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Planteamiento. Aclaraciones terminológicas

De Seminario de Antropologia

Autor Juan Fernando Sellés
Curso y Apuntes sobre la antropología filosófica


Persona es sinónimo de espíritu. En cambio, persona no es sinónimo de hombre. La persona humana no se reduce a la naturaleza y esencia humanas. Es decir, la persona no equivale a ser hombre o mujer, a tener cuerpo, potencias, funciones..., sino que el tener una naturaleza masculina o femenina, un cuerpo, unas facultades y funciones pertenece a la persona humana, pero no es tal persona. Aprovechando la conocida distinción de Marcel entre ser y tener , se puede advertir que el ser no se reduce al tener. En efecto, ser persona no es ser hombre, porque existen personas que no lo son (las divinas y las angélicas). Ser persona humana es más que ser hombre. La persona es el acto de ser. El tener o el disponer forma parte de la esencia humana. De ahí resulta la primera y principal dualidad humana: la distinción acto de ser–esencia. En esa dualidad (como ocurre en todas las dualidades humanas) un miembro es superior y favorecedor del inferior, y el segundo, subordinado y al servicio del primero.

Con todo, como es claro, en la vida humana no siempre se puede disponer de la esencia (por ejemplo, durante la vida inconsciente, las lesiones y enfermedades, etc.). En esas situaciones es más pertinente hablar de naturaleza humana. Cuando esa naturaleza es desarrollada por la persona humana y es usada para disponer de un modo u otro, para obrar de una u otra manera, entonces se puede hablar de esencia humana. La persona esencializa la naturaleza humana al desarrollarla y disponerla. He aquí otra dualidad humana básica, aunque ontológicamente menor que la precedente: esencia–naturaleza. Por su parte, el hombre es un compuesto de alma y cuerpo. El cuerpo es la parte sensible de la naturaleza humana, la inferior; el alma, es la esencia humana, lo superior. Ambas están dotadas de una serie de facultades. Las del cuerpo son orgánicas; inorgánicas las del alma. En consecuencia, parece adecuado describir enteramente al alma de acuerdo con su función de ser forma corporis, como se acostumbra a decir, porque su papel más importante no está en función de informar o vivificar la corporeidad. Con otras palabras, aunque la unidad alma–cuerpo pertenece al orden de la naturaleza humana, por depender más el alma del acto de ser personal que de su vinculación al cuerpo, hay que describirla mayormente en atención a él, que es el único que puede activar progresivamente al alma con o al margen del cuerpo.

A su vez, el perfeccionamiento del alma y de sus facultades (inteligencia y voluntad) por parte del acto de ser personal se puede describir como la esencialización del alma, perfeccionamiento que, por tratarse de una realidad inorgánica, puede ser irrestricta. Por otro lado, el desarrollo del cuerpo humano y sus facultades, funciones, movimientos, etc., en una u otra dirección se puede explicar como la esencialización corpórea por parte de cada persona humana. Este desarrollo, por tratarse de una realidad orgánica es siempre limitado. El perfeccionamiento de la inteligencia se lleva a cabo mediante los hábitos adquiridos de esta potencia; el de la voluntad, por medio de las virtudes. La mejora de cada uno de los componentes de la corporeidad se lleva a cabo mediante el comportamiento: las acciones humanas. Sin embargo, aunque de ordinario se asimile alma y espíritu (o persona), en rigor, la persona humana no es un compuesto de alma y cuerpo , sino que dispone según su alma y su cuerpo. Por eso, espíritu y alma tampoco son estrictamente sinónimos . El alma es principio de operaciones (vitales espirituales y corpóreas); pero una persona no es ningún principio (por eso cabe la existencia de personas sin que principien ningún acto: por ejemplo, las divinas). Como de ordinario sólo se suele distinguir entre cuerpo y alma en el hombre, para evitar reducir la persona al alma, se puede tener en cuenta esa sutil distinción que descubrió Tomás de Aquino en el seno del alma, a saber, la distinción entre acto y potencia en ella . Según esta consideración, se puede asimilar la persona humana al acto del alma, y las potencias (inteligencia y voluntad) a lo potencial del alma. Con todo, en rigor, la persona es más que lo activo del alma, porque tampoco se reduce a ser acto respecto de las potencias espirituales (inteligencia y voluntad), porque se es persona al margen de ese principiar o dejar de hacerlo .

Por lo demás, el alma humana admite naturalmente dualidades jerárquicas en su seno . En efecto, la inteligencia es distinta de la voluntad. Las distinciones duales deben ser, asimismo, jerárquicas . Por su parte, es claro que las facultades del cuerpo humano en su estado de naturaleza se ordenan formando dualidades graduadas . El orden jerárquico es natural. El desorden –contrario a la naturaleza humana– estriba en intentar invertir de cualquier modo el orden establecido. Por otro lado, las distintas manifestaciones humanas (ética, lenguaje, trabajo, cultura, etc.), que lo son de la esencialización de la naturaleza humana por parte de cada persona, también son duales entre sí y deben formar un conjunto sistémico ordenado. El desorden responde aquí a no respetar el debido orden de subordinación de las inferiores a las superiores y de dirección o gobierno de las superiores respecto de las inferiores. Con todo, el elenco gradual de ellas y la justificación de ese orden dista mucho todavía hoy de ser aceptado.

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