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Ser social y ser co-existencial

De Seminario de Antropologia

Autor Juan Fernando Sellés
Curso y Apuntes sobre la antropología filosófica


El hombre es un ser social por naturaleza, más aún, por esencia. Pero en cuanto persona (acto de ser) es más que social; es coexistencial. No hay que confundir lo societario o intersubjetivo con lo coexistencial. Lo primero es inferior, del plano de las manifestaciones humanas. Lo segundo, superior y radical, propio de la intimidad personal. Una cosa es lo que tenemos, y otra lo que somos. Una es nuestro disponer, otra nuestro ser. El “tener” no se confunde con el “ser”. El ser es irreductible al tener. Esta tesis la hizo célebre Gabriel Marcel. En efecto, para el pensador francés “el ser humano no es la vida humana” . También se puede decir con Leonardo Polo que el ser es además del tener. Descripciones semejantes de esta tesis podrían ser las siguientes: la persona o acto de ser personal es ser subsistente por encima de su tener. Por no reducirse el ser personal a su tener, y siendo el tener lo específico de la especie humana, se puede declarar que cada persona es una novedad que salta por encima de lo específico, de lo común del género humano. Al ámbito del disponer pertenece le vida humana (vida recibida y vida añadida); en cambio, al del ser, la vida personal.

El hombre es social porque es coexistencial, no a la inversa. Si no fuera abierto personalmente en su intimidad, en su exterioridad se manifestaría tanto individual como de modo grupal (muy parecido a los animales). De modo que su ser coexistencial es la raíz de la sociabilidad de la esencia humana. Pero no sólo eso, sino que cada persona es también el fin de la sociedad. En efecto, no es cada hombre para la sociedad, sino ésta para cada hombre. Cada persona tiene un designio del que está privada la sociedad. El norte social es, como se ha dicho, la ética, pero la persona, como también se dijo, no es para la ética sino a la inversa. Por eso, según el designio propio de cada persona, ésta debe aceptar, rechazar o modular una determinada configuración social. Si el ordenamiento vigente le ayuda a acercarse a su fin último, lo mejor es que lo acepte; si le aparta de él, que lo rechace; si conviene mejorarlo para que sirva mejor en orden a ese objetivo, que lo corrija.



Existe un saber superior a la antropología: la teología. Ésta favorece a aquélla, y aquélla debe servir a ésta. Pero tampoco el servicio de la antropología a la teología será despreciable. En el s. XX los más célebres teólogos centroeuropeos dieron un “giro antropológico” a la teología. Pretendían comprender mejor lo divino intentando esclarecer más lo humano. Aunque ese empeño rinde mucho fruto si se hace bien, en rigor, no se trata de esto, sino más bien de lo contrario, es decir, de intentar conocer a cada hombre como hijo desde el Hijo. De modo que sin Cristología la antropología trascendental también se queda corta.

De modo semejante a como no cabe vida moral perfecta sin la asistencia positiva divina (como se decía al final del Capítulo precedente), tampoco cabe una sociedad perfecta sin la asistencia directa de Dios. Si la sociología tuviese in mente este parámetro, intentaría explicar la sociabilidad humana teniendo como modelo la sociedad divina instituida por Cristo: la Iglesia. A nadie se le oculta que los miembros de ésta institución tienen defectos constitutivos (pecado original) y adquiridos (pecados personales), y de éstos últimos, no pocos ni de poca monta. Pero no existen vínculos más fuertes de cohesión social que los existentes en esa sociedad de lazos sobrenaturales (pues quien vincula es Dios mismo, y lo lleva a cabo de un modo muy especial: cristificando; más que de unión hay que hablar de comunión).

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