyo). Si lo característico de la vida es el desde dentro, el fin de la vida no puede estar fuera de ella, sino que debe ser interior (así, el fin del movimiento de un cohete no es él mismo cohete, sino, por ejemplo, llegar a la Luna; en cambio, el fin de los movimientos de un caracol es el propio caracol). Que el fin del mo-verse de los seres vivientes esté en ellos indica que su fin es vivir; más aún, alcan-zar más vida. Vivir es más que no tener vida; es una perfección, y como existen grados de vida, existen distintos grados de perfección. Por ello, el fin, el anhelo, de la vida no puede ser sólo vivir, sino vivir mejor, ser más vida, lograr una vida más perfecta. La vida, por tanto, está proyectada hacia el futuro, y en orden a él busca el crecimiento. La vida indica cierta interioridad, y también cierta apertura (apertura indica libertad). La una es correlativa de la otra. A más intimidad más apertura.

Segundo: la vida es un movimiento unitario. La unidad del ser vivo indica que existe un único principio unificador que es precisamente la vida del vivo. La unidad de las partes es referida al principio vital. La vida es automovimiento uni-tario. Sin unidad no hay vida, y los grados de vida son tanto más altos cuanto más integrados están. Por ejemplo, la vida de un animal integra mucho más sus órga-nos que la de un vegetal sus funciones vegetativas (hay vegetales de los que po-demos escindir un esqueje y plantarlo por separado dando lugar a una planta dis-tinta; esta operación es imposible con los animales). El hombre que aúna sus ape-titos a su razón está más vivo que el que no lo logra; el que posee unidad de vida está mucho más vivo que el de doble o triple personalidad; el que es más sociable con los demás es vitalmente más pujante que el que se aparta o disgrega de la convivencia, porque adquiere virtudes, que son formas muy altas de vida; por eso la familia, y no el individuo, es la célula básica social. Con otros ejemplos: una universidad tiene más vida (es más “universidad” y menos “pluridiversidad”) si es un proyecto común interdisciplinar gestado en torno a la búsqueda de la verdad; una sociedad es mejor cuanto más aunada está (como veremos en el Capítulo 9, lo que aúna a la sociedad es la ética). Dios es la misma unidad vital simple: la Iden-tidad. La unidad es síntoma vital, pues lo contrario de la vida, la muerte, es la dis-gregación, la separación.

Tercero: la vida es un movimiento regulado. La unidad implica orden inter-no, compatibilidad de todas las partes entre sí. Sólo se ordena lo distinto, y lo dis-tinto lo es según jerarquía. Ese orden se da, pues, por la subordinación de las par-tes inferiores a las superiores de las que dependen, y de todas respecto de un mis-mo principio. ¿Cuál? La vida. La vida es la que unifica y regula. Regular es orde-nar aquello que se vivifica. La regularidad interna del vivo muestra asimismo la inmaterialidad. Las diversas partes vivificadas pueden ser sensibles u orgánicas, pero el principio vivificador es más que orgánico, inmaterial, aunque en los vege-tales y animales no se pueda dar al margen de los componentes biofísicos. A más vida, más orden. Los diversos sistemas de un animal superior están mucho más ordenados que los de los animales inferiores, y las funciones de éstos mucho más que las de los vegetales. En el cuerpo humano el orden es espléndido, pero como la vida humana no se reduce a su vida corpórea, es obvio que admite ordenes di-versos al meramente biológico o sensitivo.

A más inmanencia, más vida. A más unidad, más vida. A más regularidad más vida. Los grados de vida se distinguen según los grados de inmanencia, uni-dad y regularidad u orden. De menos a más éstos son: la vida vegetativa, la sensi-tiva y la que de ordinario se llama intelectiva para referirse con ello a la vida hu-mana. No obstante, la humana tampoco es la vida culminar, pues es claro que no carece de límites ontológicos. La vida no es, pues, "democrática" sino netamente jerárquica. La vida es real, y lo real se distingue entre sí en que una realidad vital es superior a otra. Negar la jerarquía en este ámbito es síntoma de decadencia. Es muy bueno, por tanto, plantar un árbol. Mejor aún, cuidar de los animales. Supe-rior, engendrar un hijo. Más excelente todavía es ayudar a que ese hijo crezca en el saber y en la virtud (es decir, que desarrolle su inteligencia con hábitos y su voluntad con virtudes), pues éstas perfecciones son el crecimiento vital que él añade al estado nativo de esas potencias. Óptimo aún es ser elevado como perso-na, es decir aceptar la vida superior que Dios nos dé.

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