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Tipos de trabajo

De Seminario de Antropologia

Autor Juan Fernando Sellés
Curso y Apuntes sobre la antropología filosófica


Atendamos ahora al trabajo de producción y transformación de la naturaleza externa. Para que éste sea posible requerimos del lenguaje. El lenguaje es de entre lo que el hombre hace lo más espiritual dentro de lo que es de índole material, porque es lo más remitente. Con el lenguaje se enseña, se dan instrucciones, se hace posible el trabajo en común y su organización. La primera mentira aquí aparece cuando no se habla. El no ser veraz destruye el lenguaje. La mentira siempre se apoya en la veracidad. La mentira total sería la completa inutilidad del lenguaje, el lenguaje totalmente carcomido. El problema del subdesarrollo no es un problema de ineptitud, sino de mentir en exceso, asunto que lleva a que nadie se fíe de nadie, es decir, a la desorganización de la sociedad, que aboca a no promover el bien común.

La segunda manifestación sensible del trabajo es la misma transformación de la realidad física. La transformamos porque no estamos satisfechos de ella, esto es, no nos conformamos con la perfección natural que posee, sino que queremos sacarle más partido. Se nos ha dado el mundo, pero no enteramente perfecto, sino abierto, perfectible. En un mundo cerrado en todas sus posibilidades el hombre no podría hacer nada; sería extraño a él y sobraría. También en un mundo tan imperfecto que no se dejase moldear por las manos humanas el hombre estaría de más. El mundo de que disponemos está bien, pero es mejorable. Por eso debemos incrementar su perfección mediante el trabajo. Como se ha dicho, la mentira aquí estriba en la ausencia de obras conducentes al trabajo personal y en común. Se trata primariamente de la pereza y secundariamente de la chapuza, de la corrupción, fraude, etc.

El trabajo es dual. La acción externa de transformación transformante se dualiza con un miembro superior, el lenguaje. Éste, a su vez, con la sociedad, y ésta con la ética. De modo que sin ética no cabe sociedad, sin ésta no cabe lenguaje, y sin éste no cabe ningún trabajo productivo. Los dos tipos de trabajo productivo (es decir, el que ya no queda sólo en quién lo ejerce perfeccionándole intrínsecamente, sino que transciende a una materia exterior), coinciden con los dos posibles tipos de acción humana: a) la de relación interpersonal, que es aquélla que tiene como conectivo el lenguaje (ej. dar clase y asistir activamente a ella; dar una ley justa y obedecerla mejor o peor; colocar señales de tráfico en las calzadas y respetarlas o transgredirlas, etc.), y b) la de producción, aquélla cuya conexión es la transformación sensible de un proceso (ej. fabricar tornillos con aluminio, construir muebles con madera, edificar una casa con ladrillos, etc.) .

Cada hombre es en su intimidad una coexistencia con el mundo y con los demás. Por eso en el plano manifestativo el hombre es un ser social por naturaleza (más aún, por esencia). Ello indica en el plano de las manifestaciones que un hombre sin trabajo y sin trato con los demás se empobrece, porque deja de perfeccionarse al mejorar el mundo, y deja de aprender de la riqueza inagotable que da cada persona por medio de sus acciones. Para aprender debe aceptar las condiciones de la naturaleza física, y también las acciones positivas de los demás. Y para aceptarlas, uno debe aceptar previa y personalmente al mundo y a los demás (a éstos, como personas). Si no los acepta, se pierde el sentido de la coexistencia. Y si éste sentido se desvanece, se imposibilita la acción laboral e interpersonal en el plano social o manifestativo.

La acción de producción tiene su raíz profunda en que el hombre es íntimamente coexistente con el mundo. Si el hombre se desentiende del mundo también se empobrece, aunque menos que si se desentiende de las demás personas humanas. Si el hombre no acepta el mundo, se retrotrae de perfeccionarlo, y no aporta acciones de transformación positivas, sino que es pasivo respecto de él, o aporta acciones mediocres, e incluso negativas o destructivas. Si se vuelve perezoso e irresponsable, el que más padece las consecuencias de sus omisiones y descuidos es el propio holgazán. Si comete chapuzas, él mismo se vuelve torpe e inepto. A su vez, si uno no acepta a los demás como personas de las que puede aprender laboralmente, se aísla socialmente y no adquiere virtudes sociales, de modo que también es él quien deviene el mayor perjudicado. Como la persona no está clausurada sino abierta al mundo, a los demás, a su intimidad y a Dios, la acción productiva se abre a tales realidades como a sus destinatarios. Y ello es así porque la acción se subordina a la persona, y ésta es coexistente con aquellas realidades. Obviamente, estos destinatarios no son todos iguales, sino distintos realmente; por

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