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Reducir la ética a virtudes

De Seminario de Antropologia

Autor Juan Fernando Sellés
Curso y Apuntes sobre la antropología filosófica


La virtud es la pieza clave de la ética, porque el bien en que ella consiste es superior al bien externo sensible, y porque ese bien es más estable y menos sometido a olvidos que las normas de la razón. Sin embargo, basar la ética exclusivamente en virtudes, al margen de los bienes reales y de las normas de la inteligencia, también es reductivo. En este error cayó el antiguo estoicismo. Actuando de este modo se intentaba el fortalecimiento de la voluntad. Ahora bien, un comportamiento que busque sólo el fortalecimiento interno de la voluntad, al margen del bien real que se alcance, no es un perfeccionamiento interior, porque la voluntad es intención de otro, y sólo crece en la medida en que se adapta a bienes cada vez mayores. La tendencia volitiva sólo puede ser reforzada por medio de la virtud cuando es intención de más otro. Si no lo busca y no se adapta a él, se acartona o esclerotiza; en rigor, pierde vitalidad.

La voluntad crece según virtud cuando se adapta a bienes mejores (los sociales, por ejemplo, son mejores que los materiales). Crece mucho más cuando es el instrumento del que se sirve la persona para dar, aunque el don sea por necesidad escaso. La voluntad crece todavía más cuando la persona se sirve de ella para aceptar. No se trata únicamente de aceptar regalos materiales, sino incluso contrariedades (enfermedades, cambios de planes laborales, etc.) y, sobre todo, asuntos personales (el distinto carácter de los que conviven con nosotros, el modo de ser tan distinto de las mujeres respecto de los hombres y a la inversa, etc.). Por otra parte, sin normas, sin el impulso de la primera norma, la sindéresis en primer lugar, es decir, sin el conocimiento de que uno está llamado a actuar en este mundo en orden al fin, principio que urge a la voluntad para que se adapte a los bienes mediales en atención a la consecución del final, la voluntad no puede adherirse a nada y queda famélica. En esa situación, carece de norte, y su tendencia queda truncada. Deviene pobre por quedar aislada del fin. A su vez, y en segundo lugar, sin las normas que la razón (conciencia si se quiere) ofrece a la voluntad, ésta queda sin guía para adaptarse a unos bienes mejores que otros; es decir, deviene incierta en los medios. Pero si no se distingue y sopesa entre los diversos bienes mediales (razón práctica), ni se siente urgido por el fin último (sindéresis), ¿para qué ser fuerte sólo en lo que tiene poca importancia, o frente a lo que la tiene, o en lo que no se puede conocer con certeza si la tiene?, ¿para qué resistir por resistir las adversidades de la vida o los ratos de bonanza?

Al estoico le falla el punto de mira, el fin, el bien último, y le falta saber qué bien medial es mejor que otro. De ahí que su vida pierda sentido y tienda al pesimismo. La pretensión del estoico es inútil, porque la negación de su afectividad implica la muerte por inanición de su voluntad. La actitud estoica también está vigente hoy, incluso entre los jóvenes. Es el llamado pasotismo, una actitud de inactividad y de renuncia a la solución de los problemas de la vida. Se trata de la carencia de ideales personales, familiares, profesionales, etc., y la falta de vibración por conseguirlos. En esa tesitura es fácil ceder a la tristeza de ánimo, señal cierta de que se está mirando más al presente que al futuro. En efecto, de modo parecido al hedonista, el estoico se preocupa en exceso por el presente estado. En cuanto al normativista, aunque su mirada se refiere un poco más al futuro, éste suele ser cercano, pues las llamadas de la conciencia dictan que las acciones a realizar se lleven a cabo con prontitud, en un futuro inmediato. Las normas que dicta la mente humana son prácticas y la mayor parte de ellas están referidas al futuro próximo.

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