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Reducir la ética a normas
De Seminario de Antropologia
| Autor Juan Fernando Sellés Curso y Apuntes sobre la antropología filosófica |
Por norma se entiende el imperio de la razón en su uso práctico que ilumina nuestra actuación y empuja a ella. Una norma moral es un precepto dictaminado por nuestra inteligencia sobre el actuar o no actuar, o sobre el hacerlo de una manera u otra. Tal mandato lo otorga la razón antes de que se desencadene la conducta práctica, y sigue imperando durante la acción. Las normas morales no son primariamente, pues, códigos de ordenamientos civiles, procesales, penales, etc., sino mandatos de nuestra razón que arrojan luz sobre nuestro modo de actuar antes de que éste se produzca, e imperan a que se realice de un determinado modo. Como se puede apreciar, tal mandato tampoco recae sobre personas ajenas que estén a nuestro servicio, sino sobre nuestras propias acciones. Gobernar bien nuestro comportamiento es ser verdaderamente señor de nuestra naturaleza y esencia. Desde luego que son muy importantes las normas, pues sin ellas, sin la claridad de la inteligencia en lo práctico (a lo que de ordinario se llama sentido común), la actuación humana es ciega o insensata. En esas circunstancias es mejor no actuar. Pero quedarse sólo con las normas como base de la ética, prescindiendo de bienes y virtudes es un reduccionismo ético. De ese estilo es el racionalismo ético, tesis netamente defendida por Kant . Sin embargo, hacer lo que se cree que está bien, según le dicta a cada uno su conciencia sin tener en cuenta la realidad es erróneo por deficitario.
La actitud que se atiene más a los valores que a los bienes, normas o virtudes es resultado de otra tesis ética, la que ofreció Scheler en el s. XX, un pensador con gran influencia kantiana en su bagaje filosófico . Con todo, si el valor no coincide con el bien, con lo real (recuérdese que Scheler pretende una desontologización de los valores), la aceptación del mismo no redunda en beneficio de la voluntad, es decir, no fraguamos virtudes sino costumbres, que pueden ser más o menos convencionales o extravagantes, pero respecto de las que nos muy problemático saber si o no buenas. El atenerse sólo a normas, puede encubrir, como el anterior reduccionismo, otro, a saber, no tener en cuenta la norma más alta, la que prescribe esa realidad humana que es la primera que impulsa a la acción, es decir, esa instancia a la que los medievales llamaban sindéresis. En efecto, si no se la tiene en cuenta, uno tiende a quedarse sólo en aquello a lo que empuja la conciencia moral . En cambio, la sindéresis empuja a obrar en orden al fin último, al bien sumo, a la felicidad; en el fondo, de cara a Dios. La conciencia, por su parte, empuja a actuar teniendo en cuenta los medios, que no son el fin último, pero que ya se ha indicado son indispensables para la consecución de éste.


