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Sobre los hijos
De Seminario de Antropologia
| Autor Juan Fernando Sellés Curso y Apuntes sobre la antropología filosófica |
Paternidad y maternidad significan primero coaceptar, y en segundo lugar, codar. Si la persona es don a la par que coexistencia, no es que la paternidad sea donación de la vida para el hijo y que la maternidad sea aceptación de la vida para el hijo, sino que ambos aceptan al hijo y, consecuentemente, se dan a él conjuntamente. Aceptar y dar también es servir; por eso acierta quien afirma que el servicio a la vida es el cometido fundamental de la familia. Los padres son para el hijo, entre otras cosas porque es más radical ser hijo que ser padre, pues la filiación es una nota de la intimidad personal; la paternidad lo es de las manifestaciones. La intimidad es fuente de las manifestaciones. De ahí que quien es mal hijo acabe siendo mal padre. Por eso, lo peor que les pueda suceder a los padres es perder al hijo. Sólo la supuesta familia que desconoce el infinito valor de una vida humana se retrotrae de la generación, si es que ésta está en su mano, pero ese retraimiento, por lo demás ordinariamente egoísta, no deja de ser ciego respecto del ser personal.
Ya se ha indicado que lo que los padres dan es la vida natural, no la vida personal de la nueva persona que viene al mundo. En rigor, la persona del hijo no la dan, sino que más bien la aceptan. Lo primero en el hombre no es nunca dar sino aceptar, y eso se ve también en la paternidadmaternidad. Lo primero respecto de la persona del hijo por parte de los padres no es otorgarle el ser personal, puesto que eso no está en manos de los padres, sino en aceptarlo como quien es. Lo segundo por parte de los padres es ir descubriendo progresivamente ese ser personal, y correlativamente, ir amándolo y educándolo en orden a esa dirección. Si los padres no confieren el ser personal, sino que únicamente otorgan su viabilidad natural al otorgarle un cuerpo humano vivo, ¿en manos de quién está ese ser? No conviene dejar sin respuesta esta cuestión, a menos que uno desee verse a sí mismo como una incógnita irresoluble a nivel personal, pues en ese caso sólo se conformaría con su sentido biológico o natural, o a lo sumo con un sentido esencial (ético, profesional, cultural, etc.). Si se concibe a sí mismo como un sin sentido personal, también verá así a los demás.
Es tradicional admitir que el fin del matrimonio es doble: a) la procreación, y b) el amor y ayuda mutua entre los esposos . Ahora bien, si el amar personal es aceptar y no cabe aceptar sin dar y viceversa, conviene añadir como se ha indicado que no cabe aceptar ni dar sin don. El hijo es un don personal. Se comprende así que abrirse al hijo sea el primer fin del matrimonio, porque sin la apertura a él el dar y el aceptar entre esposos no son tales, o sea, no son personales. Si el amor de los esposos es personal estarán abiertos al don por excelencia: el hijo. Bien entendido, que este fin no se reduce a engendrar, sino que comprende la generación, la crianza y la educación. En efecto, la educación, por ejemplo, es otra generación, pues consiste en ayudar a nacer la vida afectiva, la intelectual, la ética... del educando. Por ello, el hijo es, en todo periodo de su vida, ese don personal que refuerza e incrementa el dar y el aceptar de los esposos, es decir, el amor. Si el fin de los padres es el hijo, una gran pena de los padres es no poder tener hijos, y otra no pequeña es que el hijo deje mucho que desear como hijo (no en cuanto a deficiencias físicas o psíquicas, sino en cuanto a morales y personales, es decir, filiales).
Los padres lo son en función del hijo. De modo que la filiación es superior realmente a la paternidad. Con todo, existe una filiación superior a la que guardan los hijos respecto de sus padres: la que guarda cada quién (también cada padre) respecto de Aquél de quien todos son personalmente hijos . Por eso, la filiación que cada quién como persona mantiene con su Origen personal es superior a la que mantiene cada hijo natural respecto de sus padres naturales. Una última cuestión, cuando un hombre capta que es hijo, intuye que caben multiplicidad de hijos. Más aún, que es muy bueno que no exista un solo hijo humano, porque ninguno agota la filiación. Si ese descubrimiento lo lleva a su paternidad, advertirá que es mejor tener varios hijos, entre otras cosas. Esto último pertenece ya al campo de la educación.


